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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(95)

Alejandro García

…el pasado 20 de marzo de este fatídico 20 y 20, se cumplieron cien años del nacimiento de Boris Vian (murió el 23 de junio de 1959, morir a los 39, justo el año en que nació el que ahora en estas líneas prosa). Fue difícil reparar en el número y en su significado, pues fue justamente el día que se declaró la emergencia sanitaria en nuestro país. El primer enfermo apareció el 27 de febrero. Un mesesito de encierro y distancia que ya se alargó a nueve y aún no se le ve la punta. En La espuma de los días (1947) Boris Vian cuenta la historia de dos parejas, a partir de las obsesiones de los dos varones: Colin, un hombre de recursos que cuenta con cien mil doblezones para casarse y hacer feliz a su pareja Chloé, una niña dulce que se deja querer. Y Chick, enamorado de Jean Saul Partre y de su obra, y novio en la vida material de Alise. Chick es pobre, es ingeniero, pero es más insolvente que un obrero y entonces su amigo Colin está dispuesto a regalarle 25 mil doblezones para que pueda casarse con su chica. Y así lo hace. Mientras el rico viaja para ser feliz, el otro se queda a seguir los pasos del filósofo que provoca verdaderas aglomeraciones, dignas de un acto de masas. Y la desgracia alcanza a Colin, pues le nace a Chloé en un nenúfar en uno de sus pulmones y él debe gastar su fortuna en flores que le alivien el entorno a la enferma y en enviarla a paseos en la montaña. La debilidad de Chick es comprar manuscritos, libros y objetos de Partre. También él pierde su fortuna en tan singular manía. Colin se hace acompañar de un gran cocinero, Nicolás, un verdadero artista, tío de Alise y parte importantísima del tinglado que convierte a la obra en singular. No sólo los escenarios son bellos y deslumbrantes, lo son también los platillos y sus ingredientes, los espacios en que habitan y por los que vive sus primeras aventuras el matrimonio feliz. Vian combina elementos de surrealismo, existencialismo, vanguardias, jazz y de la cultura negra, y su efecto es muy similar al de la escenografía de “La naranja mecánica” de Kubrick. Sólo que del otro lado está el discurso de la nada y de los preceptos partreanos que convocan a una vida rota irremediablemente por la desgracia. Conforme avanza la novela, la casa en que viven Colin y Chloé se va haciendo pequeña y al final sólo se pueden ver las partes inferiores y superiores que han aplastado al resto en un emparedado asesino. Claro que antes, Chloé logra derrotar al nenúfar, pero queda con un pulmón inútil y su muerte no tarda en llegar. La acción de limpieza la acomete Alise, en una excursión justiciera contra librerías y contra su prometido siempre en busca del elemento faltante en el culto a Partre. Las historias de Vian suelen ser insulsas, esquemáticas, a veces incluso cansinas en su seguimiento, son los otros elementos los que avivan las historias, con una buena dosis de violencia y sexo. La espuma de los días es una historia rosa en mucho, pero su carga crítica y vitriólica está allí, ante el dictado del destino y ante los riesgos del culto a la personalidad y a las ideologías. Vian publicó una buena serie de novelas negras con diversos seudónimos, el más popular fue Vernon Sullivan, un supuesto negro norteamericano. Él aparecía como traductor. Las escenas de sexo y violencia movieron a las buenas conciencias a que fueran esas narraciones llevadas al tribunal. Terminó por confesar que era el autor y hubo de pagar una multa que se dice fue de cien mil francos. Al parecer, los lectores bajaron al enterarse del verdadero responsable. Mucho hay de leyenda en su vida y en los comentarios sobre ella. Uno puede encontrar notas donde se da por hecho que murió a causa de un infarto durante la exhibición de una película basada en una de sus obras. Le habían retirado la oferta de escribir el guión y había peleado con todos los individuos importantes de la producción. Esto fue real, pero su desenlace fue en casa y venía de una lejana lesión pulmonar. A mí la obra de Vian me permite regresar a esa línea de perversión de la literatura francesa que arranca con Villon, se prolonga en Sade y se reorienta con Baudelaire y los poetas malditos. Sin embargo, en el siglo XX todo parece concentrarse en la deificación de la resistencia, ocultar la gran derrota durante las dos guerras. Ha sido necesario el reconocimiento de la obra de Modiano para que se destrabe ese tránsito de la maldad y de la vida cotidiana en una sociedad en lucha intestina e intervenida para que uno regrese a novelas como las de Céline y Vian. Nuestro autor se burla del compromiso, de la gesta y, aunque lanza la piedra lejos, allá del otro lado del océano, en los Estados Unidos, de donde nos trae a un hombre que odia a los negros y que tiene al menos un medio hermano negro, un hombre que se torna impotente, después de hacer el amor con dos negras y no encuentra ya la manera de tener sexo con blancas, eso que le costó tanto trabajo alcanzar en su vida anterior. Con los franceses no hay manera, oh Madigan, mezclan lemas trinos con besos negros y todavía se ríen, pues estos…

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