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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(76)

Alejandro García

…entre los diversos planes alternos para mantener el encierro en este 2020, he regresado al cine. He de confesar oh, Madigan, que después de la hazaña del 2018 quedé un poco vacunado contra la gran pantalla. Nada grave, una simple saturación de mis ojos. ¿También la lectura de libros tuvo sus momentos de saturación? Sin duda. Si tomo perspectiva, se trata tan sólo un cambio de texto: leemos siempre. Ahora somos incapaces de leer las gestas de nuestros batallones de autodefensa y barricadas inmunes. Tendríamos que emprender un Viaje alucinante a lo largo y ancho de nuestro cuerpo, a los extremos y profundidades de sistemas y órganos para saber el microscópico “estado del arte” de nuestra vida. Alguien lee por y para nosotros. El cine vuelve y revuelve. Por ejemplo “Lord Jim” (Richard Brooks, 1965) con Peter O’Toole, película basada en la novela de Joseph Conrad. Una y otra vez vuelvo a la mesa de la librería donde dejé el ejemplar cuadradito de Victoria de Montaner y Simon a un muy buen precio. Busco en mi índice y aparte de la obsesión por El corazón de la tinieblas –con varias ediciones- tengo poco del escritor nacido en Ucrania, polaco e inglés, con residencias escriturales en Francia y en el sur de la Gran Bretaña. Ahora me salpica la culpa matrera por no haber comprado la edición monumental de Narrativa breve completa en Sexto piso. Como el niño de “El banquete funerario” lloro por lo que no fue. Ya volverá la normalidad con banderas desplegadas y entonces… Por la película caigo en cuenta de algo que leí en comentario y viví en por lo menos una de sus narraciones: el conflicto interior. Jim ha tenido la flaqueza de dudar: saltar del barco a la lancha salvavidas, dejando a casi un millar de musulmanes a su suerte o asumir su responsabilidad de oficial y correr la suerte de sus pasajeros. La voz interior le exige quedarse, aunque el capitán, su jefe ya está a buen resguardo, las voces de los otros le dicen que salte. Y esto hace. Cuando llegan a puerto, la nave ha sido rescatada y tendrá que someterse a un juicio legal. Todas sus acciones posteriores están mediadas por ese error o por esa decisión. No importa que se dé cuenta, así sea en sus manifestaciones más superficiales, que el mundo opera ajeno a la ética y que sus compañeros de aventura viven de la trampa y muy cerca del delito. Cuando parece que todo está resuelto de manera positiva en una comunidad alejada de las convenciones del mundo que se impone, volverá a estar en la disyuntiva, sólo que la voz de aliento pertenece a un mundo en donde lo correcto o el “deber” no tiene vuelta de hoja ni tanto dramatismo. Había leído yo que Conrad asomaba entre las influencias de Faulkner. El personaje de El negro del “Narcissus” así me lo confirmó en su momento. Con las vueltas del tiempo el conflicto de “Lord Jim” no sólo se respira en Yoknapatawpha, sino en las decisiones de Geoffrey Firmin, el personaje de Malcolm Lowry. Habría que buscar una línea de contacto entre Melville y Conrad. Es sabido que el escritor estadounidense vivió una etapa de silencio desde su muerte hasta los años veinte, justo por la época en que Conrad muere. Naufragando con mi ignorancia sobre Conrad, pude tener gracias a la recomendación de Sara Margarita Esparza, en Taberna Libraria, un ejemplar de Joseph Conrad y su mundo de Jessie Conrad. Es un libro ameno, rápido y que permite acercarse a ese autor tan complejo. No se pretenda encontrar aquí una clave literaria de la literatura de Conrad. Las obras se mencionan poco y la más aludida es Victoria. No encuentro una sola referencia a El corazón de las tinieblas, la breve novela que ha tenido relecturas importantes a partir de la película de Francis Ford Coppola. Jessie es una voz poderosa que lo mismo da datos biográficos que informes sobre su papel en esa sociedad tan golpeada que es el matrimonio que después escala a familia con dos hijos varones. ¿Qué podía saber de cierto la viuda de Conrad de la ventura o desventura de su esposo con los lectores del futuro? Conrad se retiró temprano del mar y se dedicó a escribir en inglés. Pese al manejo que Jessie hace del personaje, es evidente que no era fácil tratar con él y a eso ayudaba la formación victoriana de las mujeres que permitía un manejo a ratos arbitrario del hombre. Como algunos de sus personajes, de pronto Conrad caía víctima de la gota y entraba en crisis con fiebre y se podían dar eventos de delirio en que se expresaba en lenguas extrañas, muy probablemente de su lugar de origen. El hijo mayor de Conrad tardó casi un año en enterar a su padre de que se había casado. Yo dudo, camarada Madigan, entre amarrarme a las barreras metálicas de un Oxxo y permanecer allí hasta que los pagos de Gandhi se puedan hacer de nueva cuenta de ese modo y no por tarjeta de crédito, a fin de tener un ejemplar de Lord Jim o romper de plano mi aislamiento y lanzarme al mar urbano en busca de ese Conrad que deja y se deja leer, en abierto desafío a esa partícula que no es persona, animal, ni cosa, pero que sí es un sustantivo y mata…

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