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Literatura

Y prosigue su andar

J. Isabel Hernández Martínez

… y le digo con la más espontánea tranquilidad visible, aunque no ajena de tocar en lo más emotivo de algún dolor (con seguridad), o posiblemente de abrir antiguas cicatrices, fantasmales tormentas que dejan en el rastro hilillos de hiel y sangre doloridas que al gotear hieren, se clavan con el peso de mazos y palabras huérfanas de… Gramática-madre. Todas abren la carne y ahí permanecen. La intención es cambiarle los infinitos rostros a este día de invierno y la posibilidad de jamás ofender la sensibilidad de la mujer. No se ha movido, está frente a mí. Sostengo la extenuación clara de sus ojos, quizá extrañados, y el gesto de su rostro que olvidaba o requiere una solución al desplome irreparable de toda su amargura. Sus ojos están en mí sin estarlo, ajenos en una lejanía hipnótica: no captan la realidad. Después, o creo, que rubrican sus labios la cruel ofensa que por mi atrevimiento azotará mis pómulos; porque, pudiera equivocarme, es la reacción natural y lógica. Estoy igual a las estatuas de roca originadas por Medusa.
La calle sigue en su cotidianeidad: la original. Todos apuran el paso. El smog nivela la oxigenación de los transeúntes. Aquellos semáforos por vergüenza se pintan de amarillo, después verde y luego rojo: sueñan, por las noches, nombres espeluznantes de otras pandemias. Los peatones, bobos, con cubrebocas, se hipnotizan con la basura propagandística de las elecciones que pagamos tú y yo. Las paredes, celestinas maquilladas al exceso lucen sonrientes nuevos colores. Un alumbrado indiferente nos clasifica. Postes y espectaculares alaban –¡Oh, oh…! y posan sus labios en el suelo–. Son impresiones de mesiánicos titiriteros, hipócritas, circenses:
sanguijuelas que hablan, caminan y convencen; saltimbanquis en guinda vestidura. Gesticuladores de doble cara, inocentes, con seguidores en busca de tapaojos.
¡Y un pueblo enajenado: hombres y mujeres tomados de las manos entonando aleluyas! ¿Quién es el culpable, el que pide que lo sigan los sordos o los apóstoles?
Ayer diseñaron sus itinerarios, quizá los elaboren hoy o hace medio siglo tal vez. La verdad, no lo han hecho: improvisación pura de merolicos chupa–energías.
En actitud de reproche interroga una voz en lenta tesitura de salterios:
–¿… Perdón?– pregunta.

Sus labios por fin reaccionan… y le repito la intención de mi coloquial pro-puesta:
… que si pudiéramos unir nuestras amarguras, sueños, esperanzas y sinsabores… sería un milagro maravilloso de profecías legendarias. Inventaríamos nuevos diálogos; andaríamos caminos sin tinieblas. Con una vida, sí una vida bajo el pórtico de un hogar donde la tranquilidad sea la simpleza en los amaneceres, o
lo que los días le suelden a los halagos y otras texturas. Y ahí arrebatarles a las
incertidumbres el único placer de ser noches, o acompañar a la inocencia de los
niños y, ¿por qué no?, condolerse por el caminar lento de los viejos, o por el ham-
bre de los marginados. Ahí están, pero son invisibles y perennes. Atenta en el
latir de dos corazones próximos; o ser el perfil en un atardecer de verano. Quizá,
imagino, el roce nervioso de los labios de un hombre y una mujer al encontrarse
después de una eternidad de tres días. Pudiera ser que vea, sí, en lo más sombrío
de todos los atardeceres, la señal de la cruz en los dedos de mi madre; o quizá,
en la opacidad de nuestros cerebros detonen sonrisas nuevas, agradables, úni-
cas, libres, sobre alas invisibles perforando lejanías, borrascas y tiempo. Forjar
en el yunque de la expresión escrita, Braille y oral, ¡millares de vocablos, símbo-
los o alegorías hasta igualar a la par el número infinito de idiomas! ¡Siempre que
convenzan al amor y los belfos se busquen!
…Se queda mirándome… ¿incrédula? Vuelve su faz indiferente al camino;
atisba sus pies y prosigue su andar…

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