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Literatura

Batracomiomaquia o La guerra de las ranas y los ratones

Homero

Adaptación de Jesús Navarrete Lezama, basada en la traducción en verso de Genaro Alenda y Mira1

Cierto día, a salvo ya del gato que lo estaba persiguiendo, un ratón se detuvo en un estanque para saciar su sed. Mientras sumergía la barba en el agua fresca y pura, una rana asomó el rostro en la superficie. El batracio se dirigió al ratón y le dijo:

¡Hola, amigo! ¿Quién eres? ¿De dónde has venido? Y tus padres, ¿quiénes son? ¿Dónde naciste? Dime la verdad, y si eres digno de ser mi amigo, te invitaré a mi palacio y te daré muchos regalos.

»Yo soy Hinchacarrillos, rey de este vasto imperio. Caudillo de todas estas ranas. Mi padre fue Fangoso, mi madre Reina de las Aguas. Nací a la orilla del Erídano. Pero tú también me asombras. Eres fuerte. Debes ser muy fiero en la pelea. Sin duda eres un rey.

¡Qué pregunta! –Dijo el ratón- ¿No sabes quién soy? ¡Pero si todo mundo me conoce! Hasta los pájaros. Soy Hurtamigas. Mi padre es Comenlastrojes, mi madre Lamemuelas. Nací en casa noble, bien provista. Recibo muchos regalos y vivo en la abundancia. Cuando era niño comía higos, nueces y muchas golosinas. ¿Será posible que seamos amigos cuando la naturaleza nos ha hecho tan distintos? Tú vives feliz en el agua, pero yo comparto casa y comida con los humanos. En mi mansión hay pan, queso, jamón, pasteles, dulces.

Me gusta la guerra. No temo a la pelea. Escucho el ruido de las armas y furioso voy con mis amigos a combatir en las primeras filas. No le tengo miedo ni al hombre: cuando está dormido le muerdo el dedo del pie y ni se da cuenta. No niego que el cepo me ha dado algún susto. El gavilán y el gato me infunden temor; sobre todo el gato, que si me ve entrar en mi guarida ya no quita la mirada de ahí. Pero más allá de estos males, por fortuna, no tengo que comer coles, ni rábanos. ¡En mi vida he probado las acelgas! Ni la calabaza, ni el apio, que es la comida desabrida que hay en tu laguna.

-¡Qué engreído! –dijo sonriendo Hinchacarrillos. A las ranas nos sirve cualquier manjar de la naturaleza en el agua y la tierra. ¿Quieres verlo por ti mismo? Sube a mi espalda y ven a mi estancia real. Pero agárrate bien a mi cuerpo para que no pongas en riesgo tu vida.

El ratón saltó agilmente, y se agarró al tierno cuello de la rana para sentirse más seguro. Y qué alegre iba Hurtamigas, disfrutando el suave nadar de Hinchacarrillos; admirando las márgenes de la laguna, los puertos vecinos; mas de repente sintió que resbalaba, se mojaba y se hundía, pues la rana empezaba a ceder a su peso. Y de pronto, una gran culebra surgió de las aguas. Hurtamigas se estremeció, Hinchacarrillos, asustado, escapó en una zambullida casi invisible -de tan rápida- que lo llevó hasta lo más hondo para salvarse a sí mismo, sin pensar siquiera que el Rey Hurtamigas, sin ayuda, moriría en las aguas.

Cuando la rana se hundió, el ratón cayó de espaldas. Rechinó los dientes y crispó las manos en su lucha con aquel piélago insondable. Ciego, se revolvió contra la corriente, trató de subirse a una flor de agua, pero resbalaba y volvía al fondo de nuevo. El peso de su piel empapada lo hundía. Entonces reconoció que no había ya remedio para su mal y en su agonía, pronunció estas palabras:

-En vano tratarás de ocultar este crimen. Me despeñaste como una insensible roca. Sabías que en tierra no ibas a vencerme. Por eso me trajiste al lago. Para que muriera en sus aguas. Pero en ti está clavado el ojo vengador. Todo mi pueblo vendrá en armas y seré vengado-. Y dicho esto, quedó a merced de la corriente.

Como es de suponerse, aquellos hechos no pasaron desapercibidos. Oculto entre las hierbas de la orilla estaba Lameplatos, quien corrió para chillar la triste noticia a su pueblo. El llanto de los ratones inundó la noche. Movidos por la rabia vengadora, ordenaron que, apenas amaneciera, todos fueran al palacio de Comenlastrojes, padre del buen Hurtamigas. Y así lo hicieron. Al alba todos estaban ante el soberano, quien habló así:

-Aun cuando las ranas solo me han hecho un daño a mí, aquí están todos, malinteresados en mi infortunio. Tuve tres hijos, y a los tres he perdido. El primero dejó su vida en los dientes de un ruin gato; el segundo cayó en una de esas trampas que han diseñado los hombres; y el tercero, oh el tercero… era el encanto de su madre, mi consuelo y mi esperanza… Pues resulta que el rey de las ranas, con la promesa de llevarlo su Casa Real, lo precipitó en el lago. Vamos por nuestras armas para exterminarlas, en venganza.

