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Columna

LAS GLOSAS Y LOS AZARES §LXIX. UNA BIZARRA (Y NEOBARROCA) MELANCOLÍA

Gonzalo Lizardo

No es inusual que el viajero se asombre, cuando conoce Zacatecas, por su pródiga oferta cultural y la magnífica obra de sus artistas, en especial de sus pintores. Aunque la ciudad nunca destacó por su desarrollo económico, desde un principio fue importante por sus minas, pero también por su ubicación: dos circunstancias que la convirtieron en paso estratégico por donde siempre transitaron viajeros, mercancías e ideas. Si a esta fluctuación demográfica se le añaden los contrastes del clima, la severidad del paisaje, la intensidad de la resolana, puede entenderse el carácter de sus habitantes y sus artistas, acosados por una sensación de desarraigo: una melancolía de índole barroca, que los hace soñar con otras tierras mientras residen en su terruño, y extrañar su terruño cuando por fin emigran a otras tierras.

Con su libro Una bizarra melancolía,[1] Jánea Estrada nos ofrece un acercamiento riguroso a un tema atractivo y poco aprovechado: la historia de las artes plásticas zacatecanas, entendida no como el recuento de obras creadas en la entidad o por artistas que ahí nacieron, sino como un proceso específico que inició a finales del Porfiriato, que continúa activo en nuestros días y que ha involucrado a múltiples actores sociales: creadores y mecenas, críticos y público, discípulos y mentores. Así, mientras expone las volubles relaciones del arte con la educación, la cultura o la política estatales, Jánea Estrada nos revela cómo ha cambiado la cultura estética de los zacatecanos y, por tanto, la finalidad que le confieren a la creación, la enseñanza y la divulgación artísticas.

Escindidos por la tensión de su melancolía —entre sus anhelos cosmopolitas y el instintivo arraigo a su tierra—, los pintores zacatecanos han vacilado entre la tentación de forjar su vocación lejos de su gente, o la de resignarse a la ciudad: al aislamiento, la incomprensión, la falta de espacios culturales. Pero fue la suya una melancolía bizarra  —es decir, generosa y valiente—  porque, sin importar el camino elegido, los pintores no se rindieron ante las adversidades que les imponía la ciudad, sino que lucharon por transformarlas. Como Francisco Goitia, quien recorrió de ida y de vuelta el camino, emigrando primero a la capital para consolidarse como pintor, y volviendo luego para fundar —junto con el gobernador José Minero Roque— el Instituto Zacatecano de Bellas Artes, inaugurando un prolongado esfuerzo colectivo para profesionalizar la enseñanza artística en el estado.

En esta panorámica histórica que Jánea Estrada ha construido, se advierte que los artistas zacatecanos —a diferencia de sus ancestros barrocos— no quisieron aliviar su melancolía con promesas ultraterrenas, sino de una manera más bizarra y terrenal: imprimiendo en su terruño —entre sus contemporáneos— una huella viva de su paso por este mundo: un mundo efímero y lleno de injusticias que el arte ha aprendido a conjurar con el resplandor de su forma y de su colorido.


[1] Estrada, Jánea, Una bizarra melancolía. La tradición plástica en Zacatecas, Texere, Zacatecas 2020.

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