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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(68)

Alejandro García

…circuló en redes, llegó al celular que suele ser mi lazarillo y, malévolamente, mandarme a rincones de poca proteína y mucho carbohidrato, que al cabo que en el telos todo se hace azuquítar. Lo peloteé a esos caros deseos: al rato lo reviso. Cuando quise sepa la bola dónde había quedado. La mala obra estaba hecha, no leería a Julio Cortázar que en carta comentaba su experiencia de lectura de La casa verde a Mario Vargas Llosa. Fue lector de manuscrito, no de libro, de pana a pana. Anduve por aquí y por allá con el calor del encierro, con la novedad de la patria de que habremos de acostumbrarnos a ponernos el miedo como cubrebocas o gazné o lencería de hilo dental. Y en uno de esos arañazos me topo con la edición de aniversario 80 que Alfaguara le brinda a don Mario, allá por el 16. Son ocho nada más las novelas, no todas de mi devoción o de mi cabecera. Para mí falta La guerra del fin del mundo. Pero allí está, como la puerta de Alcalá La casa verde (para acabarla, la ilustración viene tinta en rojo y no en verde). No trae el mapa y eso me obliga a buscar la legendaria de Seix Barral. La de Biblioteca de autor de Alfaguara no me gusta. Y a darle que es mole de olla, y son medio millar más 25 páginas. Qué extraños los caminos de la lectura, Oh, Madigan, como esas venas que nutren ese látigo gigantesco que es el Gran Rio, cada una de ellas a su vez con meandros revoltosos, rápidos de vértigo, pantanos de plácida amenaza, cauces que en temporadas de lluvia se borran y hacen totalitaria al agua. Marañón, Nevia, Santiago, todos ríos que van al morir que es la vida, el Amazonas. La novela no ha perdido su poder sobre mí, un poder que de la nada se levanta de nuevo, hipnótico. Pienso, aunque el socarrón lector lo dude, en que el autor ha dicho de su deuda con Faulkner. Claro que la hay, pero hay una plasticidad de esa técnica, el hecho de que en un evento se mezclen recuerdos o temporalidades, voces, mantiene la ambigüedad del Sureño, pero es de un dinamismo brutal que no permite que se suelte al discurrir de las historias. Y más allá de Faulkner está la esquelética propuesta de la nueva novela francesa: descripciones, cuadros o mosaicos que se tienen que armar y exigen de la disciplina cerebral del lector. Y muy cerca de allí, hablo de lectura y escritura, está la propuesta barthesiana del placer del texto, sin olvidar las escalas del francés dentro del análisis estructural. La casa verde es estructura. Y otra paradoja de la síntesis de Vargas Llosa: una obra muy bien construida que resulta abierta (pienso en Eco, Calvino y Cortázar), no tanto en la solución de los diversos asuntos, sino en los detalles que permiten armar las acciones. Uno siempre está armando el tinglado o, si se tratara de trenes, poniendo el segmento de la vía que creemos es antes o después de lo que se ha levantado sobre la arena de Piura o sobre el agua de Santa María de Nieva. Una ciudad está en la costa peruana, la otra en la demarcación llamada Amazonas, junto a los ríos Nieva y Marañón. Una consulta de aficionado me dice que entre ellas media algo así como 600 kilómetros. Por supuesto, póngale una barrera natural: la cordillera de los Andes y su caída a zonas selváticas. La otra ciudad que se vislumbra, más como un reflector que produce claroscuros es Iquitos, a algo así como 500 kilómetros. Hay una relación casi simétrica entre ellas, como si además el técnico aliviado por el furor divino pusiera una regla para señalar que los tres espacios se encuentran entre los cuatro y los cinco grados al sur del ecuador. Las dos líneas fundamentales de la novela son don Anselmo, quien de la selva viene a Piura y funda un prostíbulo y por su origen de naturaleza ubérrima lo pinta todo de verde. Así cultiva el odio del padre García, quien llevará las llamas al lugar de perdición y más cuando se sabe que ha mantenido una relación con una chamaquita sorda y ciega. De ese amor secreto nacerá y sobrevivirá una niña, la Chunga. Don Anselmo vivirá el resto de sus días ciego, como músico de otros prostíbulos y terminará en una nueva casa verde propiedad de su hija que nunca se asume como tal. La