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Columna

LAS GLOSAS Y LOS AZARES §LXXVII. MUTACIONES, PERMUTACIONES Y TRANSMUTACIONES

Gonzalo Lizardo

Las últimas semanas han sido agobiantes, pues a pesar del confinamiento no me faltaron compromisos en línea, presentaciones editoriales, mesas redondas, conferencias que me permitieron evadir la neurosis provocada por la pandemia, pero me dejaron exhausto, sin ganas de leer ni escribir ni ver ni escuchar. Es en momentos como este —entre el hastío y la resaca mental— cuando busco mis tres monedas chinas y consulto el I Ching, el libro de las mutaciones, el libro más antiguo del mundo, un libro que sabe cómo hablarme, cómo desanudar mis dilemas, disolver mis obsesiones y despejar de tinieblas mi interior.

“El porvenir es tan irrevocable / como el rígido ayer”, escribió Borges ante las inmutables páginas del I Ching, donde están cifradas todas las mutaciones, permutaciones y transmutaciones posibles del Mundo. Similar asombro indujo en Philip K. Dick —quien utilizó sus hexagramas para escribir El hombre en el castillo— y en Carl Gustav Jung, quien gracias a él supo distinguir el pensamiento occidental (diacrónico) del oriental (sincrónico): mientras “la mente occidental tamiza, pesa, selecciona, clasifica, separa, la representación china del momento lo abarca todo, hasta el más minúsculo y absurdo detalle, porque todos los ingredientes componen el momento observado”.[1]

El mecanismo que permite al I Ching ofrecer infinitas respuestas a partir de sus sesenta y cuatro hexagramas es tan simple como maravilloso: hermenéutica pura. Parafraseando a Heráclito: si nadie se baña dos veces en el mismo río, nadie leerá dos veces el mismo hexagrama de la misma manera, pues las circunstancias que rodean a quien lo consulta —sus dudas o su salud, el clima o sus obsesiones— mudarán su lectura, de modo que el consultante llenará con distintos significados las imágenes que el libro le propone en cada ocasión. En resumen, si cada hexagrama puede ser leído de infinitas maneras, el I Ching resulta ser un artefacto de proyección psíquica: un espejo para “que el individuo inteligente entienda sus propios pensamientos”.[2]

Sin duda, puede argüirse que lo mismo ocurre cuando alguien consulta un poso de café o las cartas del tarot, pero resulta que a mí solo el I Ching me refleja. Y lo hace tan bien que ahora mismo, incluso antes de formular mi pregunta, ya me ayudó a componer esta glosa. (Y la próxima también, si sus hexagramas no me lo desaconsejan.)

Es momento, entonces, de guardar la computadora, formularme en silencio una pregunta, y arrojar seis veces las tres monedas, para intuir las mutaciones de mi destino en las milenarias páginas del Libro.


[1] Jung, Carl Gustav, “Prólogo”, en I Ching. El libro de las mutaciones, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 12ª edición, 1988, p. 24.

[2] Idem, p. 41.

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