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Reseñas

El hijo deseado

Juan Félix Barbosa

La crueldad visible hacia animales o niños. La palmada en el trasero está
permitida si encuentra una justificación en la trama. Nunca será aplicada
sobre las nalgas desnudas».
Lo anterior forma parte de la Motion Picture Production Code , mejor conocido como el Código Hays , redactado en 1930 por el diputado norteamericano republicano William H. Hays. Este código fue el órgano rector, durante 37 años, que se encargó de censurar y limitar contenidos de las producciones fílmicas que ofendieran a la moral dominante judeo-cristiana de Norteamérica.

La mayor parte de las reglas estaban orientadas a evitar escenas que sugirieran cualquier cosa relacionada con el sexo, como por ejemplo la figura de la cama matrimonial, símbolo considerado más nicho del encuentro sexual desde el punto de vista censor, que como espacio de descanso compartido entre parejas, que por cierto, también debían ser únicamente heterosexuales según el mismo código, por lo que en los filmes las camas solo aparecerían individuales y separadas.

En ese sentido, la preocupación del órgano regulador cinematográfico relacionada con los niños iba más en el afán de que los pequeños traseros pudieran provocar «malos pensamientos» que en la ofensa por el castigo o el acto violento de la propia palmada.
Mientras, en otros lugares (también hablando de películas) como en la Italia de los 50, bajo el auspicio del neorrealismo italiano puede verse cómo el zarandeo o el golpe franco a los menores no tiene inhibición alguna, por ejemplo, en Ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica.
La deferencia hacia los niños es muy reciente (hablando en términos de la historia humana), pues es hasta 1924 cuando la Sociedad de Naciones aprobó la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño, que básicamente reconoce el derecho de los niños a contar con los medios necesarios para su desarrollo; y en 1959, la Asamblea General de
las Naciones Unidas aprobó la Declaración de esos derechos que reconoce, entre otros, el derecho a la educación, al juego, a la salud y a un entorno que los apoye.

Es decir, aún no se cumplen los cien años de este cambio que sin duda ha protegido a los niños, pero que, de manera involuntaria, entre una buena parte de la población ha dejado la idea de un aura de dudosa sacralización infantil. Curiosamente, el apartado de los niños en el Código Hays es de apenas dos líneas comparado con la totalidad de sus reglas enumeradas, y que estas últimas tienen que ver con crímenes, vulgaridad, alcohol, blasfemias y, desde luego, sexo; entre otras cosas, hoy consideradas simplezas que en la actualidad vemos incluso en el cine hollywoodense sin mayores tapujos, excepto la de la violencia en contra de los niños.

El hijo deseado es un libro (el segundo) de Julián Mitre, con 18 relatos y publicado por Camelot América, en el que precisamente los niños son el eje central, y en el que, sin duda alguna, el autor no guarda reminiscencias de la herencia del Código Hays para dejarnos ver que los niños, aún dentro de esa dudosa aura de sacralización, también son humanos, y que a pesar de su edad o percepción del mundo, al igual que un adulto, son orillados a tomar decisiones difíciles debido a la condición social que los rodea; como en el cuento «Intenté besar al Diablo», en el que el menor narrador descubrirá el precio que a veces hay que pagar para acceder a lo más elemental.
Los cuentos de El hijo deseado de Julián Mitre se mueven entre el realismo feroz y lo inesperadamente fantástico, en donde a pesar de que este último género tiene otras leyes y otras posibilidades, no deja de lado el detalle de la crueldad humana. En el cuento «El niño con cuernos» son los mismos padres los que desean deshacerse de su hijo debido a su extraña condición, pero no al estilo clásico de los griegos, que solían aventarlos desde un acantilado. No, acá, con toda la puya posible, los progenitores descubren una mejor manera de obtener provecho de la situación, y lo venden como atracción de circo.
En «Cabrón muchacho» los padres, con el apoyo de un sicario, montan el secuestro de su hijo enfermo para desaparecerlo, trato del que saldrán beneficiados los primeros, y el segundo tendrá que cargar con la presencia fantasmal del menor finado.
Otra virtud del libro de Julián Mitre es que, con toda la malicia posible, el narrador lleva al lector por un rumbo en el que este último se concentra en el problema planteado inicialmente, mismo que pareciera llegar a crecer al máximo, como en cualquier cuento, aunque después se dará cuenta que eso que ya parecía insufrible terminará por quedar corto frente al giro inesperado propuesto por el autor. Este hecho, sin duda dejará en el lector la sensación de una mayor angustia y desconsuelo, como en los cuentos
«Primer día», en el que una madre lleva a su hijo a la escuela (cargando además a la más pequeña) y aquél le hace ver su suerte en medio de berrinches irracionales para no entrar a clases; en el que abre el volumen: «La pata». «La pata» es un cuento en el que un niño cree encontrar en medio de un baldío una mano de mono que le cumplirá tres deseos (un muy interesante guiño al texto de W. W. Jacobs), y la lleva consigo. Más adelante, descubrirá que no es así y que esa pata está relacionada con algo completamente impensado. Lo interesante del relato es que aún en medio de ese descubrimiento se abrirá una ventana para mostrarle al lector una escena de imprevista ternura.
Los personajes en El hijo deseado no otorgan concesiones, como en «Las gemelas», cuento en el que nace la primera niña con todo el beneplácito familiar, y una segunda (no esperada) acompañada desde su nacimiento de la indiferencia debido a su frágil condición. Frente a lo anterior, la única que se hace cargo de la más débil es la abuela Francisca, mujer férrea y sin tapujos que hace lo que sea cuando se trata de cuidar a los suyos o de hacer valer las reglas de su casa frente a lo invasivo que puedan llegar a ser
vecinos abusones y mujeres prepotentes.
Al respecto, «Las hijas de Francisca Vázquez» son varios relatos breves que protagonizarán cada una de sus hijas: Lourdes, Rosa, Alicia y Jazmín. En estos cuentos muy breves, Francisca se antoja un personaje que rememora a la Bernarda de Federico García Lorca, pues ambas son duras e inflexibles, y en sus hijas encuentran el terreno para la proyección de su autoritarismo. Coinciden aún más porque la última de sus hijas dará una sorpresa al final, al igual que en La casa de Bernarda Alba .
Por otro lado, en cuentos como «El último incidente», donde de manera inexplicable llueven bebés y se estrellan en cualquier superficie, lo que provoca en algunos lectores inquietud y desasosiego; y en «El hijo deseado» un hombre pareciera buscar a su hijo ideal probando mujeres y engendrando bebés a su paso con la convicción posterior de que no son lo que ha estado esperando, desacralizan, con toda malicia, esa idea que se
mencionaba anteriormente.
En El hijo deseado , los niños se muestran tal como suelen ser y en medio de un mundo que los pone a prueba, lejos de la mirada cándida e inocentona que por lo general se les concede; además, Julián Mitre en su libro de cuentos no solo se permite mostrar el trasero de los niños, sino que también nos deja ver la cruel patada que les da la condición que los rodea, en lugar del benevolente y disfrazado manazo que aún hoy resuena
como eco del Código Hays .

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