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Literatura

Charles Baudelaire: genio, mago y profeta

Alejandro García

Le tengo miedo al sueño, ese negro agujero

Que lleva a no sé dónde y un vago horror emana;

No veo más que infinito desde cualquier ventana

Charles Baudelaire

El empleo que hace Baudelaire de la voz Spleen es el que más se aproxima al concepto: Spleen expresa la combinación, la simultaneidad de un exasperado, vago esperar —pero ¿esperar qué?— y de un grisáceo desfallecimiento.

George Steiner

Desde la poesía romántica, el escritor desvela una realidad no accesible a los otros hombres, y lo hace a través del lenguaje, del verso construido. Al reelaborar el lenguaje en una estructura diferente a la de la comunicación ordinaria, también hace extraño el mensaje a la gente común, pues entendemos que la alfabetización es una larga lucha de la humanidad y no es suficiente para decodificar determinados mensajes.

De momento, detengámonos en esa capacidad del poeta para traernos lo invisible, lo oscuro, lo caótico. Se construye así una trayectoria única para el forjador de la palabra que va del genio al mago y del mago al profeta. Se ha dicho que Hölderlin y Novalis son los genios, que Baudelaire es el mago y Rimbaud es el profeta.

En gran medida, las dos últimas categorías implican más al lector. En el genio, el hombre accede a las otras realidades, pero lo hace gracias a su lenguaje y a su capacidad de construcción. El individuo que se desprende de la corporación y de la concepción del tiempo cíclico, tendrá que padecer su soledad.

Novalis llora la muerte de Sofía, y su desgracia lo fortalece para intentar el desciframiento del universo. Su genio está en el arrojo de vivir esa soledad, de vivir la diferencia, y de purgar la condena y gozar la fortuna de ver lo que otros no ven y tener la capacidad de nombrarlo. Es el mito del nuevo Prometeo que trae a los hombres capaces de manejarlo, el fuego, ahora de la aventura humana.

De esa manera también trasciende la ordinariez del tiempo humano y asciende al tiempo del mito y de la eternidad, sustituye a lo divino. No es, pues, el genio de lugar común que surge de la nada y lo que toca lo convierte en poesía; recoge todo un patrimonio cultural, universal, literario, se separa de lo dicho y lo renueva, pero es un largo camino de indecisión y construcción. El hombre modela el lenguaje, pero el lenguaje modela al hombre.

Decía que el mago pertenece más a la percepción del lector, al efecto. Por un lado, artificio, conjunto de versos que pueden romper con las reglas clásicas o preceptivas, pero que construyen un ritmo, un color, una atmósfera, un tono, y nos llega con un lenguaje que está en lo ordinario, pero que aquí se ha trasmutado. Es innegable que el poema produce algo distinto, una realidad en sí.

No solo accede a otra realidad que desvela los misterios de los pliegues humanos, sino que genera una realidad lingüística y algo más. Es la magia de la palabra que levanta pueblos, normaliza personajes, agita la razón y el sentimiento, vulnera al cuerpo, trae verdades a medias, forja nuevos mitos, pica a la moral. De la nada se ha levantado la realidad y se esfuma y está presente.

Tomo casi al azar una estrofa de Baudelaire: “¡Míralos, alma, son en verdad espantosos! / Vagamente ridículos, maniquíes noctámbulos; / terribles, singulares, igual a los noctámbulos, / fijan quién sabe en dónde sus ojos tenebrosos”. (XCII. “Los ciegos”). Se refiere a los ciegos y los trata sin contemplación, sin simpatía. Llama al lector a reconocer en ellos el lado perverso del hombre, el que dice cieguito, y con el diminutivo mata y dice todo.

La imagen es escura, desoladora, contraejemplar, distante de la tolerancia de las “capacidades diferentes”, de la vida del buen vecino. Continúa el soneto: “Sus ojos, de que huyó la centella divina, / como si algo miraran en lo lejano, al cielo / se alzan siempre; jamás su cabeza se inclina / para buscar, cargada de visiones el suelo”. El arranque se atempera, exiliados de la cualidad divinamente otorgada ven hacia arriba, se alejan del suelo y de su cargazón de visiones.

