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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(90)

Alejandro García

…“Madame Bovary”se publica por entregas entre octubre y diciembre de 1856 en “La Revue de Paris”. Como libro estará al alcance del público, en dos  volúmenes, el 15 o el 18  de abril de 1857 (según la fuente). La edición a satisfacción de Gustave Flaubert data de 1873.  La obra se traduce al español en 1875. Al parecer los españoles abrieron el paraguas antes de que lloviera a cántaros, aunque en realidad, de plano, espantaran los nubarrones. La idea de regresar a los infortunios de esta gran novela nació cuando tuve oportunidad de adquirir la edición de Mario Armiño en Siruela, 2013, Tiempo de clásicos, número 15. Ofrece un apéndice con “Tres fragmentos suprimidos de ‘Madame Bovary’” (apenas unas ocho páginas), dos fotografías de pruebas de imprenta con marcas de suprimir, en los capítulos V y X, y un dibujo con los domicilios de los principales personajes. Acababa de leer con muy buen saldo el volumen de Alianza, colección 20 13, así que dejé para mejor momento la novedad o la tentación coyuntural de esos detalles. La idea que siempre ha estado presente, desde mis primeros merodeos a la ilustre dama, es la de censura o atentado a la libertad del escritor. La moral de autor y personaje fueron fustigados en un tribunal en enero de 1857, pero desde antes se fue calentando el caldero. En los meses previos a la publicación, Maxime Du Camp le había expresado que su socio León Laurent-Pichat era partidario de numerosas supresiones y que él estaba de acuerdo. En los hechos el primer censor, tal vez involuntario, fue el copista de la novela, en la imprenta, que le entregó para visto bueno una versión llena de gazapos y cambios de palabras y expresiones. Indignado, Flaubert tuvo que recomponer su maltratado texto. Es sabido que el autor era un ferviente partidario del estilo, de la expresión justa, “raspar y volver a raspar”, lo que contrastaba con un medio en el que dominaba el realismo y cierto desaliño formal en pro de la verdad y la justeza de palabra y realidad. La escena del paseo en carruaje de Emma y su acompañante, que no expresa nada, y tal vez por eso la censura lo picoteó más, fue motivo de una refriega entre Flaubert y sus dos editores. No se discutió el que ya hubiera antecedentes con representaciones similares y desde luego estaba por venir la desquiciante escena de Proust en la segunda década del siguiente siglo. Nada sucedía con la moral, pero ocultar lo que entre dos seres se enlazaba era lo problemático, dejarlo a la ligereza del lector. De modo que el padre de la criatura tuvo que, en un primer momento, reducir el texto, rasparlo ya no por exigencias del estilo, sino para que el texto pasara sin provocar la reacción de la censura oficial. Flaubert estaba tratando de avanzar en las vidas de sus textos sobre San Antonio y San Julián, pretendía que en 1857 aparecieran junto con la aventura de Emma en forma de libro. “La Revue de Paris” lleva la novela a sus lectores. La reacción es de búsqueda del texto y ampliación del círculo de consumidores. Cierto, se vende como pan caliente. Los responsables presionan a Flaubert para que las narices de los tribunales permanezcan ajenas al suceso. Flaubert recurre a la asesoría jurídica y algunas de las supresiones dictadas por los editores van acompañadas de una nota aclaratoria del autor. Lo inevitable llega, la citación. El juicio es tirante y por fortuna la sentencia absolutoria no es cuestionada por la fiscalía. Flaubert entrega su versión de la novela para su editor Michel Lévy, “una primera tirada de 6000 ejemplares en edición ordinaria, más 150 ejemplares suplementarios numerados en vitela”, dice Herbert Lottman. El texto iba contenido por la experiencia de censura recién sufrida. Sólo podría llegar a su forma ideal en la edición de Charpentier de 1873. Pienso oh, Madigan, en esa labor de pulir y pulir la piedra, la obra, los pasos de Emma Bovary, primero para dejarla tersa, lista para conmover a los lectores de su tiempo y llevarlos a la reflexión sobre los misterios de la relación mujer-hombre y de los mundos de sueños o metas por sus imaginaciones trazados. Y luego el estilo al diablo, a crisis, la pieza perfecta sometida a modificar la cara, a esconder el veneno o a defenderse del tósigo de la sociedad encallecida por la moral, por su moral y por sus instintos depredatorios. Ah, Madigan, seguro el bigotón de la campiña francesa, se tiraba de los pelos e insultaba a los zafios que se olvidaban de los textos libertinos de la centuria anterior, esos que jamás imaginaban las delicias de la parte inferior del cuerpo, la que hace volar y romper los moldes cuando se desata…

[Herbert Lottman, “Gustave Flaubert”, Tusquets; Gustave Flaubert, “Madame Bovary”, Siruela; María José Hernández Guerrero, “Historia de las primeras traducciones al español de Madame Bovary (1875-1935)”, “Cédille”.]

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