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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(87)

Alejuandro García

…Tres. Jennifer fue encontrada sin vida en Pánfilo Natera, Zacatecas. En una de las fotografías sólo se puede ver una parte de su pierna, en otra se muestra una sábana blanca con una mano que asoma por una de las orillas de la tela. Es curioso, pero entre tanta soledad y anonimato se puede ver que en la muñeca la extremidad superior lleva atada una banda de color salmón. Después pienso que pudo ser parte de la maquinaria de maltrato y violencia. No se sabe. La acompañan, la rodean, piedras de regular tamaño y una cajita de color azul y blanco que no nos alcanza a dar su marca. Poco a poco la noticia se queda cerca del comunicado de prensa institucional y todo pasa a formar parte del rumor, del mensaje boca a boca. Se dice que tenía 19 años, que estudiaba Veterinaria en la UAZ, que se pagó un rescate y no cumplieron. También llegan los prejuicios que contribuyen al olvido o a mover el foco de atención de responsabilidad de las autoridades. Día a día, jornada a jornada, podemos ver en las redes sociales la desaparición de niñas, jóvenes, mujeres de todas las edades. Cuando reaparecen, vuelve a picar el prejuicio: siquiera que digan dónde andaban. Es lo importante. Si aparecen muertas, el silencio da su óbolo para reacomodar nuestras zonas de miedo e impotencia. Dos. El 26 de enero de 2006, Claudio Magris publicó en “Corriere della Sera” el artículo “Elogio de la locura: Plaza de Mayo”. En 2008 apareció en su libro “Alfabeti”. En habla hispana lo encontramos en “Alfabetos. Ensayos de literatura” (Anagrama, 2010). Se trata de un brillante y bello artículo sobre las madres de los desaparecidos en Argentina durante la dictadura que arrancó el 24 de marzo de 1976. “Locas” fueron llamadas por organizarse y salir a los espacios públicos y ganar la calle, enfrentándose al poder. De más está decir que su objetivo era muy claro: recuperar a sus hijos, saber qué había sido de ellos. Como se dice en México tópese con quién se tope. Sólo que aquí las orejas y el rabo eran claramente de la dictadura militar. “Estultas”, se sobrepusieron a su dolor y fueron tercas e inteligentes para ir avanzando en esos túneles oscuros que a veces estaban iluminados pero se apagaban conforme ellas se acercaban: “Como Antígona, también ellas llegan espontáneamente a la acción política desde la universalidad de los valores y de los sentimientos humanos violados por la política, por la perversión de la “polis”, de la vida común. Y desarrollan un trabajo político de increíble lucidez, concreción y eficacia, que no sugiere ningún patético exceso de amor materno, sino más bien la lógica de Clausewitz o la astucia de los héroes brechtianos. A cada movimiento de represión responden con una táctica flexible e inventiva; si la policía les prohíbe reunirse, obedecen a la orden de circular iniciando su legendaria marcha; si les apuntan con fusiles, giran alegremente a coro: ¡”Fuego”! Eluden la censura con una genial estratagema pacífica y difícil de controlar; difunden en el país, ignorante de los crímenes del régimen, escribiendo la información en los billetes de banco que circulan por todas partes, o en hojas metidas en los misales, o intercalándola, en reuniones de masa, en las oraciones en voz alta que nadie se atreve a interrumpir; memorizan a los asesinos y sus cómplices con sus denuncias públicas, corales”. Dime si no vale la pena la larga cita, oh, Madigan, tú que asististe a la descomposición de este país, no de Argentina, y la denunciaste. Las madres de la Plaza de Mayo, algunas hoy jóvenes nonagenarias, tal vez supieron de las órdenes de Kissinger, sin duda experimentaron la altanería de Videla y de su corte de primates, la vergüenza ajena de muchos de sus vecinos y amigos, mas también vieron a los generalotes en la humillación y en sus debilidades fuera del poder. Eso no les devolvió a sus hijos, pero lograron saber, en muchos de los casos, de su último destino y encontrarles un lugar de reposo. Curiosidad aparte: Claudio Magris refiere un libro de Daniela Padoan, no cita el nombre. Me queda la duda si el libro es el punto de partida del comentario o es sólo la mano de la víctima que aparece en la fotografía zacatecana. Uno. Veo “Las tres muertes de Marisela Escobedo”. Su lucha con un puñado de familiares. El asesinato de su hija Rubí, la primera muerte, incinerada, enterrada más allá de las marraneras. Es Ciudad Juárez, me digo. Ella investiga, es enfermera, ha logrado reunir un patrimonio y tiene un negocio de venta de madera. Ofrece una recompensa por saber dónde está su hija. El marido o novio es el responsable. Eso fue lejos, me digo, tranquiliza mi azoro. Alguien le cuenta. Ahora ya no está el responsable, ha huido. Marisela se convierte en investigadora ante la falta de resultados de los organismos de justicia. Y encuentra al victimario en Fresnillo, Zacatecas. Ahora la cosa está más cerca, el desasosiego crece. Ocurrió hace años, grita un escondido Pepe Grillo. Lo atrapan y lo llevan a Chihuahua. Tendrá esa maravilla legal que es el juicio oral. Lo declaran inocente. La autoconfesión ya no es válida a la hora de fijar responsabilidades. Marisela muere por segunda vez. Sin embargo, ella no es mujer que se arredre, sigue en la lucha legal, sigue los pasos del que huye. Sabe que aquél dejó mujer en Fresnillo. Habrá de volver. Lo busca, lo espera, lo encuentra. Llama a las autoridades. Se les escapa. Con el tiempo, sabrá que aquel joven que cortó la vida de su hija ha escalado a cierta jerarquía dentro de un grupo criminal. La convencen de que se aleje de Fresnillo y se repliegue a Chihuahua. Ahora da la lucha en la plaza, como las madres de la Plaza de Mayo. Eso no gusta a los gobernantes empeñados en mostrar un rostro limpio, a los encargados de la seguridad, a los grupos violentos infiltrados en el gobierno, a la gente de mecha corta a la hora de plegarse a la paz incondicional. Un hombre baja de un auto y le dispara en la cabeza. Eso sucede frente a las puertas de palacio de gobierno, cerradas, como parecieron siempre para ella. Ha sido la tercera muerte. Horas después su maderería se consume entre las llamas. El documental es un buen golpe a la desmemoria y a la desatención o falta de solidaridad con las víctimas de la violencia. Yo vi la ejecución de Marisela en Escobedo en la televisión ¿y…? Hemos estado sobre un barril de pólvora, a la manera de las viejas caricaturas de la infancia. Con que no me toque, parece decir el yo interior. El pleito es con las mujeres, dice la voz del primate que anda por allí y dicta algunas malas razones y ofensas cuando nos sacan de quicio. Rubí, las madres de la Plaza de Mayo, Marisela, la chica que camina por los baldíos rumbo al camión, las hermanas, las hijas, todos los que vivimos con la mentira de que éramos el futuro de la patria, y el sicario que ronda, el violador que se prepara, el casquillo percutido esperando por fin a la ley…      

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