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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(74)

Alejandro García

…Hace unos días me tocó oír algunas entrevistas a Mario Vargas Llosa que están en Youtube. Vi la primera, pero como suele suceder, uno se pone a hacer sus cosas en la computadora y la plataforma te sigue mandando videos, en este caso. Me asombró mucho el darme cuenta de que se ha estigmatizado al peruano-español. Lo que oí versaba más sobre literatura que sobre política. Allí es otra cosa el hombre. Me acordé de aquel espectáculo de Montesinos con la figura de Abimael Guzmán en una jaula, lanzando consignas que los locutores simplificaban en gestos de simio o de terrible asesino. Con la debida distancia, a Vargas Llosa se le suele captar en entrevistas editadas, en pasillos de aeropuertos, a la salida de congresos y sus afirmaciones suelen ser tronantes, pero en realidad pasto para el lector de noticias (locutor, por lo general no periodista) que le da su propio contexto. Eso no significa que no tenga sus propias opiniones sobre el mundo en que vivimos. Tampoco significa que yo esté de acuerdo con él. En una de los documentales veía yo una entrevista de los años 70. Un Vargas Llosa de pelo largo, de traje blanco, dientes de conejo, de gestos a veces un poco tímidos. Entre las cosas que dijo me llamó la atención que mencionara a Juan Benet como un escritor que señalaría rumbo. La generación nacida por el medio siglo le daría la razón y encumbraría al autor de Volverás a Región como uno de sus referentes. Otra de las ideas que manejó fue lo relativo al cambio que provocó el boom en la vida intelectual de España y América. No sólo se puede hablar entonces de las novelas de Vargas Llosa en España, Las de Cortázar en Argentina, las de Fuentes en México, el brinco de José Donoso de una editorial casi familiar a la traducción estadounidense, el brillo de editoriales como Seix Barral, Sudamericana, Fondo de Cultura Económica y Joaquín Mortiz, sino también la proyección internacional de escritores de otras épocas: Borges, Rulfo, Sabato, Paz, Lezama, Roa Bastos. Algún día alguien nos comentará, sin pasiones ni bandos, por qué no se encabalgaron en 1967 el otorgamiento del Premio Nobel a Miguel Ángel Asturias y el gran éxito de Cien años de soledad. Pero el boom también salió a empujar a la novela española, sacarla de su aislamiento y de su relativo provincianismo. Fue así posible conocer la novelística de Luis y Juan Goytisolo y del recientemente fallecido Juan Marsé. Como en América, el fulgor de Seix Barral alcanzó a Luis Martín-Santos y su Tiempo de silencio y pudo empezar a verse la novela social libre del susurro del franquismo. Yo me emperré en seguir a Marsé por la vía de Si te dicen que caí. Lo más sano hubiera sido caminar por Últimas tardes con Teresa, la producción anterior se dejaba llevar mucho por el ennui de la época. Es curioso, pero nunca me topé con la edición de Biblioteca breve. En el caso de La ciudad y los perros pude conseguir la edición de bolsillo, pero la novela de Marsé no circuló en ese formato, era más accesible en la terrorífica edición de Salvat que era dura y fácil de romper. Así que a la comodidad del libro de Novaro, en pasta dura en las ediciones mexicana y española, habría que agregarle el ingrediente de la vida personal. Yo era casi quinceañero y el título me decía que estaba entrando a un terreno en donde todo indicaba mi caída, un poco en el pecado, pero sobre todo en la condición moral. De ejemplo estaban esos émulos de los poetas malditos, Martínez Farfán y Lara Huerta que vivían no sólo al margen, sino con el margen en el cuello y escribían unas cosas cautivadoras y plenas de misterio para el analfabeto de la vida que era yo. Marsé hablaba de barrio, de traperos, de mujeres que iban y venían con sus cuerpos como ofrenda y oferta, paseaba por un mundo de niños que vivían la miseria de la posguerra civil sin preguntarse mucho, leyendo aventuras y proyectándose el mundo antes de saber si escapaban al primer escalón de la violencia. Y había seres elegantes, que venían de la riqueza y reposaban en la plancha de la muerte. Todo aquello era candela para quien apenas reconocía que los acertijos se construyen con el lenguaje y que los misterios de la vida se desentrañan con el lenguaje. Hablar y pensar hasta que se te caiga el pelo, pulir el estilo hasta que el alma se muestre desnuda y capaz de hablar al otro, a los otros. Nunca entendí por qué Marsé retiró las líneas del himno de la Falange. Creo que tuvo razón, pero muchos años lo puse en tinta en las ediciones que iba consiguiendo. Es muy probable que la censura lo invitara a retirarlo, de hecho perdía la anulación de casi toda la novela, es más probable que haya entendido que era parte de una batalla de él con la patria, con los bandos, con la conciencia, el levantamiento de una herida que era totalmente ajena a la novela que había levantado. Se ha ido Marsé, incisiones en su corazón y en conexiones, grapas en riñones y cuerpo, lo fueron sometiendo, encerrando, restando capacidad a su oficio, a su palabra, que fulguró antes y fulgura hoy, oh Madigan, otro de los Juanitos, como Rulfo, como Goytisolo, como Benet, ¿como el Arcipreste?, ¿como Boccaccio?…

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