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DE LA B A LA Z: I, ZOMBIE

Julián Mitre

En 1968 George Romero revolucionó la figura del zombi, que hasta ese momento estaba inspirada en los mitos haitianos de la resurrección de los muertos por medio de magia negra, con su cinta Night of the living dead. A partir de esta película los zombis pasaron de ser creaturas sobrenaturales sin voluntad propia y esclavizadas al servicio de su amo, a seres putrefactos movidos únicamente por el deseo de consumir carne humana. A partir de entonces varias de las características de la película de Romero se convertirían en la base del género: la historia que gira en torno a un grupo de personas que huyen de los zombis y terminan replegados en algún edificio, la apariencia y comportamiento de los muertos vivientes: en proceso de descomposición, su apetito voraz, la infección se trasmite a través de una mordida, son lentos y torpes y sólo se les puede detener destruyendo su cerebro, etc.

Pronto el género se volvió repetitivo, sin embargo, nunca ha dejado de ser popular y de vez en cuando surgen obras que le dan una vuelta de tuerca, tal es el caso de I, Zombie: A Chronicle of Pain de 1998 dirigida por Andrew Parkinson.

Mark es un joven botánico entregado a su trabajo, mientras realiza una investigación en campo se encuentra con una mujer que presenta síntomas graves de alguna enfermedad desconocida. Mark toma a la mujer en brazos decidido a llevarla al hospital cuando de pronto ella lo muerde. Desconcertado y asustado el joven  huye del lugar y  nadie, ni su novia sabrán de él nuevamente.

Luego de la mordida, Mark comienza a experimentar una transformación física y mental cuyos avances y consecuencias serán registrados por él mismo a través de grabaciones y anotaciones en un diario, mientras se oculta de sus seres queridos y da muerte a desconocidos para alimentarse con sus cadáveres.

La cinta, que a ratos recuerda a otras obras del cine independiente como Nekromantik, nos lleva por medio de su protagonista en un viaje angustiante en el que al dolor físico se suma el provocado por la soledad y el miedo a perder aquello que lo hace humano.

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