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Arte

Autorretrato rupestre

José Alberto Navarrete Lezama

Sin duda, el género artístico con el que menos vinculamos una pintura rupestre es el autorretrato y, sin embargo, cabe la posibilidad de considerar si esos hombres y mujeres que ilustraron figuras humanas durante el Paleolítico inscribieron en ellas rasgos de identidad individual para los cuales carecemos de las referencias necesarias para descubrirlos. Plantearnos esta idea no es trivial, tiene sus consecuencias, y espero a continuación exponer las razones de su importancia.

La arqueóloga María de la Luz Gutiérrez, especialista en el arte rupestre de Baja California Sur, sugiere que algunas de las figuras antropomorfas dibujadas en cuevas pueden representar a sus creadores: «Estas personas, a través del artilugio del arte rupestre, encontraron la manera de plasmar su reflejo en la piedra, perpetuando así sus rasgos identitarios, su filiación y sus vínculos con un pasado mitológico». En apariencia esto no concuerda del todo con una descripción de un autorretrato, al menos no coincide con la concepción arraigada sobre dicho género.

Echando mano de un programa informático, Gutiérrez reconstruyó hipotéticamente las imágenes a partir de fotografías digitales. Descubrió en las figuras humanas pintadas en rocas elementos de diferenciación (formas, tocados, colores) que probablemente sugieran distinciones de linaje o de grupos, o en otros casos representen ancestros mitológicos. Pero, ¿es posible que no sean formas genéricas de hombres y mujeres, y que tal vez quienes las hacían y las contemplaban encontraban en ellas rasgos que remitían a personas particulares?

Si tomamos por verdad que algunos de estos dibujos fueron realizados por chamanes, ¿no sería igualmente cierto que representan al mismo chaman ejecutando su papel? O si la pintura fue hecha por un jefe de linaje, ¿remitan a él mismo en su relación de poder con los demás individuos? Por otro lado, es legítimo plantearnos, dado la notoria habilidad estilística, si ya entonces había especialistas en el arte de la pintura, y que estas imágenes correspondan más bien al género del retrato. No hay ninguna prueba de ello. Como siempre, estamos ante conjeturas.

Consideremos también probable que, al ser grupos humanos reducidos, quienes contemplaban estos retratos conocieran personalmente a sus creadores, y vieran a tal o cual individuo y no una figura humana genérica. Esta idea no nos convence del todo, pues solemos asociar al autorretrato con el desarrollo de una especial conciencia de la individualidad y la personalidad, que solo se presentó de manera contundente a partir de cierta etapa de la historia: el Renacimiento.

Pienso, ahora, en dos formas de entender el autorretrato. La primera, y más común, es la relacionada con el culto a la personalidad, incluso al narcisismo. La segunda considera al yo y la imagen del propio cuerpo un punto de partida para expresar algo más, y no el fin único o último de las obras. Nace, quizá, de la conciencia de que no hay nada más poderoso en la expresión del artista que aquello que le concierne muy íntimamente. Ignoro cuál de estas sería la más antigua. Las dos han convivido y se han entrecruzado a lo largo de las épocas.

Este uso de la imagen de sí, que no se vuelca únicamente sobre la afirmación de la personalidad, lo podemos ver más claramente en obras modernas y contemporáneas. John Coplans, en contra de la idealización corporal moderna, retrató su cuerpo obeso, arrugado, velludo, en posturas que rayan en lo grotesco. En sus autorretratos, Kimiko Yoshida adopta distintas referencias culturales y artísticas para expresar su multiplicidad, no se pregunta ¿quién soy yo?, sino «¿cuántas soy yo?». A Tomoko Sawada le preocupa la uniformización social, y en School Days (2006) crea fotografías grupales escolares en las que todas las alumnas son la misma Sawada.

¿Por qué no pensar que los pintores paleolíticos encontraron en las imágenes de sí mismos una forma eficaz de expresión para con los otros? Ellos, como los artistas de otras épocas hasta llegar a los contemporáneos, habrían descubierto en la imagen autorreferencial una forma de expresión singular y efectiva. Esa sería la base para pensar en un posible autorretrato rupestre, con sus propios cánones representacionales, que no deben ser medidos bajo los criterios de realismo aplicados a obras como las de Durero, Rembrandt y otros.

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