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Ensayo

El infinito en un junco

Montserrat Morales

El 1 de octubre de 2019 la vida corría como de costumbre. La gente iba a trabajar, salía con sus amigos. Los niños iban a la escuela y era normal ver las sonrisas y demás gestos de las personas andando por la calle. No eran tiempos de pandemia. Entre todos los sucesos mundanos y los extraordinarios que pudieron acontecer ese día, uno muy significativo ocurrió y yo me enteré casi un años después. Alguien nos hizo un regalo maravilloso a todos (especialmente a los amantes de la literatura): la escritora zaragozana Irene Vallejo publicó aquel día El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo.
Irene Vallejo Moreu, una investigadora que se convirtió en escritora, nos comparte, a través de este texto de divulgación, su prosa llena de poesía, la cual no se limita a sus textos (narrativa, opinión, ensayos), pues cada vez que tiene la oportunidad de hablar en público, el oyente se percata de que sus palabras son siempre cálidas, así cuenten historias tristes o alegres. Irene está constantemente dando la bienvenida a todo aquél que quiera compartir lo que le brilla en la mirada: su pasión por la literatura.
Este ensayo acogido por la editorial española Siruela no es un libro como otros, es un auténtico viaje a través de la historia de la humanidad, que podemos contar gracias al invento que nos ha permitido dejar constancia de nuestra existencia: la escritura. Algo que nos parece instintivo como tomar un lápiz o pluma y hacer algunos trazos sobre un soporte (libreta, servilleta, una pared) fue hace miles de años el inicio de una revolución que no ha parado.
La travesía comienza con un par de hermanos que todos conocemos: Rómulo y Remo, los fundadores de la que tiempo después sería la capital de uno de los imperios más poderosos en la historia de la humanidad. Página tras página y de la mano de personajes como Alejandro Magno (con su colosal Biblioteca), su tutor Aristóteles, Sócrates, Nerón, vamos conociendo datos increíbles que nos dibujan la construcción de las primeras bibliotecas, las costumbres que normaban en ellas, el cuidado con que se empezaron a comprender los que fueron los antepasados de nuestros libros: rollos (que no eran de papel) que se enrollaban y desenrollaban conforme contaban una historia o exponían un discurso.
Cuando los griegos comprendieron que escribir les aportaba algo (poder, información, conocimiento) dirigieron parte de sus recursos a esa nueva tarea que daba inicio a una época en la historia del hombre. Como los grandes conquistadores que fueron, los romanos no quisieron quedarse atrás. Así que imitaron el ejercicio de la producción literaria de los griegos y trataron de ir, cómo no, más allá. Así, con esa idea maravillosa pasando de cultura en cultura, los libros se expandieron hasta llegar a casi todos los rincones del mundo.
Cada capítulo que conforma el libro es una nueva aventura, una vuelta al pasado, a veces muy remoto, y a veces al más reciente, de la mano de la mismísima Vallejo, que comparte sus vivencias durante la construcción de este monumental ensayo (no por el tamaño del libro, sino por el tesoro que representa). Mantiene una cronología histórica lógica, sin embargo, permite uno que otro salto al presente para contrastar las realidades que han rodeado a la invención de los libros, como que antes en las bibliotecas se leyera en voz alta, y lo rompedor que fue cuando a alguien se le ocurrió hacer una lectura solo en su cabeza (¿cómo era posible que el lector se quedara para sí mismo lo que estaba plasmado con tinta en un papel?), una práctica más que común en nuestros días.
El estudio pasa del Mundo Antiguo a la Edad Media, una época en que los libros eran considerados tan valiosos que se les encadenaba para evitar su robo. En el capítulo “Una historia de fuego y pasadizos” cita la advertencia ante el castigo que debería pesar sobre aquél que no devolviera un libro a la biblioteca: “… que se le mude en sierpe en la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca…”.
Vallejo nos lleva también a encontrar el sentido que buscaba Víktor Frankl entre los prisioneros de los campos de concentración, que sin tener más a qué asirse, se leyeron mutuamente para salvar la vida, lo que lamentablemente no lograron los miles de libros que ardieron a 451 grados Fahrenheit durante el nazismo, porque eran peligrosos. Sí, los libros son peligrosos, porque contienen verdades, fantasías, la perdición y salvación de quien los lee.
Quizá los lectores actuales no imaginemos siquiera las aventuras detrás de las primeras publicaciones, verdaderas odiseas para que un texto manuscrito viajara de un lugar de Grecia a otro, y fuera un bien tan valorado que los ladrones iban tras de ellos. Algo que hoy en día no podría ocurrir. ¿A cuántos de nosotros nos asaltarían para quitarnos el ejemplar que llevásemos bajo el brazo?
El infinito en un junco es un libro de historias y de personas, porque detrás de la creación hay carne y hueso. La autora misma revela con ternura la salvación que significaron para ella las historias que le contaban por las noches, en las cuales se perdía y se refugiaba de esos compañeritos de primaria que constantemente callaban su voz, la misma que ahora insiste en que debe haber otras formas de acerca a los jóvenes a la literatura, sobre todo a los clásicos, y no pensar en fechas y títulos, sino en leyendas, héroes e historias.
Con diecinueve ediciones, derechos de venta en más de 30 países, el Premio Nacional de Ensayo 2020 y el Premio El Ojo Crítico de Narrativa 2019, entre muchos otros premios; El infinito en un junco fue uno de los libros más leídos durante el confinamiento en España, fue el fiel acompañante de los momentos más íntimos, solitarios y duros de muchas personas, que con la ayuda de esta bella reflexión ─profundamente humana─ pudieron contar los días con un aliento de esperanza, vislumbrando a lo lejos la ocasión de volver a salir a la calle y vivir la historia que ahora a nosotros nos toca escribir.

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