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CRÓNICA

COSAS QUE PASAN EN LAS LIBRERÍAS: EL LOBO ESTEPARIO

Francisco Velázquez

Hace un par de meses, en la librería donde trabajo, descubrí a un fardero: un tipo de cincuenta años que llevaba escondido en su pantalón un ejemplar de El lobo estepario editado por Alianza. Ese día, como era habitual cada vez que iba a la librería, el señor traía puesto un amplio chaleco de estambre color café que le cubría las bolsas de su holgado pantalón de vestir, un pantalón más grande que el que debería usar. Me pregunto si hay una relación entre su edad, su chaleco, y el título que decidió robar, sobre todo porque, seguramente, él era quien estaba robando los libros de política y filosofía que faltaban en la tienda, como si esos títulos le hubieran servido para estudiar o reunir el cinismo necesario para elegir una novela como la que se llevó. 

Aunque era un cliente que iba con frecuencia, cuando vi que sacó dos libros de un mueble, El viejo y el mar en la editorial Selector, y El lobo estepario en la editorial Alianza, comencé a seguirlo porque habíamos descubierto que nos estaban robando libros de esa editorial española. 

La presencia de ese cliente era normal para los que trabajamos ahí porque acostumbraba a ir entre dos y tres veces por semana, sin embargo, la tarde de aquel domingo me resultó extraño que el señor consultara libros de literatura, regularmente buscaba títulos de filosofía y política. 

Mientras el cliente estaba caminando con los libros en su mano derecha, me puse a acomodar una mesa de remates, pero después de un instante volteé a verlo y descubrí que de los libros que había tomado solamente llevaba uno en la mano, el de Hemingway, que era el más barato de los que había elegido. Puso ese libro en el lugar que correspondía y permaneció en ese lugar durante más de diez minutos, yo estaba a unos metros detrás de él, siguiéndolo con la mirada. 

Al poco rato observé que un tipo de unos 30 años que llevaba puesta una cachucha de los Yankess de New York y una chamarra de mezclilla, estaba viendo libros de Stefan Zweig de la editorial Acantilado. Fue cuando escuché que, sin voltear a ver a esa persona, el cliente que había tomado los libros de  Hemingway y Hesse habló entre dientes y dijo: <<pregunta precio, pregunta precio>>. Acto seguido el tipo de la cachucha tomó un ejemplar de It que estaba exhibido en el mueble, lo levantó y me preguntó cuánto costaba a pesar de que el libro traía la etiqueta al reverso. Cuando le dije el precio me di cuenta de que ese cliente usaba la cachucha muy abajo, la visera casi tocaba los lentes que traía, como si la usara así para taparse el rostro. El tipo me dio las gracias y luego caminó hacia el área de No Ficción.

Lo seguí hasta la sección de desarrollo humano pero en eso varias personas me preguntaron por libros; una cliente me pidió que le recomendera una novela romántica, para no entretenerme le sugerí a Jojo Moyes; otro cliente preguntó por un libro que trata sobre la historia de los siete barrios de San Luis, caminé a la sección de Historia, tomé el libro y se lo entregué; y un joven de unos veinte años me pidió La inteligencia emocional, de Daniel Goleman. Fue cuando mi paranoia se disparó y pensé que las personas que me habían preguntando por esos títulos estaban distrayéndome. 

Luego de unos minutos me encontré nuevamente con el cliente de los libros de Hemingway y Hesse por el área de Niños. Hasta entonces recordé que, como era habitual, ese señor había llegado acompañado con un niño de algunos 8 años que era su nieto. En ese instante el cliente traía en las manos una edición económica de Más allá del bien y el mal.

A unos metros del señor, en una zona donde un par de meses antes yo había descubierto ahí a una señora que iba a robarse unos rompecabezas, estaba parado el tipo de la cachucha de los Yankees. Como él estaba caminando alrededor de la tienda, avancé en dirección contraria para encontrármelo de frente. Aunque se sorprendió cuando nos volvimos a topar en el sección de arte, me pidió mi tarjeta para comisionar. Se la di pero lo seguí hasta que llegó al área de cajas y pagó el libro de Stephen King. 

