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Cuento

Combustión espontánea

Por ADRIANA RODRÍGUEZ MORÁN

Odio las fiestas de disfraces. Después de mucho insistir, Jael me convenció de venir a este lugar en las afueras de la ciudad para celebrar Halloween, y aunque prometió no hacerlo, desapareció a los quince minutos entre Chuckies, muñecas sexys y fantasmas mal elaborados.

Después de dos horas de beber cerveza caliente en un rincón lejos del bullicio, me dispongo a irme sin Jael. El frío empieza a calarme en la cabeza rapada, a pesar de traer un gorro de mago que improvisé de último momento.

Ya en la calle veo a una mujer recargada en mi auto. No la encuentro diferente de otras que estaban en la fiesta, tiene estatura baja, es algo gorda, pero de movimientos sensuales. Sus pechos casi se salen de su vestido negro; ya de cerca noto que se ve más grande que las universitarias de la fiesta, quizá treinta, quizá cuarenta años, pienso.

Me sonríe y con una voz grave me pregunta si puede irse conmigo. Acepto porque pienso que el lugar está lejos de la ciudad y quizá no tiene quien más la lleve, además, supongo que se aburrirá tanto con mi silencio que no será problema deshacerme de ella.

El carro avanza apenas unos cien metros cuando escucho que truena algo bajo las llantas. Seguramente atropellé a algún animal que la oscuridad escondió a mis ojos. Le pido a la chica que me espere para revisar la llanta, pero en cuanto pongo un pie abajo del carro la veo de frente a mí como si hubiera volado, me empuja hacia el asiento acariciándome la cara con ternura. La sensación de su cuerpo junto al mío sube mi temperatura, pienso si será el alcohol el que contribuye a esta calentura de en medio de mis piernas.

Abro su boca con mi lengua. Ella cede cuando empujo y siento la suavidad de sus labios contrastando con unos dientes fieros que buscan, torpe y salvajemente, morderme, hasta que lo logran, la sangre se mezcla con la saliva, acaricio sus senos con las yemas de mis dedos casi sin tocarlos, y mi lengua se electrifica como un gusano quemador que se bate a duelo con otro; todos mis sentidos hacen fiesta, bailan una melodía que explota en mis oídos y se transforma en éxtasis. Veo mis pies como si estuvieran a varios metros de mi cabeza, flotan entre el asiento y la puerta del auto, que sigue abierta. Siento una inmensa sensación de no ser yo y ahora ser todo el mundo, todos los seres vivos en mí disfrutando de este cuerpo.

Meto la mano bajo su vestido y busco su clítoris, lo toco con cuidado, como se acaricia una flor delicada para no romper sus pétalos, muy lento, pero con un gemido ella me pide que frote rápido, más rápido:

— ¡Mucho más rápido! —me grita.

Intento cumplir lo que pide, me duelen los dedos, luego pierdo el control de mi mano derecha, y mis dedos entumecidos son aspirados hacia adentro de su vagina. Ya no disfruto. Sigo frotando por dentro, mientras emerge de ella un sonido que pudiera interpretar como grito de placer, pero que se asemeja más al rebuznar de un burro. Mi mano ya está completamente adentro y acaricio su interior.

Ahí todo se resbala y es asqueroso, pero ya no soy dueño de esa extremidad que al parecer fue devorada, quiero zafarme antes de que mi brazo siga avanzando (al parecer) a voluntad propia.

Me jaloneo y aúllo de espanto al sentir una fuerza mayor que la de un animal grande que me aprisiona, veo como la carne y el hueso de mi brazo se desprenden casi por completo hasta quedar en un muñón deforme. El arrancamiento me deja un dolor electrificado y percibo una pestilencia parecida al almizcle.

A pesar del ardor que me provoca la sangre que escurre de lo que resta del brazo, me obligo a correr entre la tierra, me aferro a la luz de los faros del coche para no perderme en la oscuridad, pero antes de avanzar lo suficiente, un calor ardiente en la espalda me obliga a voltear. Es la mujer en llamas que se va elevando al cielo hasta convertirse en una bola de fuego. Entonces, una carcajada estridente se convierte en un quejido y la esfera se desploma en el suelo para regresar a ser el cuerpo de la mujer a la que hace minutos acariciaba. Veo su carne rosada convertirse en cenizas en un solo instante.

Regreso a mi auto e intento manejar con una sola mano, acelero lo más que puedo mientras rezo para que, sea lo que sea que acaba de pasar, no me persiga, no miro atrás, el cansancio parece vencerme, pero, debo seguir unos minutos más para ver si alguien me puede auxiliar.

Sigo manejando, veo luces, respiro profundo, seguro en este lugar podrán ayudarme a parar la hemorragia, pero entonces veo el lugar, abro bien los ojos, no, no, estoy alucinando: de nueva cuenta estoy en la fiesta y veo a Jael que se va por más cerveza, mientras que una mujer de estatura baja, vestido negro y pechos prominentes se dirige lentamente a mi automóvil.

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