Matizado el planteamiento de la ceguera y puestos el cielo frente al suelo, el poeta sigue hilando en la construcción: “Él atraviesa así la negra inmensidad, / hermano del silencio infinito, ¡Oh, ciudad!, / mientras en torno cantas, ríes sin un anhelo /” (y encabalga el último terceto) “generoso, aturdida, de placer embriagada, ¡mira!, también me arrastro, el alma desolada, / y me digo: ‘¿Qué buscan los ciegos en cielo?’”. Aparece la ciudad. Pero el ciego se desplaza por una negra inmensidad que no es precisamente su ceguera, o que obviamente lo es, pero que también existe afuera, con independencia de su incapacidad física. Es entonces la ciudad la que ve, y es urgida por el poeta: “¡mira!”. En ciudad de ciegos, de ruidosos, de aturdidos; el ciego de los ojos es rey, pero hay otras cegueras que se ocultan: contrasta la soledad, la diferencia del ciego con la aparente diferencia del alma desolada que en verdad es general y dominante.

El poeta ha hecho el gesto final donde la magia nos ha convertido en palomas temblorosas frente al desvelamiento de una realidad que acaso ignoramos o dejamos pasar para nuestra dulce tranquilidad. El poeta se ha convertido en el aguafiestas, en el crítico; pero, ante todo, en el que señala una realidad controvertida y ajena a los informes políticos.

Rimbaud es el profeta. Su mejor expresión es “cambiar la vida”. Está más allá del cambiar la sociedad de Marx, de cambiar el sistema. Es una urgencia: no importa sobre qué, lo importante es regresar a la vida plena, cambiar esa vida que Baudelaire y Rimbaud mismo ven en el silencio o en la gritería, en los dobles fondos y en las dobles morales. Rimbaud se adelanta con mucho no tanto a Marx, sino a los marxismos del siglo XX, a sus formas totalitarias de Siberia, de Camboya, del pensamiento oposicionista en América Latina; pero también se adelanta a la promesa del capitalismo, al sacrificio que siempre deja para después la felicidad o la satisfacción de las necesidades. La única exigencia de Rimbaud es profética: cambiar la vida para que ésta sea plenamente posible. Rimbaud es el genio, mago y el profeta, pero gracias a él va a ser posible que la literatura, moderna y contemporánea, se lea como esa capacidad de ver el futuro, con un pequeño matiz: el futuro ya nos alcanzó y se tardarán años o décadas o incluso periodos más largos para reconocer la capacidad profética de la literatura.

Octavio Paz ha señalado la inevitable fascinación de los escritores e intelectuales por los movimientos políticos de ruptura, solo que después de la fe viene el escepticismo, y la crítica cuando los ideales se traicionan o se prorrogan y los sistemas caen en la corrupción o en la traición de sus bases. No ha sido extraño que incluso lleguen a sufrir persecución de los grupos que apoyaron.

Si bien, la crítica está presente a lo largo de la literatura, y más aún en los tiempos de la Modernidad, es posible encontrar en la época del genio un cierto optimismo, propio de esa fascinación de que habla Paz. Los románticos crearon una idea de hombre que en mucho coincidió con su empresa o con la de Napoleón o con la de Kant y Hegel, por mencionar algunos nombres. Después encontramos que ya la literatura había predicho los errores que luego se hicieron públicos y notorios, sobre todo en el caso del Gran Corso. En los héroes hay esa mirada hacia arriba de que habla Baudelaire en “Los ciegos”, pero evidentemente están en una búsqueda que traicionó la historia.

Recuerdo la historia de Jean Valjean en Los miserables, cargando al novio de su hija y llevándolo por los drenajes de París para ponerlo a salvo, a pesar de que lo detesta. Recuerdo un cierto optimismo en el actuar de Julian Sorel en Rojo y negro, a pesar de que su vida depende del ascenso social a costa de las mujeres.

A partir de los realistas, apegados a los cuadros de costumbres y en cierta retirada del fervor sentimental de los románticos, la vida pierde brillo. Gustave Flaubert y Charles Baudelaire se encargarán de registrarlo en géneros literarios diferentes.

George Steiner nos ha dado el mejor término, Ennui, muy próximo al Spleen de Baudelaire.

La versión oficial u optimista de la historia dice que después de Napoleón vino una época de reordenamiento que culminó con los nacionalismos y con la integración de países como Italia y Alemania y el regreso a la monarquía en Francia. Todo eso propició la paz y el crecimiento económico y el paso del capitalismo a su fase de producción en serie; las colonias dejaron de ser mero surtidor de metales preciosos y contribuyeron con sus mercancías a la expansión del mundo económico. Ya Defoe nos dibujaba en Robinson Crusoe al individuo capaz de reproducir su mundo y sus propias ideas en una isla en la que podía instaurar un imperio a semejanza del británico, solo que tenían únicamente a Domingo para soñar.

Desde Madame Bovary y Las flores del mal, lo que se respira en la narración y en los poemas es el tedio, el aburrimiento, la desesperanza. Emma Bovary espera algo y también está en los versos de Baudelaire: adelantado anhelo que nos posee de pies a cabeza a los hombres del siglo XXI siempre pendientes de una mejor suerte, de un llamado extraordinario, de un acto que nos tornará únicos e indispensables.