Cuando regresé al área de Niños, sin que yo le dijera algo, el cliente de los libros de Hemingway y Hesse me comentó que estaba esperando que le pusieran plástico al libro que traía. 

—Ya, —dije y asentí con la cabeza, luego solté-: ¿y qué título es el que va a comprar?

—Hijole…ahorita te digo cuál es —frunció el ceño y unas arrugas se asomaron en su frente—, es que con tantos que compro ya no sé ni cual llevo, ya ves que siempre compro uno para regalar —dijo. 

Cada que iba, el señor compraba ediciones económicas de libros clásicos, regularmente era El arte de la guerra, de Maquiavelo, en una presentación que vale menos de 40 pesos; siempre nos pedía a los vendedores que le pusieramos plástico al libro que compraba. 

Después de responderme, el señor dirigió su vista hacia donde estaba la computadora. Intuí que antes había preguntando el precio del libro y que los datos aún estaban en la pantalla. Aunque él avanzó un par de pasos, antes de que se acercara caminé hacia la computadora y cerré la ventana que mostraba la información de ese título. 

Luego de que le entregaron el libro, el señor estuvo caminando por diversas partes de la librería acompañado de su nieto hasta que llegó al área de cajas. Aproveché ese tiempo para buscar a los clientes a quienes les había mostrado algunos libros. Entonces observé que la clienta a la que le había recomendado Yo antes de ti acababa de pagar; lamenté no haberle entregado mi tarjeta para comisionar. Después busqué a quienes les había mostrado el libro sobre los siete barrios de San Luis y el de Goleman pero no los encontré. Me dirigí al lugar donde deberían estar acomodados pero solamente estaba en su lugar el de San Luis; faltaba un ejemplar de La inteligencia emocional, había tres pero el sistema marcaba cuatro.

Como ese día había descansado el guardia de seguridad de la librería, yo le había dicho lo que había observado al jefe de piso. Después de que pagó el libro de Nietzsche, mi compañero detuvo al cliente a la altura del mueble en el que se exhiben las novedades. Con el dedo índice de su mano derecha, mi compañero se acomodó sus lentes, arqueó las cejas, se acercó hasta tener al señor de frente y luego le preguntó:

—¿Solamente lleva ese libro?

—¿A qué te refieres? —respondió el cliente mostrando una actitud defensiva—: aquí está el ticket.

—Le voy a pedir que se levante el chaleco —le ordenó mi compañero. 

—No traigo nada —advirtió al tiempo que se levantaba la parte inferior del chaleco hasta la altura del ombligo. 

Como no llevaba nada escondido, el jefe de piso le pidió que le mostrara qué traía en las bolsas del pantalón; fue cuando sucedió lo inevitable. Al sentirse acorralado, el señor sacó de la bolsa derecha de su pantalón El lobo estepario, de Herman Hesse. Yo contemplaba la escena desde el pasillo de literatura universal, distinguí la silueta del rostro y la dentadura de un lobo en la portada; volteé a ver al nieto del señor y sentí un vació en el estómago. 

—¿Y ese libro? —le increpó mi compañero y se lo arrebató. 

—Es mío, ese ya lo traía —respondió el señor, titubeante.

—¿Y por qué no lo dejó en cajas cuando llegó? —le preguntó mi compañero. Normalmente, ese cliente siempre que traía un libro suyo lo dejaba en el área de cajas antes de pasar a consultar libros.

El jefe de piso verificó la existencia de ese título en el sistema. Después se dirigió hacia el mueble donde están los libros de Hesse y comprobó que faltaba El lobo estepario. Entonces regresó con el cliente y le pidió una identificación. Intimidado por lo que había ocurrido, el señor del chaleco no tuvo opción y le mostró su INE. 

Aunque el asistente administrativo me había dicho que vigilara a ese cliente porque la conducta que asumía en la tienda se le hacía sospechosa, lamenté no haberle tomado importancia al comportamiento que el señor tenía cuando iba a la librería. Además de que siempre llevaba puesto ese chaleco y de que compraba el mismo libro, en una ocasión que platicó conmigo me preguntó si era común que robaran libros en la tienda. Dijo que él había trabajado como jefe de seguridad en diversos negocios y que, a su juicio, las cámaras de seguridad de la librería estaban mal ubicadas porque había muchos puntos ciegos, zonas donde las cámaras no alcanzan a grabar. Ese señor tenía más de tres meses visitando la librería. Durante ese tiempo nos dimos cuenta de que faltaban más de 30 libros de filosofía y política de la editorial Alianza de autores como Nietzsche, Kant, Kierkegaard, Ortega y Gasset, y Schopenhauer, entre otros. 

