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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(80)

Alejandro García

…Rubem Fonseca (1925-2020) es un escritor desinhibido que no se tienta el corazón para zarandear al que ─inocente o no─ entra a sus páginas. Y lo hace con la misma eficacia en la novela, el cuento y la narración breve. Mi primera experiencia fue con Pasado negro (1985 en Brasil, 1986 en España y México)en editorial Seix Barral. En 2009 editorial Cal y Arena la reimprimiría con su nombre original Bufo & Spallanzani y con traducción de Silvio Rascón (En España había hecho este trabajo Basilio Losada). Confieso que amé de inmediato la historia de largo aliento del brasileño. Si bien compraba y leía sus otras producciones la novela estaba más cerca de mi ritmo de vida y de mis intereses escriturales. El reciente encuentro con sus Narraciones cortas (Tusquets), primero en una mesa de ofertas de la Librería Universal y después en mi modesta biblioteca, me llevó a concentrar el resto de su obra y, lo más importante, a leer esas breves piezas que eran verdaderos golpes a mi pendencia de lector. Fonseca murió el 15 de abril de este año, casi al mes de encierro por la pandemia, cuando se pensaba que la apertura de los hogares era inminente. Los cinco meses restantes nos sumirían en un Decamerón o Cantos de Canterbury que no deja de ser una pesadilla. Ese no tener que correr todo el día haciendo la nada posibilitó que tuviera la pausa entre cuento y cuento. Allí Fonseca se acerca al límite, donde la intensión impera y la intención no claudica. Su galería de personajes marginales es realmente soberbia. He reseñado el libro en mi columna semanal, así que paso a lo siguiente. Buscando el volumen por el que le fue otorgado el Premio Casa de las Américas, Honorífico, en enero de 2005, Pequeñas criaturas (2002), descubro que no lo tengo. En cambio tengo a la mano Ella y las otras mujeres. Se trata de 27 historias de personajes femeninos y sus títulos son nombres de mujeres. Como siempre el primer cuento es duro y blando a la vez: “Alice” es una nueva profesora que tendrá Gabriel, tartamudo y con problemas de aprendizaje en portugués. Además odia la lectura. Se trata de una escuela por encima del estatus económico de la familia. Alice se ofrece a darle clases particulares sin costo, con la anuencia de los padres. Y lo hará en su casa, pues en la de Gabriel no hay espacio para eso. La mejoría es milagrosa, así como un interés sorpresivo por la lectura. Un funcionario va a visitar al padre del muchacho y le alerta sobre los antecedentes de abuso de Alice, los cuales la han mandado de su vieja escuela a la actual. La maquinaria para atrapar a la seductora está en marcha. El padre sabe que irán sobre las opiniones del muchacho y tiene un diálogo estratégico con él. Una vez a cubierto la docente: “Gabriel, después de un tiempo, dijo que había hecho exactamente lo que yo le había ordenado, tan era así que el oficial le había creído. Le respondía que había actuado correctamente. Gabriel dijo que le caía bien la profesora, que lo había curado de su tartamudez, le había enseñado a disfrutar de la lectura y que lo que ellos hacían en la cama no era ningún pecado. Le respondía que ahí acababa el asunto”. “Lavínia” en cambio es parte de la lucha entre parejas, la sorpresa que devela que las cosas no estaban tan bien como pudiera creerse o construirse en la mente. El narrador es pareja de Lavínia. Cada cual vive en su casa. La pasan bien. Nunca llegan al recinto del otro o de la otra sin avisar, aunque tienen llaves de las dos viviendas. Se habían conocido gracias a que ella tiró por accidente una maceta desde su balcón y cayó en la cabeza del narrador. Pero ahora Lavínia no contesta y él quiere dejarle un regalo en la heladera. Entra. La llama. No hay respuesta. Ah, está en el baño, sus sesiones son largas. Toca. Silencio. Abre a la fuerza. Lavínia se ha cortado las venas de las muñecas. Tiene que avisar a su madre. Ella toma la llamada. Le dice, ¿eres tú, Gilberto? No. Qué bueno que hicieron las paces, Lavínia estaba muy triste. Debe venir a casa, señora. Él no. He tomado estas dos historias al azar. Y ya encarrerado el gato, voy a El cobrador en su legendaria edición de Bruguera (1980), colección Narradores de hoy. Debo leerlo con finura, pues es de los que empiezan a botar páginas si se les quiere dar un trato normal. Pues sí, compré la novela a principios de 1988 y la leí en febrero de 90. Adquirí El cobrador después de la novela y por allí se fue quedando. Eso me permite construir una especie de jornada decameroniana bajo la presidencia de Rubem Fonseca. El cuento que da título al libro es la historia de un ejecutor que se las cobra a los diversos seres con los que se va cruzando. Suele tener mejor trato para las mujeres, pero no es regla de observancia general. En el libro predomina la atracción que los diversos hombres sienten por las mujeres y lo que suelen hacer por ellas en vía directa o indirecta. El caso de “Mandrake” es el mejor ejemplo: se mantiene en el caso de sospecha de asesinato de un personaje importante, gracias a que la hija es una verdadera belleza. Y consigue ponerse frente a ella y que lo corresponda. El desenlace pone en peligro sus avances. Sin embargo, los dos cuentos mayores de este libro son los dos primeros: “Pierrot de la caverna” y “H. S. Cormorant en Paranagua”. El primero es una variante de “Lolita”. Una chica de doce años es pretendida, tomada y embarazada por un hombre adulto. Él ama la oralidad, pero escribe, aunque se siente mejor en la primera práctica. Cuando le pregunta sobre qué escribe suele tener un menú de fórmulas que lo saquen del embrollo: la paidofilia, la devastación del Amazonas, las peleas de gallos. Él se siente vigilado. Al parecer es Sofía, pequeña solitaria en su casa. También tiene una amante con quien se lleva bien y, con el trato, llega a mantener relaciones con la madre de Sofía. La visita a una clínica que sabe de los costos de esas cirugías termina con el embarazo. El segundo es un cuento de referencia histórica. Se ubica en la época en que Inglaterra, durante el siglo XIX, se convierte en la atacante del tráfico de esclavos y propone que la colonización sea el nuevo trato. A tal efecto mantiene una vigilancia y bloqueo sobre Brasil. El poeta Alvares de Azevedo, romántico, habla de su admiración por Byron: incluida su cojera, sus relaciones sexuales con la media hermana, su trato difícil en situaciones normales. Y todo eso canalizado en la leyenda y el mito del escritor libre y puro. A la batalla del país se le hace acompañar de la batalla del artista. Fonseca trata temas duros, crudos, que cuentan con la sanción de muchas opiniones que en estos momentos pretenden revertir las conquistas de derechos individuales, raciales, sexuales. A la posible punición contra un personaje que embaraza a una niña de doce años, uno de los actores de estas narraciones dice con toda tranquilidad que ha pasado la noche con una prostituta de catorce años. Claro, son dos años de diferencia, pero la parte oculta de la sociedad se resiste a entregar el verdadero estado de las prácticas sexuales. El hombre del cuento maniata a padre y madre, a una con sexo, al otro con trago. Después pueden correr las cosas como si nada hubiera sucedido. Pienso, oh, Madigan, en la palabra supuestamente envenenada de Fonseca, frente a la entrega de hijas e hijos al mejor postor, la pequeña mercancía que se pone a la venta a escondidas, cuando no ha sido tomada ya en la trampa del hogar…

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