Es la otra cara de la historia, la que no registra los cambios, la que no refleja los lemas, la que se impone por la repetición siempre de lo mismo, pero ya no con el telón del fondo del tiempo cíclico, sino con la urgencia del progreso y del tiempo rectilíneo.

Qué le queda al soñador sino rumiar sus sueños, convertirlos en obsesiones que aún frente a los ciegos se tornan miserables y medianas. El mismo mundo del sueño se ha corrompido, y si no se sueña como el mundo manda, se está fuera de la sociedad y de la historia. Los elementos del orden han instaurado una clara barrera entre lo permitido y el delito. Se gana plusvalía y es legal, pero si se toma un pan de un negocio y se es atrapado, se puede terminar en prisión o abatido por las balas de la autoridad.

El mundo se ha dividido, además, entre diurno y nocturno, y así como se han satanizado las partes del cuerpo que están debajo del obligo y encima de las rodillas, se han satanizado las actividades nocturnas. La moral impone un comportamiento de día, a la luz, y lo que vive abajo y por las noches se convierte en sospechoso, en deleite prohibido, en prostitución que no señala la prostitución de la vida cotidiana, la conversión de hombres y mujeres en mercancía y objetos de uso de rangos muy variados.

Si Emma Bovary se pierde en un mundo donde ni siquiera es posible soñar, donde su marido tiene una mirada y una sensibilidad cortas, donde sus amantes la exprimen y jamás la valoran, donde el mundo de la usura y de la mercantilización le van cortando la soga hasta llevarla la cadalso (en este caso en forma de tósigo), los personajes de Baudelaire son la ciudad, los bebedores, las prostitutas; todos los personajes de un mundo que se ha negado y que no tiene uso de la palabra poética y, por lo tanto, capacidad de develar su realidad y construir otra en el poema o en la novela o en el ensayo.

Y las hay que a la lumbre de resinas goteantes,

En la muda oquedad de los antros paganos,

Nos llaman en socorro de sus fiebres aullantes,

Oh Baco, que adormeces los tormentos humanos!

(CXI. “Mujeres condenadas”)

Flaubert y Baudelaire no solo son magos; los lectores los hacemos profetas. Si en su tiempo vieron lo que los lemas negaban, sin duda nos es posible observar que describieron el futuro siendo puntuales en un presente ignorado. Tarde iba a reconocer el mundo liberal del XIX su ruina. Todavía fueron sus jóvenes soldados a la guerra de entre el 14 y el 18 plenos de contento. Los que regresaron, completos o tullidos, cuerdos o locos, mostraron sin duda el tamaño de la profecía de nuestros autores.

La marca del diablo, la esquirla que según “La reina de las hadas” de Andersen congela la inocencia y que, según Tournier, es la inoculación demoniaca, el ejercicio de la crítica. Así, la literatura nos presentó a un protagonista de Cumbres borrascosas lleno de ira, sediento de venganza, y a una familia que lo había humillado postrada en medio de su fastidio y su incapacidad para subirse al mundo actual. Ana Karenina decide jugarse su posición y escapar con su amante, aunque el contexto social la reclame y la rinda, pero no con ello borra su aventura y su visita al mundo imposible. Y qué decir de los personajes de Dostoievski, uno jugador, otro asesino, otro parricida, el mundo del absurdo, el mundo de los imperativos y del buen comportamiento puesto al revés, puesto en entredicho.

¿El que sean genios o magos o profetas los torna santos? No. Rimbaud se traba en hechos de armas con y por Verlaine, ejerce su homosexualidad frente a la vida bipartita de su pareja. Después se va a África a tratar esclavos. No hay en el ejercicio de la genialidad, de la magia o de la profecía una carta de buena intención o de buena ciudadanía, son ejercedores de la palabra; es la nota distintiva. Flaubert lleva una vida muy parecida a la de sus personajes: tranquila, aburrida, sometida al ejercicio del estilo. Baudelaire lo mismo vive los bajos fondos que busca ser un académico de la lengua, también está cerca del mundo que trabaja en sus obras de arte. El desencanto para las malas conciencias ha llegado para la literatura que encuentra los más variados espectros para realizarse; lo único insobornable es el ejercicio del oficio mismo, el no venderse o alquilarse a otro.

No era el capricho de una mujer o la perversión de un vividor entre las prostitutas, era el reflejo del fracaso del gran proyecto del hombre, la caída de la trinidad humana: libertad, igualdad, fraternidad. Y, sin embargo, por allí reposaba la esperanza.

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