Al poco rato el jefe de piso le devolvió al cliente el libro de Hesse y la identificación; el gerente había dicho que lo dejara ir con el libro que se robó para luego determinar si se procedía en su contra legalmente. Con la vista hacia abajo y los hombros caídos, el señor del chaleco salió de la librería sujetando a su nieto de la mano.

Pensé que después de haberlo descubierto ese cliente dejaría de ir a la librería, sin embargo, al día siguiente, cuando recién acababamos de abrir y yo estaba relatándoles lo ocurrido al asistente administrativo y al gerente, observamos que, con actitud retadora, el señor estaba parado afuera del Hotel Panorama, justo en la acera opuesta de la librería. 

Por primera vez desde que lo conocía no llevaba puesto el maldito chaleco que siempre usaba pero sí traía un ostentoso reloj dorado en su mano derecha. Eran las diez de la mañana y la luz de los rayos del sol que bañaban los arcos del Edificio Ipiña permitía distinguir algunas motas de polvo que flotaban en el ambiente. Lo primero que pensé cuando vi al señor fue que, al igual que alguien que comete un crimen y regresa a la escena donde ocurrió, el señor había regresado a la librería para revivir lo que había hecho un día antes. 

El gerente salió y, sin voltear a su derecha para observar si pasaban carros, cruzó la avenida. Después de una breve pero acalorada e intensa discusión, el gerente le advirtió al cliente que no volviera a ir a la librería y regresó a la tienda.  El señor del chaleco estaba sonriendo. Entonces cruzó la avenida y por un breve instante se quedó afuera de la librería, parecía que iba a entrar pero después caminó rumbo a la plaza de Los Fundadores.

Cuando revisamos los videos descubrimos que en el momento en que llevaba el libro de Hesse en las manos, el señor del chaleco estaba ubicado en un zona donde la cámara de vigilancia no alcanza a grabar. Sin embargo, una de las cámaras frontales de la librería grabó el instante en el que sacó dos libros del mueble, el de Hemingway y el de Hesse, y luego cuando solamente regresó uno de ellos, el de El viejo y el mar

Mientras revisaba el video yo también reviví lo que había ocurrido; observé mi rostro de incredulidad cuando me di cuenta de que el señor solamente había regresado uno de los dos libros, era como si me preguntara a mí mismo si realmente aquel cliente era capaz de hacer eso enfrente de mí; observé la parte en la que el señor le dice al tipo de la gorra de béisbol que pregunte el precio del libro de Stephen King y volví a experimentar la paranoia que había sentido, cerré los ojos y me vi siguiendo a aquel tipo alrededor de la tienda mientras otros clientes me preguntaban por libros y creía que todos eran cómplices; observé la parte en la que el señor está esperando que le pongan plástico al libro de Nietzsche y congelé la imagen en el momento en que no sabe decir qué libro va a comprar, ver una vez más la expresión de su rostro en ese momento fue un triunfo para mí, era como si las imágenes me dijeran que no me había equivocado, que era cierto que el señor, ese que siempre usaba el mismo chaleco, ese que siempre compraba el mismo libro de Maquiavelo, ese que me pedía mi tarjeta para comisionar un libro que vale menos de 40 pesos, ese que siempre caminaba en los pasillos de la librería como si fueran una extensión de su casa, era un fardero, alguien que roba libros como si fueran desodorantes. 

Al poco rato regresé al piso de venta y recordé que no había encontrado el libro de Goleman. Con más calma y sin la paranoia que había tenido un día antes cuando varios clientes me preguntaron por distintos títulos, caminé a la sección de desarrollo, entonces descubrí que la cantidad de ejemplares de La inteligencia emocional que indicaba el sistema sí coincidía con los que había en el mueble.

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