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}}}pssst, pssst, Madigan…(35)


Alejandro García

…el 10 de octubre aparecieron las botellas. Era cafés, como para cerveza ámbar o más oscura. Ciertamente eran conmemorativas y, sin embargo, habían atravesado el mar del tiempo. Mostraban a trasluz en sus asientos, restos de algas marinas y ecos de viejas caracolas. Contenían cuatro cuentos breves de David Ojeda. Estas historias llegaron al buzón de Juan José Macías a propósito de un proyecto de revista. Las había puesto en correo el autor y las dejado a disposición del editor fresnillense. Al principio, cuando valoramos todas las acciones de las dos primeras jornadas y la intención de celebrar la tercera en Zacatecas, como pliegue de un abanico que se abría a las partes del país donde el autor de “Las condiciones de la guerra”, nuestro amigo, había dejado presencia y obra, hablamos de la recuperación inminente del primer año, de la difusión de obra del segundo y de la interpretación en otras voces en el tercero. Era la tarea. Comentamos de la revista, de los libros editados con y sobre la obra de David, de las visitas a instituciones, del intercambio con comunidades educativas y cultuales y del sentido de comunidad que se había logrado mantener estuviéramos o no en presencia. De pronto recordamos la botella con el texto “A punto de tronar” y con dos etiquetas diferentes. En una de ellas está el rostro del responsable de “Los truenos de mayo” en actitud seria, en la otra está en gesto juguetón con el espectador. Al abrir el recipiente podíamos leer el mensaje con el cuento o mantenerlo a resguardo sin alterar la ficha que lo sellaba. Pensamos que podría ser otro de los textos de su primer par de libros. Para mí, la sorpresa fue realmente buena. Fue sorpresa, para empezar. Seguramente Macías recordó lo que guardaba en sus archivos y de siete breves narraciones seleccionó cuatro. Se trata de “Señora Braun”, “Ciruelo”, “Oh dioses” y “Gusanera”. Hasta donde entiendo son textos inéditos. Macías siente que el hecho de publicarlos en libro objeto o meterlos como mensaje gulp en una botella o introducir historias como sucedáneos de tragos no les rompe lo inédito. Yo tengo mis reservas con respecto a eso. Más bien tendría que decir que para mí son ediciones para un pequeño público y que no están en un vehículo convencional, pero son el primer movimiento para vivir fuera de los archivos del autor. Eso es muy relevante. El continente ojediano crece, así sea con isolotes o chipotes en la playa. “Señora Braun” y “Gusanera” tienen que ver con la ucronía, y la segunda más con la distopía (imaginada y desarrollada por el lector, dado lo breve del texto). Un 20 de marzo de 1950 (curiosamente la fecha en que nació el escritor potosino David Ojeda), la señora Braun está justo a un mes de cumplir años, 61. El esposo Adam, le ha prometido retirarse de los negocios bancarios y viajar con ella por el mundo. Podrán de esa manera coronar esos años europeos de paz que vienen desde los años veinte, tres décadas. Se pregunta Adolfina Hitler, de soltera, ahora disfruta del apellido del esposo, qué hubiera sucedido si ella hubiera nacido hombre. Al lector sólo le quedar hacer mutis. “Gusanera” es un esenio que está crucificado. Los soldados romanos sólo muestran indiferencia. Los asistentes perciben que ha iniciado su agonía. En realidad es una mosca que lo obliga a sacudirse para quitársela de encima: No desea que ponga en la comisura de su ojo derecho huevos que formarán gusanos: “instituciones, santos, fieles, cristiandad”, piensa en crucificado. Visión del ordenado que ve un mundo armonioso o del proscrito que lo ve a futuro podrido y más podrido. “Ciruelo” es un paseo al jardín de la casa, realizado por un hombre que ha bebido buen vino. Se hace acompañar por su perro, que se agita, ladra. El hombre lo llama su ángel. El ciruelo piensa en esos seres que se mueven y ladran. Aquí está el tema recurrente de Ojeda por un nuevo trato con la naturaleza como condición para mejorar la especie. “Oh, dioses” es la aventura de un hombre con la literatura. De ser hijo de un profesor de literatura hispanoamericana que lo instruyó en el arte y lo sensibilizó, transitó a un ambicioso medidor de componentes y analizador de datos del lenguaje. Inventó un “sintetizógrafo” una máquina capaz de analizar y componer, de aceptar los corpora más voluminosos y complejos. Se ejercitó en poesía mexicana, ejercicios modestos que le arrojaban sugerentes resultados. Cuando señaló como texto relato y como autores: Borges, Jorge Luis; Cortázar, Julio y Gabriel García Márquez, el resultado fue “Oh dioses! Mierda, ¡Paf!”. Pienso en esa mirada perversa del convicto universal un día, redentor después por siglos; en la literatura que es escurridiza y compleja siempre; en los árboles y en los animales que aspiran a un mundo de igualdad donde la bestia peluda y pensante debe replegar sus afanas depredadores y en ese mundo donde Adolfo Hitler no existe, lo que hay es una mujer dulce y comprensiva, dispuesta a vivir después de los 60 como le dé la gana. Ay, Madigan, de tu mano surgió el tal David Ojeda, nacido en un cuento de botella donde Adolfina Hitler prepara madalenas y volovanes. Eso sólo tú y yo lo sabemos, tunante, mientras misterioso y misteriosa saludas al ciruelo, al perro, al colgado de la cruz…

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