otra historia es la de Fushía, el ladrón de caucho y otros productos de los pueblos de los ríos Marañón y Santiago. Todo la historia se desliza en una barca, muy enfermo de lepra, aunque no se menciona la enfermedad por su nombre, acompañado del viejo Aquilino, quien lo traslada a San Pablo, más allá de Iquitos, donde existe un lugar en que lo podrán recibir para que pase sus últimos días. Fushía es una leyenda, desde una isla muy cercana al Ecuador, sobre el río Santiago, organizó una cuadrilla de bandidos que robaba el caucho y las pieles de los pueblos, dejando a los intermediarios sin ese beneficio que multiplicaba el precio del caucho, pero no para los productores. Entre esas dos poderosas líneas se dibujan las mujeres y, poco a poco, casi sin sentirlo, van creciendo como personajes. Las madres, sobre todo Angélica, se dedican a recolectar (por no decir secuestrar) niñas de las comunidades indígenas cercanas a Santa María de Nieva. En la Misión las adiestran para que después vayan a servir a casas de clase media o alta o para que se casen con soldados o personas de buen vivir. Bonifacia es una niña que ha llegado de manos de la autoridad, después de un asalto a una de las tribus. Ella después se casará con el sargento Lituma, quien irá a la cárcel, entonces caerá en las manos del compinche del marido, Josefito, quien finalmente la abandonará, por lo que no le quedará otra que ir a trabajar al prostíbulo. La otra mujer es Lalita, compañera de Fushía, quien cansada del poco trato huirá con el práctico Nieves, con quien formará una familia. Sin embargo, la ley se cebará con su marido por sus nexos con Fushía y lo encarcelará. No tendrá otra que ser sirvienta y después casarse con uno de los soldados. Y queda la Chunga, la hija de Anselmo y Antonia, quien terminará regenteando La nueva Casa Verde y dando sepultura a Anselmo. Al final de la novela, Lalita tiene una vida tranquila, la Selvática, gracias al oficio, mantiene a los Inconquistables y la Chunga es capaz de llevar al padre García a darle la absolución a don Anselmo. La novela hace que el lector flote. Esto es realmente maravilloso. Me refiero a la flotación de la caminata: por momentos no se pisa la pista de tartán o el pavimento, se vuela, se tragan frases, se creen haber leído. Y uno a veces pierde la perspectiva o el detalle, el saborcito de acciones o palabras. Hay, por ejemplo, dos escenas que me han dejado muy gratificado porque además de la gran obra que he leído he podido paladear en su detalle: una es casi al final, cuando el padre García y el doctor Zevallos van a la fonda de María Mercedes a desayunar algo después de que han pasado la noche en la planta alta del prostíbulo dando las últimas atenciones al viejo Anselmo y entonces llegan los Incosquistables, los cuales vienen de la farra y el encontronazo se da. Casi llegan a las manos Lituma y García. Es una escena simpática que baja el efecto dramático que se acaba de narrar. La otra es también de Lituma y va en crescendo, es una visita de los Inconquistables al prostíbulo. Ellos beben quitados de la pena y empiezan a sentir la agresividad del hacendado Seminario. Primero soportan las indirectas, las descalificaciones. Por fin Lituma lo encara, pero todos hacen lo posible porque se “amisten”. Un rato después la agresión vuelve. Lituma saca su cachorrillo, su pistola, y reta a Seminario a la ruleta rusa. De nuevo interviene la escasa comunidad, los aplaca, los hace tomarse un trago. Es un mero respiro, las palabras violentas del que se cree superior vuelven. Lituma saca las balas de su animalito y mete sólo una. Hace girar el tambor del revólver. Después casi obliga a Seminario a que lo haga. Lituma va primero. Suda, tiembla un poco, aprieta el gatillo. Nada. Toca turno a su adversario. Se escucha el disparo fuera del prostíbulo. Es un momento impactante, dan ganas de aplicarle a MVLL el vocabulario que don Julio creía digno de un glosario: “Silabario puta, soldado carajo, che. Chuncha de la madre, calato, gamitana o zúngaro, silabario jodido, che Mario”. Oh, Madigan, nada que tú no hayas probado, nada que tú no hayas deslizado entre balas, palabras cachondas y disparos en la noche, en la noche, en la no…

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