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Columna

CAJA DE PANDORA // La Paradoja del Filete Miñón

Felipe A. De la Peña.

Trillones de dólares son las ganancias anuales que el mundo actual otorga a unas cuantas corporaciones al proveerlas gratuitamente de los datos depositados en sus plataformas digitales. Sólo unos cuantos tenemos la información necesaria para comprender en cierta medida las implicaciones de esta transacción y aceptamos las migajas que recibimos a cambio de nuestra valiosa privacidad; sin embargo, la gran mayoría, al desconocerlo, carece de la posibilidad de elegir e incluso nacen inmersos en la participación de este negocio injusto.

En Teoría de la Computación, se le llama “arreglo” a cualquier tabla bidimensional de elementos del mismo tipo de datos; y una “matriz” se define como un arreglo cuadrado, es decir, que sus dimensiones en vertical y en horizontal son equivalentes. De ahí viene el nombre de la película “Matrix”, basada en una humanidad subyugada por las máquinas, donde los individuos están reducidos a celdas de energía donde sus cerebros son conectados a un Software de realidad virtual, desconocen la realidad, su verdadero propósito y viven en un falso libre albedrío.

En un momento clave de la película, el personaje “Cypher” toma la decisión de dejar el mundo real y reconectarse a la Matrix con el propósito de liberarse de sus sufrimientos, traicionando a los rebeldes que se oponen al control de las máquinas, todo a cambio de una vida llena de placeres virtuales y olvidar lo vivido previamente. A esto le llamo la paradoja del filete Miñón, ya que cuando Cypher hace el trato con las máquinas, lo hace en un restaurante de lujo, mientras disfruta un trozo de esos cortes, con pleno conocimiento de que es una ilusión, y que aun así la prefiere sobre de la vida de penurias en el mundo “real” (lleno de platos de proteína ínfimos e insípidos).

En nuestro mundo nos enfrentamos día-a-día a una versión de la Matrix, compuesta por servicios como Facebook, Instagram, Pinterest, WhatsApp, etcétera, que crean una ilusión de bienestar aletargante y adictiva. Empero, esta percepción ilusoria es la máscara de una realidad limitada, donde las personas (y los servicios que nos proveen) a las que nos conectamos a través de Internet, son reales, y pueden estar a dos metros o a diez mil kilómetros de distancia; y con las cuales estamos (o buscamos estar) involucrados por motivos variados, afectando nuestras decisiones y acciones en una cotidianeidad restringida, moldeada por nuestros gustos y preferencias.

En la evolución del Internet desde los años 80 hasta nuestras fechas, se ha dado una transformación, no sólo de disponibilidad al acceso, sino también de adaptación de las maneras de interactuar con sus usuarios. Los destinos en Internet evolucionaron sus interfaces y servicios para atraer el mayor número de visitantes, catapultando nuevos dispositivos físicos (smartphones, tablets, relojes de pulsera, etc). En un inicio, los visitantes eran potenciales clientes, consumidores de bienes y servicios, hasta que Google cambió las reglas del juego en la década del 2000, y convirtió la información de sus visitantes en un producto para sus clientes reales: los consumidores de información.

Este es el modelo actual de negocios más redituable del mundo, sólo detrás de la pornografía. En un paralelismo, los Internautas nos hemos convertido en las células de energía eléctrica de la Matrix, alimentados en un mundo placebo, para generar la sustentabilidad de un poder corporativista y fáctico, que nos ofrece servicios de información y comunicación “gratuitos”, a cambio de disponer a sus anchas y sin limitaciones de todos los datos que depositemos en dichos servicios.

Es aquí donde entra en juego la paradoja del filete Miñón. Las personas que de alguna manera vivimos y contribuimos a la evolución de las interfaces hacia el mundo virtual, lo hicimos, si bien no con plena conciencia, sí con nuestra entera y absoluta voluntad. Pudimos distinguir plenamente entre una realidad sin estos dispositivos y la nueva realidad a través de ellos. Obtuvimos un mundo de facilidades percibidas como placeres a cambio de la rendición de nuestra privacidad y albedrío; olvidamos toda nuestra difícil vida pasada y sus penurias: eliminamos de nuestros círculos sociales a gente que no nos gusta, y nos aislamos en un mundo de cosas y personas que nos causan placer: Pero en el trato, vendimos también a nuestroshijos. Todos los nuevos seres humanos que han nacido dentro de esta nueva era conocida como “digital”, no tienen ese discernimiento y libertad de decidir si quieren formar parte de la Matrix; desde el momento que nacen los conectamos y hacemos parte de ese mundo electrónico: cuando les tomamos una foto y la subimos a Instagram, cuando grabamos su voz para mandársela a la abuela por WhatsApp, y hasta con simplemente dejarlos jugar en una Tablet, los estamos enchufando a ese mundo del cual no existe punto ni de partida, ni de regreso. Se convierten de facto en una célula de generación de datos de consumo para el beneficio de corporaciones multinacionales, que se han tomado como misión la degeneración el mundo real, a tal grado que sea insoportable vivirlo, y así sumir a la humanidad en la dependencia placebo a sus máquinas de absorción de datos.

Ya hay esfuerzos de algunos gobiernos por limitar la captura de datos de menores de edad en redes sociales: la regulación general de protección de datos (GDPR) de la Unión Europea, la legislación mundial de protección y datos y privacidad de la ONU, etc. Y también existe la contraparte en acciones de “lobbying” de las corporaciones para atenuar dichas reglamentaciones, a través de la influencia con capital económico y político sobre los dirigentes y legisladores con cartas en el asunto. Por lo tanto, es responsabilidad de las generaciones que todavía tenemos ese discernimiento entre el mundo virtual y el real, la de pelear por mantener a los niños fuera de ese sistema, que lo estudien y lo entiendan, y que cuando tengan la edad apropiada para tomar esa decisión, lo hagan.

Será interesante en de diez a veinte años, descubrir que escogerán esos niños que seamos capaces de preparar: ¿preferirán saborear un jugoso corte de carne virtual en un restaurante Michelin?, ¿o comer avena real e insípida servida en un trasto de hojalata reciclada?

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