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Columna

LAS GLOSAS Y LOS AZARES §LXXXIII. EL ATEÓLOGO, EL OLVIDO Y LA SANDÍA

Gonzalo Lizardo

Hace poco una librería en línea propuso a sus seguidores una encuesta para saber a cuál escritor olvidado rescataríamos del olvido “para convertirlo en un best seller”. Como era previsible, la mayoría propuso autores bastante conocidos (algunos demasiado, diría yo) de suerte que la encuesta se volvió una polémica por establecer el top ten definitivo de la literatura universal. Aunque no ignoraba que nadie me secundaría, yo propuse a Giorgio Manganelli (Milán 1922-Roma 1990), el autor de Hilarotragoedia (1964) y La ciénaga definitiva (2002), entre otros títulos tan geniales como olvidados.

Mi respuesta fue automática porque (en serio) un autor tan sutil y sincero merece más atención de los lectores actuales; pero también fue irreflexiva, pues dudo que él quisiera volverse un best seller. Como lector de las editoriales Einaudi, Adelphi y Feltrinelli, conocía muy bien las filias y las fobias del mercado editorial… y para proteger su obra prefirió mantener un perfil discreto, casi secreto, al margen de las polémicas que caracterizaron a su tiempo —la virulenta Italia de Pasolini y Calvino, de Fellini y Visconti, de la Cosa Nostra y las Brigadas Rojas.

En forma y contenido, sus cuentos atentan traviesamente contra los prejuicios de nuestra mojigata Modernidad, y conforman en conjunto “un pequeño manual que podrían adoptar todas las universidades del delito, del suicidio y del homicidio; un librito que enseña a aceptar la muerte, a ponerse a salvo de la locura, a ennoblecer el suicidio”.[1] Manganelli no sólo reinterpreta con humor el mito homérico —es adorable su versión del viejo Ulises, ebrio de nostalgia por Circe—, sino que se atreve a demostrar —por boca de Juana de Arco— que Dios y el Diablo no son sino pan con lo mismo: “Si lo piensan, ellos tienen características en común: no aman las cosas terrenales, están llenos de ideas platónicas, están ‘en el más allá’ y nunca miran cara a cara. Sólo la nuca. Y son inmortales”.[2]

Por lo anterior, me retracto: si por mí fuera, no rescataría del olvido a Giorgio Manganelli para que se volviera un éxito de ventas. Ese ateo promotor del suicidio, ese blasfemo sutil, ese sofista sicalíptico no merece la gloria efímera del best seller, sino el culto discreto, casi secreto, de unos cuantos. Quizás él lo presentía cuando escribió “si renunciamos a la gloria veremos cómo los libros comienzan a moverse alrededor de los estantes; aceptarás los libros que te interesan —que al menos te dan tanto placer como una sandía— y sólo leerás ésos (…) Un soneto vale lo mismo que una sandía, y en su centro, además del rojo y la tierna sangre de la cosa viva, está la semilla de la alegría”.[3]


[1] Nigro, Salvatore Silvano, “El laboratorio de Giorgio Manganelli”, en Giorgio Manganelli, Un libro. Cuentos inéditos, Cuenco de plata, Buenos Aires 2019, p. 323.

[2] Manganelli, Giorgio, op. cit., p. 27.

[3] Ibid, p. 60-61.

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