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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(55)

Alejandro García

…en mi vida de lector y escribano, aparece, desaparece y reaparece, Doris Lessing (1919-2013), una autora a quien leí allá por los últimos años setenta y principios de los ochenta con cierto aire de culto. Recuerdo que perseguía sus libros con empeño, bien en aquellas grandísimas librerías de “Cristal”, bien entre los saldos de los puestos de Revistas de la plaza principal de León (Pancholín y Nanos), bien en la sucursal del FCE en Pedro Moreno, casi esquina con Donato Guerra, y el objetivo era completar el ciclo “Los hijos de la violencia” en Argos Vergara y algunas de las novelas en Seix Barral como “Marta Quest”. De aquellos años conservo en la memoria y en la formación, un libro singular y formidable: “Instrucciones para un viaje al infierno”: la extraña travesía de un náufrago desde la cama de un hospital, algo similar a lo que después haría Irvine Welsh en “Las pesadillas del marabú”. En esos tiempos era prácticamente imposible conseguir “El cuaderno dorado”, hace pocos años por fin lo tuve en una visita a Sanborns. En Lessing se mezclaba el compromiso político marxista con la experimentación. Después, con el eclipse de Barral, vino también el de algunos autores que poco a poco pasaron a otros catálogos. Las etiquetas políticas de izquierda se desvanecieron y los lectores acompañamos el silencio de algunas obras y contemplamos la reaparición de otras. Es el caso de la obra de Lessing, a quien se le otorgó el Nobel de Literatura en 2007. En 2001 me encontré lo que hoy es una pequeña joya, los cuentos “El día en que murió Stalin” y “La mujer” en un librito de apenas 91 páginas, ahora se les puede conseguir en “Cuentos europeos”. Comento el primero por la referencia al personaje histórico. No se dice, pero transcurre durante el 5 de marzo de 1953 en Inglaterra. La narradora tiene que cancelar una entrevista entre un cineasta exiliado por estar en la lista negra macartista y una mujer, Beatrice, que no quiere regresar a su país (Sudáfrica) y en la que ella actuará de intermediaria. No se simpatizan, pero él tendrá la secretaria que le organice la vida, y ella podrá estirar su estancia en el país. La cancelación obedece a que debe llevar a una tía y a su hija a tomarse una fotografías. Come con Jean, una especie de asesora de partido, hija de obispo, que dirige su formación política. Alguna vez, después de publicar la narradora su primer libro de cuentos, Jean ha ido a buscarla para hacerle ver que en una de las narraciones hacía un análisis incorrecto de la lucha de clases. También le había llamado a cuentas porque supo de un comentario en que hablaba de que en la Unión Soviética se estaba realizando cierto trabajo sucio. Claro aprendería a vincular su trabajo de escritora a las masas y a los trabajadores. Después tiene que acompañar a sus dos familiares y en el trayecto compra un periódico donde se anuncia que José Stalin agoniza. Para un taxista abrumado por su situación familiar, Stalin y Roosevelt han salvado al mundo durante la guerra. La narradora está perturbada, en tanto sobrelleva el mal humor de las dos mujeres, la madre decidida a marcar los rumbos de la hija, ajenas las dos al momento histórico. Por fin regresa a casa. Recibe llamadas de Beatrice y Jean. Las dos hablan de Stalin. Se dice fue un complot, fue asesinado por agentes capitalistas. Qué paradigmas, Madigan, qué mallas reales y simbólicas hubo de derrumbar el hombre. Su consejera concluye: “Tendremos que estar a la altura de él”…

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