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Cuento

BRUXISMO

Roberto Carlos Gamez

Desperté a las 3 a. m. Volví a soñar que era un niño y acompañaba a mi madre a comprar tela para hacer unas cortinas. En algún momento me perdía entre los rollos de tela de la Parisina y por más que corría y gritaba, no lograba ver a mi madre. Ella no parecía notar mi ausencia, pues no me buscaba; era algo confuso, parecía como si todos los dependientes y las señoras se hubieran esfumado. De niño me gustaba mucho acompañar a mi madre y el olor de la tela nueva. En mi sueño, esta sensación se entrelazaba con la angustia de estar perdido.

Me despertó el rechinido de mis dientes y el sabor a hueso quemado. No pude volver a dormir. Al cuarto para las cinco escuché la licuadora del vecino apresurando el batido de proteínas. Tomé una ducha para no dormirme, cerré con cuidado el gas para evitar una fuga que pudiera matar al perro. Tomé el autobús rumbo al trabajo, me senté junto al pasillo para no recibir el impacto en caso de un choque. Al terminar la jornada tomé la misma ruta de regreso, pero antes me guardé la credencial de acceso a la oficina en el bolsillo; se habían registrado muchos asaltos en la zona y si me llegaban a navajear para llevarse mi cartera, habría sido difícil identificarme. No quería terminar en la fosa común como probablemente termina la gente que no lleva identificación. No me asaltaron, así que llegué a casa y le di de comer al perro, después llamé a mi madre para contarle mi sueño, pero no me dejó terminar, su lavadora hacía ruidos extraños; le sugerí dejar de usarla e ir a la lavandería hasta que fueran a repararla.

Jugué en el Xbox un rato, me quedé dormido a media partida. En la pantalla morí acribillado por un adolescente; mi sangre se evaporó en el suelo mientras yo dormía en el sofá. Antes de irme a la cama revisé que las perillas de la estufa estuvieran bien cerradas, lo mismo el calentador de agua. Cerré la puerta del departamento, pero después quité el seguro. A veces pienso que, si hay alguna emergencia, no podrían entrar los rescatistas.

Me da pánico pensar que, tras mi muerte, quizá algún perito, camillero o pariente curioso se ponga a husmear en mi departamento y descubra el botín en mi cajón de los calzones.

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