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Literatura

FÉLIX DAUAJARE: LA FE PUESTA EN LOS SENTIDOS (RESEÑA)

Juan Antonio Alfaro

Mis libros favoritos de poesía joven se publicaron a finales de los años 70 e inicios de los 80, y son tres: Si entra él, yo entro, de José de Jesús Sampedro; Liturgia del gallo en tres pies, de Enrique Márquez; y Contraataque, de Félix Dauajare. Todos aparecidos bajo el sello de Tierra Adentro. Son tres libros que escapan a toda concepción centralizada que hasta ese momento se tenía de la poesía mexicana.

Desde el humor ácido e irónico de Enrique Márquez, cercano a las fábulas y canciones infantiles, hasta la experimentación formal y la tensión del verso y del significante en Sampedro; el libro de Dauajare se pasea entre estas dos concepciones del poema y nos muestra una oposición difícil de hacer funcionar en la poesía de cualquier tiempo. La oposición a la que me refiero es a la que se da entre la poesía y la filosofía, a las que Heidegger pone sobre montes opuestos, aunque para él dicen la misma cosa. ¿Cómo logra Dauajare resolver esta oposición en sus poemas?

Habría que decir que, con el paso del tiempo, la poesía de Félix Dauajare sufrió de múltiples metamorfosis. Desde el verso medido y las formas clásicas en De tu mar y mi sueño, pasando por libros que transforman mitos y leyendas precolombinos como en El que domina la aurora, hasta los que considero que son sus libros más importantes: el ya mencionado Contraataque y Sobresalto, en donde se despoja de toda visión conservadora de la poesía y propone un decir lúcido y encendido al mismo tiempo, atento a los riesgos formales que mostraba la poesía más reciente en ese momento.

Sin embargo, en la poesía de Félix Dauajare hay una serenidad escéptica ante el devenir del mundo, mientras aviva por otro lado los pliegues de la memoria. Es decir, Dauajare toma las preocupaciones de la filosofía y las pone al mismo tiempo y al mismo nivel que las preocupaciones de la poesía: para él, como para Heidegger, la poesía es el lenguaje primitivo de un pueblo histórico. En sus poemas, sobre todo aquellos en los que regresa luego de un silencio de diez años, hay una voz concisa, reflexiva e incluso combativa con un mundo caduco y opresor. Se nota a un poeta que no siente que la poesía sea un don que deba esperar, sino a alguien que se lanza contra ella purgándola de todo artificio retórico y transformándola en un serio dispositivo de reflexión y de máximo trabajo en el detalle.

Cada poema es un fino bloque de lenguaje que reflexiona sobre la sociedad, el ser, la memoria, la poesía y sobre sí mismo. Esta capacidad de síntesis dota a Dauajare de un escribir particular: no es, aunque la ligereza de las palabras así lo quieran proponer, una poesía fácil. Su densidad está anclada en toda la arquitectura de pensamiento que hay detrás. Se escucha el eco de voces de filósofos como Platón, Nietzsche, Husserl y Heidegger.

Me atrevo a pensar que, así como Pascal Quignard, Félix Dauajare concebía a la literatura como algo anterior a la metafísica, ya que la literatura es la lengua de las imágenes, y lejos de ser el lenguaje que nos diferencia de la naturaleza, nos liga más fuertemente a ella, se vuelve nuestro vínculo fundamental. De ahí su conciencia ante la finitud, pero también la conciencia ante la infinitud del lenguaje. No hay aquí distinción alguna entre hallazgo filosófico o científico y forma poética. Las fuentes del pensamiento son idénticas en ambos. Se trata de una poesía que se vuelve fragmentaria por su brevedad, que habla de un pensamiento en movimiento provisional, dotada de un poder de aliento comprimido. De ahí que la poesía de Dauaujare, de pronto pareciera que es un buque solitario que navega en aguas poco comprendidas.

Dice George Steiner que sea cual fuere su capacidad de comunicación, el pensador preeminente está condenado a la soledad. Y el caso Dauajare se vuelve más solitario cuando a sus 60 años publica Contraataque, un libro lleno de un espíritu juvenil, que devela a un lector atento de lo que está sucediendo en su tiempo, pero atenuado por la voz de la madurez de quien se sabe en pleno dominio de su oficio. A partir de aquí, la voz lírica de Dauajare se va volviendo más breve y concisa, como puede constatarse en Cuadernos de memoria y cenizas, bajo el silencio de aquel que se sabe solo, en el abandono, entregado al arrebato de la escritura, expresando el silencio y el compromiso del que siente, luego existe y tiene la fe puesta en los sentidos.

Ya lo decía Franco Berardi “Bifo”, que la única fuerza capaz de huir al Semiocapital es la poesía, el lenguaje no utilitario de la poesía. De esa manera, la poesía se enfrenta a todo orden público. Dauajare parece atender a este llamado. Su poesía escapa a toda convención: es poesía que se vuelve pensamiento y es pensamiento que se vuelve poesía, indistinguibles uno del otro.

Daniel Bencomo sugiere que su voz reflexiva considera que la fe del hombre es un témpano que se deshiela en los mares irregulares, ignotos, de la realidad. Félix Dauajare es, por tanto, lo suficientemente escéptico y filoso en su pensamiento, como para dejarnos convencidos de que, si existen la salvación y el progreso, quizás, solo existan en la poesía.

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