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Cuento

Un osito de peluche de Taiwan

GITO MINORE

“Una cáscara de nuez en el mar,

suavecito como la alfombra de piel”

Jorge Serrano

Estas cosas se presienten. Por alguna extraña razón, ese sábado volvió más temprano a su casa y en el medio de la habitación lo encontró.

Desparramados brazos y piernas. Un charco de sangre oficiaba de lúgubre almohada. El arma reglamentaria a un costado del cuerpo. Aún olía a pólvora el recinto.

Nunca debió enseñársela a usar. La idea era que le sirviera para protegerse. Para defender a la patria, a su familia. Pero el muy inútil la usó contra sí mismo. Jadeaba al pensar. Le temblaban las manos, la ceja, el bigote. Le latía la sien.

Urgía hacer algo pronto. Antes de que llegara su mujer, la policía y el resto. Tomó aire. Estuvo a punto de abalanzarse sobre él, pero se contuvo. No debía tocarlo y eso lo tenía bien claro. Además de hombre era militar. Y todo buen militar es un estratega. Intuía a quién le iban a echar la culpa. Venía llamando la atención hacía un tiempo. El muy desobediente no paraba de enfrentarlo. Pero esta vez no se solucionaba con un baño de agua fría o una buena paliza.

No. Esta vez se había desmadrado el asunto. Y ahora se tenía que encargar sin dilaciones.

Por suerte no era el primero y ya había cierto procedimiento. Sabía a quién debía llamar. No le iba a fallar.

Caminó dos pasos y llegó a la habitación contigua. Levantó el teléfono y marcó inmediatamente. Como todos los sábados, su mujer estaba en la peluquería y no volvería por lo menos en dos horas. Pensó: “Todavía hay tiempo”.

Del otro lado, la voz de Ramírez contestó:

—Diga… diga.

Bufó una sólida bocanada de aliento y solo pronunció:

—Te necesito Ramírez, urgente… me pasó lo que a Rigatti.

—No toqués nada, ya voy para allá.

Colgó y volvió al cuarto ciertamente aliviado. Ramírez era un buen tipo. Se conocían de muchachos, de la buena época de la Escuela de la Armada. Participaron juntos en un par de operativos durante el proceso.

Un hombre de fierro. Con mucha cancha y buen amigo. Él iba a saber cómo actuar.

No tardaría mucho en llegar. No debería haber más de diez minutos entre Tapiales y Evita, un sábado a la tarde en auto.

Respiró profundamente, mirándolo tumbado en el suelo. Los ojos desorbitados, la lengua a medio salir. “Cuando se nace barrigón”, pensó.

De nada sirvió mandarlo al mejor colegio, a la iglesia, a inglés, anotarlo en River Plate para que juegue desde chico. No tenía pasta. Para nada. Y encima todavía, la culpa podría ser suya.

Ramírez no tardaría en llegar.

Comenzó a recorrer el cuarto buscando algo que lo pudiera incriminar. Una carta, un diario íntimo, un dibujo. Nada. Solo le llamó atención un detalle en la ventana. Tres ositos de peluche pegados con una sopapita en el vidrio estaban dados vuelta, mirando para afuera de la habitación. Como si le dieran la espalda a la escena. Pensó que a los forenses también podría parecerles raro. Un militar siempre es un estratega. Con precisión relojera, apenas con la punta de los dedos, invirtió los muñequitos. Una gota de sudor surcó el costado de su rostro impasible. Sabía que no había que tocar nada. Ya le había sucedido a Rigatti y a un par más. Últimamente, se les daba por hacerse mierda a los pendejos. Buenos para nada.

Se quedó inmóvil observando el cuadro. La sangre ya estaba seca en el suelo. El cuerpo yacía y a su lado el arma. Su arma. Se le hizo un nudo en la garganta. ¿En qué había fallado? Sintió una furia irrefrenable. Sintió ganas de abalanzarse y molerlo a patadas. De agarrarle la cabeza y meterlo en la pileta bajo el agua helada hasta que se tranquilizara, y se dejara de joder. De preguntarle “¿por qué carajos?” y de cruzarle el cinto en la espalda. Pero también tuvo deseos de abrazarlo, de besarlo, de levantarlo como cuando era bebé. Después de todo era su hijo.

Sin embargo no hizo nada. No convenía tocar el cuerpo de ninguna manera. Él lo sabía bien. Por eso, se quedó inmóvil observando obediente, esperando a que viniera su colega con el instrumental necesario a darle una mano. Había que despejar la escena, hacerle un par de mínimos arreglos, si no, la culpa le caía toda encima.

Entonces sonó el timbre y llegó Ramírez.

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