Ante la arenga del rey todos los ratones corrieron a buscar sus armas. Se cubrieron la cabeza con cáscaras de nueces, en las piernas se pusieron las cortezas de las habas que habían cenado la noche anterior. Se ciñeron recios petos de piel de gato, forjaron escudos y empuñaron largas agujas como lanzas.

Cuando el rumor de la guerra llegó al estanque, las ranas, temerosas, salieron del agua. Se juntaron en la orilla. Se consultaban entre sí de dónde había surgido aquel alzamiento. Y mientras se hacían estas disquisiciones, apareció el audaz Hueleollas, quien profirió el desafío:

-Ranas. Vengo hasta aquí enviado por mi rey y por mi pueblo, a decirles que se preparen para la batalla, porque Hurtamigas ha sido visto flotando sin vida en estas aguas, y se dice que su rey, Hinchacarrillos, lo ahogó.

Lanzado el reto, Hueleollas desapareció, pero sus palabras dejaron estupefactas a las ranas. La soberbia se vino abajo, y empezaron a murmurar acusaciones contra Hinchacarrillos quien, astuto, calmó a la asamblea:

-Yo no maté a Robamigajas. El andaba por la orilla y quiso nadar como las ranas. Se arrojó al agua y se ahogó. Todo fue culpa de su atrevimiento. Y esos ratones mentirosos ahora me quieren culpar de su muerte. Si ellos vienen a retarnos, si nos amenazan con una guerra injusta y cruel, que paguen con la vida. ¡Que mueran los ratones! –gritó.

Y acto seguido dijo: -Este es mi plan: hay que armarnos y hay que buscar un lugar elevado. Ellos vendrán y querrán atacarnos. Entonces, los agarramos de la cabeza y saltamos enredados con ellos al estanque. Como no saben nadar, morirán ahogados. Luego construiremos un monumento que atestigüe su oprobio y nuestra gloria.

Dicho esto, las ranas se ciñeron las ancas con hojas de malva, y con acelgas bien dobladas hicieron corazas. Labraron escudos con hojas de col. Por lanzas llevaban juncos y por yelmos caracoles. Y así vestida, poco a poco, la caterva fue trepando hasta ocupar la parte superior de la ribera.

Conturbado el Olimpo por lo que pasaba en la tierra, Júpiter congregó a los Inmortales. Les pidió contemplar lo inmenso de la guerra, el número asombroso de guerreros, grandes, potentes, fieros. Tanto arnés, tantas lanzas fulminantes, el estruendo de armas y voces. (…) Y con una sonrisa, preguntó a los dioses:

-¿Quiénes auxiliarán a las ranas? ¿Quiénes están con los ratones?

Tornando los ojos, le preguntó a Minerva:

-¿Amparará tu escudo a los ratones? ¿Combatirás por ellos, hija mía? Viven en tus templos. Es justo que los defiendas. Allí los ves danzar. Sus manjares son tus ofrendas y el suave olor de tus altares.

A lo que Atenea respondió enojada:

-Nunca apoyaré a los ratones. Se beben el aceite de mis templos. Destrozan las lámparas. Y hasta un hermoso velo que yo había tejido, lo royeron. Pero tampoco apoyaré a las ranas, pues una noche que estaba muy cansada, me espantaron el sueño con sus gritos. No hay que ayudar ni unas, ni a otros –sugirió. Pero tampoco bajemos. Mejor desde aquí hay que observar el combate.

Y así, persuadidos por Minerva, los dioses se reunieron para contemplar la batalla. Dos heraldos tocaron sus trompetas a rebato y con su horrible tañido inició la guerra.

Lamehombres, quien iba a la vanguardia de los ratones, pronto cayó herido en el hígado por la lanza de Altavoces. Acabadas sus fuerzas, el roedor cayó de bruces, causando un gran estruendo con su armadura, y ya muerto su cabellera se revolvió con el polvo y la oscura sangre que bañaba la tierra.

Ansioso de venganza, el ratón Habitagujeros, corrió hacia Altavoces y le hirió. A Vivenelodo, le hundió la lanza en el pecho, y el alma de la rana huyo rauda de sus miembros. Entonces, furioso, Comeacelgas, clavó la viva punta de su lanza en el corazón de Hueleollas. Comepán, arremetió contra Graznafuerte quien, herido en el vientre, sintió el alma desprenderse de su cuerpo, pero viéndolo caer, Gozaelestanque, tomó un canto enorme, grande como una rueda de molino, y lo lanzó contra Habitagujeros que, con la cerviz hundida por el golpe, se derrumbó preso de mortal tiniebla.

Otro ratón llamado Lamehombres llegó a encontrarse con Gozaelstanque, y con certera mano le clavó su aguja en la región hepática. Al mirar los estragos de la guerra, Devoracoles, trató de huir hacia el agua, pero su negra suerte estaba echada: Lamehombres lo persiguió hasta el confín del lago y lo hirió en la espalda. El batracio quedó tendido sobre la oscura hierba para no levantarse más.

El color de la laguna mudaba. Pequeños riachuelos de color púrpura bajaban de la orilla, donde los cuerpos de los guerreros palpitaban envueltos en sus ijares e intestinos, tiñendo las aguas.

