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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(85)

Alejandro García

…”Canta, oh Diosa, la ira del coronel Azuara”, así podía empezar la historia, tu historia, oh Madigan, guerrero de presta pluma, oscuros rizos y rápidas acciones, enfurecido ante el insulto: “la taquera”. Una sucesión de divinidades intervendría en pro de esos humillantes, altaneros mocetones lengua suelta y otra alternaría para aderezar tu desplazamiento desde el restaurante a la carretera y el encuentro con el camión que costaría la vida de Victoria, tu derrota y la fuga de los agresores. O tal vez arrancar del insulto en boca de tu amigo de infancia y del arrastrar de pies del infractor a las aguas de la muerte. Sin duda podrían ser relatos que corrían por caminos y plazas, en boca de actores que agregaban detalles y hacían crecer la cólera y su insatisfacción. ¿Era la diosa tu voz, Madigan, el imposible salto al “Canto, oh Diosa, la ira del coronel Azuara? O el todavía más desafiante “Canto, oh Diosa, mi cólera de coronel Azuara”? Según Julian Jaynes en la poesía homérica todavía no hay rastros de la conciencia, aunque sin duda biología y lenguaje conspiran para crearla. Perseguido por el mundo de la necesidad y la sobrevivencia el hombre se despega del silencio y del misterio, pero también del ruido y de la banalidad de la vida diaria. La conexión de hemisferios cerebrales hace posible que la Musa o la Diosa no sean los recursos exteriores y sean identificados en diversas partes del cuerpo, del cerebro, aunque el misterio sea profundo aún hoy en torno a este músculo que se encuentra detrás de nuestros ojos. De la cólera de Aquiles al vagabundeo de Ulises por las calles y recovecos de Dublín hay un buen trecho. Toda la primera parte de El hijo del coronel de David Ojeda es ese pleno diálogo entre dos secciones de una misma persona: la que hace y la que piensa, la que escribe y la que es escrita. Es la misma, pero una hace las cosas y la otra las reflexiona. No sólo el lenguaje ha evolucionado, no sólo el cuerpo se siente y piensa, también es posible construir un gran lienzo en donde las acciones se revisan, los problemas se enuncian, se estudian, se resuelven o lanzan a un nuevo desafío. En la Huasteca primero, en Ciudad Valles, y después en Brownsville el coronel Azuara se piensa. Tal vez será mejor decir que el nuevo Aquiles se pierde en el espacio después del accidente, por allí está en algún lugar de la Huasteca, y recuerda sus días de infancia, su viaje a los Estados Unidos, la escurridiza vida con su padre, el entrenamiento para ser boina verde, su vida de guerrero moderno al servicio de un país que le ofrece el botín de la nacionalidad después del combate, sus actividades en México como agente externo auxiliar en la lucha contra el orden, el encuentro y persecución de Victoria, el hijo y la visita a éste para enterarse del nuevo pliegue de su vida. No llegará a la capital, pero recibirá a Marcelo convertido en Marcela. En la segunda parte, no hay conflicto de voces, no se tienen que acomodar los pensamientos y las acciones. En todo caso ambos están unidos en la voz del médico forense, un testigo más de Victoria que de Marcelo, el coronel. En medio del sopor que sigue al festejo de la navidad de 2007, el médico practica una autopsia. Sólo que se trata de Victoria, la mujer con la que tuvo un rápido e incompleto contacto sexual en el viaje que de jóvenes realizaron a la Huasteca para hacer labor social y se encontraron con el oscuro acoso de un gobierno receloso de esas actividades. Allí Marcelo pudo ver a Victoria y seleccionarla como su probable presa. Después ella se replegó del médico. Mundo paradójico del galeno es el que le permite contemplar desnuda a la mujer que sólo tuvo con los dedos. Ese tránsito de la conciencia plena, aunque ruda, en la mente de Marcelo, un antihéroe, especie de mercenario con una cara institucional, expresada en la primera parte, se convierte en descanso y preparación para la tercera. Jaynes dice que los griegos, por lo menos en los cantos homéricos, expresaban partes del cuerpo, las nominaban, pero no comunicaban una idea de totalidad. El médico forense tiene el cuerpo yerto de una bella mujer, otoñal pero bella. Debe separarlo, encontrar las causas de la muerte, porque no hay heridas a la vista después del accidente. Las encontrará en el estallido de una vena, de una arteria, de un conducto de vida que se rompe durante o tras el choque de los vehículos en la carretera. Y la tercera parte parece no tener mucho que ver con las dos que le preceden. Marcela está consciente del camino escogido y está dispuesta a vivirlo como trayectoria y como fin: ser feliz. Creo que el nexo de contenido es evidente: lo que el coronel y el médico han logrado a base de tropezones y negociaciones con el establishment Marcelo lo ha logrado por la vía de la transformación corporal. Sabiendo que su cuerpo de hombre es en realidad de mujer, da los pasos necesarios para que ésta se desarrolle y viva en ese receptáculo sin las angustias propias de la sanción social. ¿Cuál es la diferencia cualitativa? La dimensión estética. Marcela no sólo ha aceptado la comunicación entre sus hemisferios y permitido un tránsito fluido entre ellos, también ha incorporado el placer y el equilibrio desequilibrado, la búsqueda permanente del estar bien, del resolver los problemas y las conjuras, los desatinos del yo y de los otros. Ha construido un entorno amable, no conformista, ha encontrado una pareja que entiende el cambio y busca una unidad dialogante y puede tener una serie de objetos que le permiten mantener esa condición de bienestar y crecimiento. Un ejemplo es la pintura que aprecia, los cuadros de su departamento, el orden de los objetos. Si el coronel no negocia con sus prejuicios y sale tras los bocones que utilizan “taquera” como insulto, Marcela va tras el mantenimiento de un ecosistema en el cual el encuentro, la multidimensionalidad y la conversación son posibles…

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