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Columna

LAS GLOSAS Y LOS AZARES §LXXXVI. CUESTIONES DE TEOCOSMOLOGÍA

Gonzalo Lizardo

Si el jesuita Nieremberg estaba en lo cierto y Dios no tiene “pies, ni manos, ni cabeza, ni aumento, ni ojos, ni oídos (…) porque es inmenso, impasible, inmutable, inmortal, eterno, omnipotente, sapientísimo”,[1] entonces Dios no sería una Persona, sino un Orden: la impersonal Geometría que rige el Cosmos según los panteístas y los neobarrocos. Por tanto, si deseamos conocer los designios divinos es conveniente escrutar el cosmos más que las Escrituras, lo que reivindica a ciertos astrólogos, reputados de herejes, y convalida a los cosmólogos actuales, cuyas disputas nos recuerdan las controversias medievales sobre el libre albedrío o las jerarquías angélicas.

Cuando se dirigen a sus feligreses, estos teocosmólogos resultan impenetrables cuando usan la jerga matemática (que en eso se parece a la alquímica), pero muy divertidos si recurren al lenguaje común: “el universo es como la espuma en una palangana” escribe Ian Stewart en Las matemáticas del Cosmos: “Las burbujas en la espuma son vacíos gigantes, no contienen casi materia. Las estrellas y las galaxias se congregan en las películas de jabón que rodean las burbujas”.[2] Existe cierto consenso en su edad (31 900 millones de años) y en su tamaño (un radio de 45 700 millones de años luz), pero no en su forma: algunos afirman “que es una espiral, una rosquilla, un balón de futbol o una forma geométrica no euclidiana”,[3] aunque la mayoría lo imagina como una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna (fórmula que coincide con la definición de Dios según Pascal).

Para colmo, este universo-espuma-esfera se expande, como supuso Georges Lemaître. Contra el universo estable y eterno que Einstein había formulado, este jesuita sostuvo que inicialmente todo estaba contenido en un punto: en un “huevo cósmico” que de pronto explotó al momento de la creación. Esta teoría, la “del Big Bang”, fue pronto confirmada por observaciones astronómicas, y desde entonces se volvió un dogma que pocos han cuestionado: “Cada vez que el modelo básico del Big Bang ha fracasado al predecir lo que vemos, la solución ha sido añadir algo nuevo”,[4] sostuvo Riccardo Scarpa, en alusión a la materia oscura, ese esotérico concepto que los defensores del Big Bang sacaron de su manga para acallar herejes.

 (Por fortuna, los vencedores de estas disputas no pueden quemar en la hoguera a sus rivales, como hacían antes, pero sí acaparan las becas y los financiamientos).


[1] Nieremberg, Juan Eusebio, De la hermosura de Dios y su amabilidad, Biblioteca del Apostolado de la Prensa, Madrid 1904, p. 57.

[2] Stewart, Ian, Las matemáticas del Cosmos, Crítica 2017, Barcelona 2017, p. 261.

[3] Ibíd., p. 262.

[4] Citado por Ian Stewart, op. cit., p. 299.

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