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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(58)

Alejandro García

…andaba yo recolectando piedritas allí mero donde se juntan El Bajío y los Altos de la Patria y de la Matria, buscando la manera de escaparme del sino de cristeros y mascarrieles, cuando salió el jale de ir al Potosí mexicano a saber de narraciones, poesía y esas cosas. Oh, Madigan bien lo supo tu interlocutor De la Caldera cuando peinó esas tierras del Gran Tunal, que por aquí se guardaban cosas buenas. En la central camionera, la que estaba del otro lado de la Diagonal, más para aprender a saber que para andar de poeta o cuentero de alto vuelos, me topé con ejemplares de la gran literatura. Me encontré a Dosto, diría ahora algún gamberro y zascandil de hoy. “El jugador” y “Crimen y castigo”, trece y veinticinco del águila y no me propale quién se lo vendió, amenazó el vendedor. Para leer en los casi ciento noventa kilómetros desde la Cuesta del Cochino hasta la Curva del Pato. Había que aprender a escribir, inyectarse ese arte en curso intensivo, mas en mi caso la labor empezaba desde las primeras letras saltarinas ya bañadas de estilo y jiribilla, sí señor. De la novela más breve recuerdo el vértigo de su lectura, la emoción página tras página, al borde del asiento, subido en aquel Flecha Amarilla, para quien era preferible entregarte muerto a que llegaras tarde, y después todo un festín en mi cama, hasta que despedí a sus personajes. De ese ejercicio, memorable, formativo, acaso ritual de paso, guardo además el tema del juego, aún bajo la tentación del vicio o de la sanción moral. No había mucho para suspender la opinión prejuiciosa, pero debo decir que en todo caso se trataba de cuando uno es tocado por lo desconocido y llevado a ámbitos de prueba. Meses después tuve la fortuna de adquirir “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” de Stefan Zweig. Era una edición de Plaza & Janés, colección Rotativa, en pasta dura, con la fotografía de la actriz de la película en la portada. La leí en un suspiro y me convertí en lector frecuente. La recomendé mucho en mis clases de preparatoria y profesional. Veía a un hombre que se ensimismaba en una mesa de juego y dejaba anular el tiempo mientras veía pasar el dinero, a veces para él, a veces para otro afortunado o para la astuta banca. Por azares del destino no volví nunca a una lectura de reconfrontación con “El jugador”. Ésta se dio apenas la semana pasada, signada por el vuelo tornasolado de una mariposa. Después de hacerla, me di cuenta que los regresos con las novelas de Dostoievski no son cómodos. Las idealizaciones que uno hace, por lo menos yo, no corresponden con los textos. Algo sucede. Como si uno tendiera a simplificar o a preferir un solo efecto. Imagino al joven de quince años frente a la novela del juego. ¿Cómo pudo ignorar el tenderete de asuntos que se cruzan en la novela y la tejen: la ruina del general, la ambición de la francesa, la inocencia y la dependencia de la hijastra, el arrojo de la abuela, y la multiplicidad de pesadumbres en torno al protagonista. La línea temática del amor había pasado junto a mí sin dejar huella. Sólo me habían permitido alcanzar la rapidez y el juego. Claro, era acorde con la edad, con los intereses de un apurado metido a escritor cuando no tenía siquiera el patrimonio literario necesario para arrancar. Los regresos a la novela de Zweig fueron borrando lo específico de mi lectura muy temprana de Dostoievski. Ese jugador arrebatado, tragado por el tiempo y por la pasión, era diferente al Alexander Ivanovich del escritor ruso, ayudante de todo, adyuvante de todos, enamorado de Paulina, pero también con los arrestos suficientes para tronar la banca cuando se empeñaba en ello. Nada que rompiera con el pesimismo del gran ruso, nada que no tocara la expectativa del optimismo sin ir más allá de la triste realidad. Entiendo, Oh, Madigan, a ese lector deslumbrado, aún sin conocer novia, sin el imán de la carne, de la pasión, por el destino que despedazaba los afectos y daba dinero a unos y lo arrebataba a otros, sin un orden o un concierto perseguible, descifrable. Después pegué el recuerdo a la lectura de la novela del autriaco, como cualquier rémora o bicho o zángano que se beneficia del juego. El jugador es capaz de regalar miles de francos a la mujer que él sabe perfectamente que lo explota y lo desprecia y es incapaz de ir por la mujer que lo ama, aquella a quien no pudo descifrar entre las vaporaciones de la mesa de juego. Y sigues arrojando acertijos y juegos de palabras y situaciones, como si el joven nunca dejara de serlo, Dosto…

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