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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(69)

Alejandro García

…A veces lanza uno los dados y aparece la instrucción. Otras veces el libro te anda persiguiendo y es cosa de leerlo en donde él casi se te ofrece. También suele pasar que llegues a él de rebote, por la proyección de unidades sonoras que te llevan a otro objetivo, cual el alacrán que al interjeccionar con el sonido sabe si debe evitar o enfrentar a lo que está adelante. Así me ha pasado el día de ayer. Iba yo por las calles de Lima con La ciudad y los perros y dije, oh no, Madigan, ya escribí algo sobre el galán de Julia y Patricia (nada que ver con Fragmentado), mejor ir a uno de sus compañeros de ruta siempre, aunque el desencuentro final nunca tuvo arreglo. Abrí y allí estaba algo escrito y muy a la mano el libro con sus narraciones. Leí unas palabras y las culpas y acusaciones y voces del día se sometieron. Como el Marcel de aquel año trece al mojar las madalenas, encontré un archivo huerfanito y lo pulsé: traía paseando los Cuentos completos de Julio Ramón Ribeyro, en su segunda edición de Alfaguara de 1996, la primera es de 1994 (749 pp.). El periodo de fragmentación en que navego desde hace tiempo, me lleva a leer textos cortos de preferencia, a no arriesgarme a regresar el día siguiente a una lectura que debo repetir porque el olvido ya me habita. Es cosa de mi cerebro que se defiende a su manera, ojalá sepa el resto que me queda ante de seguir con sus juegos. Suele suceder que el conjunto sea monstruoso, como los Cuentos de John Cheever o Inventario de José Emilio Pacheco, pero sus piezas se pueden picar de poquito en poquito como sabrosa botana o como el pollo pelón que atrapa grano y gusanillos en el camino al gallinero. Ribeyro es uno de los peruanos que disputaran lugares de privilegio en la narrativa peruana junto a Mario Vargas Llosa, Julio Bryce Echenique, Santiago Roncagliolo, Jaime Baily, asumiendo que Ciro Alegría, José Mario Arguedas, Sebastián Salazar Bondy ya lo hicieron desde antes. Por no mencionar al gran cholo César Vallejo y una constelación de poetas que han hecho maravillas con la poesía. A Bryce lo traen todavía un poco electrocutado con el asunto de los plagios, a Roncagliolo algo le habrá pesado el asunto de los dominicanos y yo espero que se disipe un poco la contingencia para abordar su libro sobre Alan García y otro líder de aquellos años.  Bayly de pronto cae en el glamur y en lo superficial. Ya le tenderán la cama de la posteridad a don Mario y entonces sí a ver de qué cuero salen más correas, una vez que el peso de su voz ya no atemorice a los adversarios. Una entrada de internet me dice que Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) forma un formidable y singular triángulo de cuentistas en Latinoamérica con Borges y Cortázar. No es poca cosa. Y sin duda es más una provocación que una verdad imperativa, pero es ciertamente un gran elogio. Esto lo he leído después de sumergirme en “Al pie del acantilado” un relato largo, que bien puede ser una novela corta. La narración es sin grandes sobresaltos, aunque lo que nos cuenta habla de grandes transformaciones. Bajo la advocación de la higuerilla, como esa planta que crece donde nadie lo espera y allí se aferra a la existencia, Leandro y sus dos hijos, Pepe y Toribio, llegan al acantilado y escogen un lugar para vivir. Del primer lugar tienen que salir porque la tirada falla, pero de la segunda emerge una casa del fondo del barranco y su trabajo y su ingenio les permite ponerla a salvo de las filtraciones de agua y de los derrumbes de tierra. Es una playa lejos de la ciudad, los pocos humanos que se aventuran sólo dejan su basura y se van, los pescadores están por allí cerca y quedan restos de naves hace mucho tiempo encalladas y de alguna que otra huella de lo que fue un balneario. Poco después se les suma un hombre solo, Samuel, ducho en la reparación de objetos y muebles, él construye una casa en la parte alta. De los hijos, Pepe ama el mar, quiere quedarse. Toribio en cambio huele la ciudad, se va detrás de Samuel cuando éste se cansa de hacer cosas inútiles en el barranco y se desaparece por días. Sólo que Pepe, empeñado primero en conseguir unos pilotes metálicos de las ruinas de embarcaciones y después en limpiar el mar para atraer turistas, se ahoga una tarde, lo que provoca el movimiento nocturno de los pescadores en labores de rescate. Lo encuentran hasta el día siguiente, mordido por los peces. La ciudad avanza, llegan colonos, construyen, van a la ciudad a trabajar y regresan a dormir a sus refugios. Leandro continúa con su labor, ahora solitario, para ofrecer alguna silla o vender algún pescado frito a los visitantes. También llegan observadores de las condiciones del lugar. Samuel piensa que no son personas buenas. Después Samuel será aprehendido y llevado a prisión. Se rumora que debía la muerte de una mujer. A Leandro no le importan los rumores, el hombre era bueno con él. Toribio se va a la ciudad y allá se casa con Delia, la hija del sastre. De vez en cuando viene a pedir dinero o ayuda a su padre. Los observadores son funcionarios municipales. Tienen la encomienda de ver lo necesario para poner en esas tierras estatales  un lugar de descanso. El abogado que contratan es partidario de atacar por el lado de que la municipalidad no tiene por qué usufructuar tierras estatales. Con lo que no cuenta el abogado es con que se pueden poner de acuerdo las diversas instancias de gobierno. El abogado no vuelve a dar la cara, se la tienen que buscar los afectados. El desenlace del relato es el avance en el desalojo. Leandro es el último en abandonar ese hogar que lo ha sido durante siete años. Carga con lo que puede. Sube el camino de regreso. Más adelante se encuentra con Toribio y Delia, también con una higuerilla. El nuevo hogar les pide lo reclamen: “Es difícil hacer amigos cuando se es viejo y se vive solo. La gente dice: “Algo malo tendrá ese hombre cuando está solo.” Los pobres chicos que no saben nada del mundo, me seguían a veces para tirarme piedras. Es verdad: un hombre solo es como un cadáver, como un fantasma que camina entre los vivos”. Más allá de Miraflores y del Leoncio Prado. Julio Ramón Ribeyro corre el peligro de ser el mejor cuentista peruano, para mí ya lo es, y eso a algunos podrá molestarles…

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