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Columna

LAS GLOSAS Y LOS AZARES XXXIV. LA SUSTANCIA D O EL CRIMEN PERFECTO DEL PODER

Gonzalo Lizardo

Escrita a partir de su estancia en una clínica de recuperación, Una mirada en la oscuridad (1977), de Philip K. Dick aparenta ser una crónica de la vida yonqui, cuando es, en el fondo, una fábula distópica. Llevada al cine en 2006 por Richard Linklater, esta novela describe una ficticia California controlada por un estado policial que vigila día y noche a sus ciudadanos con el pretexto de combatir la epidemia de drogadicción provocada por la Sustancia D: una droga que según el gobierno “significa discapacidad, desesperación y deserción”.[1]

Para optimizar su vigilancia, el gobierno no sólo emplea tecnología de vanguardia —como el “traje de combate”, que camufla la identidad de quien lo viste—, sino también la delación anónima, que convierte a cada ciudadano en un potencial delator. De hecho, Robert Arctor, el protagonista, se gana la vida como agente secreto, infiltrado entre drogadictos para informar sobre sus posibles vínculos con productores y distribuidores de la Sustancia D, bajo la premisa de que si no hay demanda se acabará la oferta. Lo malo es que Arctor pronto se engancha con la droga y, para colmo, un amigo suyo lo delata como posible distribuidor, por lo cual sus jefes —que ignoran su nombre por cuestiones de seguridad— le ordenan que se vigile a sí mismo.

Esta confusión produce una crisis mental en Arctor, que al final termina recluido en “New-Path”, una clínica de rehabilitación donde, de nueva cuenta, le cambian el nombre y la identidad. Forzado a trabajar en una granja agrícola, sin posibilidad de huida, el protagonista pronto descubre que ahí, entre los surcos, crecen esas “flores pequeñas y azules, muy hermosas”, de las cuales se extrae la Sustancia D. “He visto a la muerte surgir de la tierra, del suelo mismo, en un campo azul con el color del rastrojo”,[2] se lamenta al comprender que él, como todos los adictos en recuperación, debería cultivar la droga para enviciar a otros sujetos —como yonquis o como agentes—, perpetuando la paranoia social y el control policíaco.

Tras asegurar que la novela “carece de moraleja”, Dick agrega en el epílogo que el único pecado de sus personajes fue que “querían pasar un buen rato (…) sin hacer nada, sin trabajar, hablando de tonterías y jugando” pero que a cambio “sufrieron un castigo demasiado severo”.[3] La desmesura entre el crimen y el castigo es casi foucaltiana. A fin de cuentas, la tragedia de estos yonquis era ignorar que su hedonismo era una libertad ilusoria, creada por el sistema político para después perseguir y esclavizar a sus usuarios. El crimen perfecto del narcopoder.

(Ilustración sampleada del cómic “The religious experience of Philip K. Dick”, de Robert Crumb, 1971)


[1] Dick, Philip K., Una mirada en la oscuridad, Minotauro, Barcelona 2002, p. 30.

[2] Ibid, p. 267

[3] Ibid, p. 269.

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