Habitalaguna, confiado en su junco, atacó a Tragaquesos, despojándolo de sus arneses y de su vida. Mientras tanto, Perforajamones, se arrojó a combatir con Juncalero quien, al ver al fiero ratón amagándolo con su acero, helado de miedo, tiró la rodela y se lanzó al agua.

Pero este acto de cobardía, no menguaba la batalla. Más allá otros héroes peleaban con ardor, defendiendo la alta fama del lago. Por ella, el diestro y fuerte Reposaenelcieno, dio muerte a Enamorado; por ella el valiente Gozalagua embistió a Comeperniles lanzándole

una gran piedra con tal tino que el regio combatiente dio en el suelo destilando los sesos por la nariz.

Lameplatos se lanzó contra Reposaenelcieno, que en vano quiso protegerse con su escudo, pues cayó traspasado por el hierro, cubiertos los ojos por la sombra de la muerte. Con ansia de venganza, Comealgas sorprendió a Hueleasado, tomándolo por un talón y arrastrándolo hasta dejarlo ahogado en la laguna. Pero apenas se asomaba entre las ondas cuando Robamigajas le arrojó su lanza y aunque trató de evitar el golpe, cayó a sus pies sin vida.

Viendo esto, Andaenelodo, rana diestra en la batalla, arrojó una pelota de barro a la frente de Robamigajas que, casi ciego pero ardiendo en cólera, levantó una gran piedra y la aventó sin piedad a las rodillas de la rana destrozándole la pierna derecha. En su auxilio vino Croafligido, que con saña, clavó su junco en el vientre de Robamigajas, quien cayó atravesado de parte a parte, con las entrañas expuestas.

Mientras Robamigajas entregaba el alma por los suyos, el cobarde Cometrigo, viendo su fin próximo, con el pecho lleno de angustia, huyó despavorido olvidando el deber y el honor.

De pronto, la fortuna se mostraba adversa con las ranas. Hinchacarrillos había sido herido en un pie por el rey contrario y no pudiendo resistir el dolor, saltó a la laguna. Comepuerros lo vio sumergirse y movido por el furor de la venganza llegó hasta los primeros escuadrones para lanzar una flecha envenenada al rey Comenlastrojes que, protegiéndose con su escudo, burló el bárbaro deseo del enemigo. La vira ponzoñosa quedó clavada en el broquel, temblando. Sin embargo, Orégano, que cual otro Marte, ya solo entre las ranas combatía, acometió al rey de los ratones y le rompió un casco de olla en el cráneo.

Viendo este insulto, toda la tropa enemiga se fue contra el divino Orégano, quien mirando su muerte inevitable, se deslizó buscando el patrio légamo. Al verlo Robamendrugos, príncipe afamado, joven, ágil y valiente, hijo de Codiciapán, ansioso de gloria dejó a sus compañeros y corrió hasta la orilla para afrontar a los temerosos enemigos diciendo que él solo se encargaría de poner fin a la raza de las ranas.

Y así lo hubiera hecho, de no ser porque Júpiter, piadoso, apeló de nuevo a los dioses: -Lleno de admiración, pero también consternado veo a Robamendrugos, que quiere dar fin él solo a la laguna entera. ¡Corra Marte, vuele Palas y aléjenlo del combate!

– Ni Minerva ni yo, rey de los dioses, con nuestras armas podremos evitar la perdición y estrago de las ranas. Tenemos que ir todos en su defensa –respondió Marte. Entonces, un trueno sonó en la bóveda celeste. Júpiter movió su arma y un estampido horrible hizo crujir el Olimpo. Pero ni así los ratones dejaron las armas, antes, con más ardor y porfía se arrojaron contra el vasto charco.

Viendo la total ruina de las vencidas ranas, Júpiter acudió en su auxilio con poderosas huestes. Surgieron de repente, cubiertos con fuertes espaldares a manera de yunques. Corrían de costado, con ocho piernas y uñas corvas. Las pieles escamadas, las bocas armadas con tijeras. Eran animales de hueso, corcovados, carecían de manos, pero tenían pies torcidos y dos cabezas. Lomos descomunales, extendidos. Miraban por el pecho, buscando el lugar del tumulto. Torcían los ferocísimos ojos y caminaban vertiendo trémulos resplandores de los hombros.

La fuerza auxiliar no era otra cosa sino un ejército de cangrejos que, tan pronto llegaron, se emplearon en herir y matar, cortando colas, pies y manos a los ratones, cuyas lanzas, al igual que sus miembros, saltaban por los aires en pedazos al chocar contra las duras cotas.

Sobrecogidos de terror, los ratones no pudieron sostener el desigual e insólito combate y huyeron en desbandada para refugiarse en la tierra. El sol se escondía en los mares cuando feneció la guerra, después de haber durado todo un día.

1 La odisea. Traducción directa del griego de Federico Baráibar y Zumárraga, seguido de La Batracomiomaquia traducción de Genaro Alenda y Mira. Editorial Sopena Argentina, Buenos Aires. 1ª Edición. 1951.

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