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CRÓNICA

El diablo detrás de las palabras

Torresdediós

En septiembre de 1981 en el Excélsior salió una entrevista
que le hicieron a Alí Chumacero para que aportara infor-
mación del ganador del Premio Nacional de Poesía Colima
en su calidad de presidente del jurado. Yo recién cumplía 22 años.
Ya no recuerdo qué dijo, pero yo leía emocionado porque en mi
edad adolescente y con inusual frecuencia leía a tres autores consentidos: Chumacero, Bonifaz y Sabines. Aún conservo en no sé
dónde ese recorte.

Cuando por segunda vez en mi vida subí a un avión, iba rumbo
a Colima para recibir la plata y ensayaba fórmulas para saludarlo
cuando lo viera: «Señor Chumacero, qué gran honor conocerlo; Dis-
tinguido maestro Alí, etcétera». De la mucha gente que vi en esa
jornada recuerdo solo a una dama cincuentona de pelo color zanahoria que era la Presidenta de la Sociedad de Poetas Colimenses y
que llegó al foro encabezando una protesta porque el jurado había
dado el premio a un muchacho ranchero de la sierra de Chihuahua
habiendo tanto poeta experto en Colima.
Hacia 1989 en Zacatecas ocurrió el Centenario del Nacimiento
de Ramón López Velarde con un gran encuentro de poetas que incluía a Maples Arce, Liszt Arzubide, JEP y Chumacero. Yo llegué ya
de noche y me dirigí al bar del hotel Aristos, donde pronto empecé
a discutir con el tabasqueño Teodosio García Ruiz porque se negaba a pagar sus tragos. Aventé con enojo unos billetes a la mesa y
tomé por un largo pasillo a mi cuarto. Serían las 11 o 12. De pronto,
de entre las muchas puertas salió un hombre blanco y muy alto,
traje negro, corbata negra, poblada cabellera blanca. No soy católico, pero me dije: «Dios mío, es Alí Chumacero».

«Muchacho, ya que andas por aquí, hazme el favor de decirles a las personas que están en mi habitación que se vayan, que
me quiero dormir», me dijo. Yo le respondí que no era empleado
del hotel, que usara el teléfono de su cuarto y pidiera ayuda. «No
me digas que eres poeta», reviró. Con pena le dije que sí. «Dime
nada más quiénes son». Accedí y entré. Un hombre casi rubio y
un amigo mío ─cuyo nombre no diré porque también es Testigo
de Madigan y no le va a gustar cómo termina esta nota─ conver-
saban fumando en la habitación. Les di las buenas noches y les
dije que el maestro Chumacero quería que lo dejaran dormir.
Jaime A. Shelley, el rubio, contestó algo así como «que se espere» . Le recordé a Alí quienes eran y que no se irían. Me pidió en-
tonces que sacara de su cuarto las dos botellas de vino y los dos
vasos que estaban sobre el tocador. Lo hice. Unos metros delante de su puerta estaba una pequeña salita. Ahí, como pude, abrí
la primera botella y serví. Nos sentamos. «Cómo te llamas», me
dijo. Le contesté. Tu nombre me suena. Entonces le recordé que
me había otorgado el Premio Nacional de Poesía Colima y que
con ese dinero había comprado mi primera troca. «Me acuerdo
muy bien», dijo, «la noche que deliberamos en Colima yo les
hice saber a los otros cuatro del jurado que se trataba de un
poeta norteño, y Montemayor dijo que los conocía a todos, que
no podía ser. Me lo chingué. Nos tuvimos que tomar unos wiskis
por ti».

Se abrió un silencio y quise romperlo. «Disculpe, Alí, por qué
no quiso usted beber el vino con sus visitas de la habitación», le
pregunté. Y entonces me dijo: «Empezaron a platicar entre ellos
sobre la conveniencia de no tener ahorros, sino hacer inversiones en plata. ¡Son unos pendejos!».

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