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PERROS DE CASA, DE DAVID OJEDA

Jesús Navarrete Lezama

En 2010, después de escribir dos novelas, La santa de San Luis (Tusquets, 2006) y El hijo del coronel (Tusquets, 2008), David Ojeda volvió al cuento con Perros de casa, un volumen publicado por Ediciones Sin Nombre, cuyos personajes centrales son, como anuncia el juego de palabras del título, integrantes de esa subespecie de los lobos.

La presencia de los perros en la literatura tiene antecedentes vastos: desde Argos, el perro de Ulises, en la Odisea de Homero; Laska en Ana Karenina, de León Tolstoi; Zucka en Los hermanos Karamazov, de Fiodor Dostoievsky; hasta Flush, el perro que protagoniza la novela que, bajo el mismo nombre, escribió Virginia Woolf, por mencionar algunos al azar; sin embargo, como bien se señala en la cuarta de forros de Perros de casa, a pesar de tener un lugar importante en la literatura, el perro no tiene el prestigio que tienen los gatos, o hasta el burro como protagonista literario.

Narrador político, como lo llaman quienes reseñan su obra, con Perros de casa, David Ojeda abrió un espacio en el que —sin dejar de lado sus visiones y convicciones sobre la historia, la política, la literatura y la religión— abordó su amor hacia los perros y la estrecha relación que mantuvo con aquellos que tuvieron la dicha de habitar su casa.

A contrapelo de la costumbre literaria de humanizar a los animales, volviéndolos materia de fábula, o bien de atribuirles comportamientos abiertamente humanos, como ocurre en otros subgéneros narrativos, en estos seis relatos, el autor cuenta las historias de Nicha y Rocky, Nelly, Capi, Manchas, Pi y la Pachona; destacando, sobre todo, las capacidades que les provee la propia especie, a saber: el instinto, la lealtad y el apego incondicional a la raza que les ha garantizado la supervivencia: la humanidad.

“Perfecto amor y manjar real”, “El secreto de la hormiga”, “Medusas sinfónicas”, “Jardín con perro y cadáver”, “Bichoncito” y “El sabueso de los Álvarez”, son narraciones de ficción autobiográfica que tocan, por un lado, los sentimientos que afloran a partir de lo cotidiano, de los lazos familiares y los recuerdos, pero por otro abordan las paradojas que “se alzan y se consolidan” a nuestro alrededor para “disolver la ilusa soberbia de nuestras certidumbres”.

En estas historias, los perros desempeñan las tareas que les son afines: guardianes, guías, o fieles amigos de personajes humanos que se saben regidos por el azar, y paso a paso, el lector descubre que, bajo el velo de lo ordinario, se advierte “el maravilloso rastro de la vida que se desorganiza de un modo para rehacerse de otro”, “el pertinaz apego a la existencia que todo organismo conserva y extiende”.

Schopenhauer habló de la pura actualidad corporal en que viven los animales, de su desconocimiento de la muerte y los recuerdos, sin embargo, en este libro los perros celebran la vida con sus juegos y la procuran con sus trabajos; recuerdan, se saben herederos de una raza, y están orgullosos de eso, no a la manera soberbia de los gatos, sino con la paciencia de su reposo o lo agitado de sus juegos; y además huelen la muerte: anuncian con sus aullidos ese infausto acontecer.

“El sabueso de los Álvarez”, relato que cierra el libro, se trata, sin duda, de la semilla de una autobiografía: un regreso al origen que es a la vez un recorrido por la Historia. David Ojeda Álvarez, huérfano de padre a los dos años, reconstruye el árbol genealógico por la raíz materna –que es la que le ofrece mayores certezas–. De la memoria, que se ilumina con las narraciones de otros, emergen la figura del abuelo, un niño que en los albores del siglo XX, recorría semidesnudo “el laberinto de jacales que era la hacienda donde hacían su vida familiar centenares de peones entre los que su padre era uno más”; la abuela que desdeñaba las letras y prefería “legar su vida en pequeños fragmentos que (…) con frecuentes alteraciones, repetía en medio de sus quehaceres”; la bisabuela, que se confesaba “descendiente de gitanos”, y un tatarabuelo, que según la leyenda familiar, había sido dueño de un cuantioso tesoro.

En este relato, David Ojeda emprende la búsqueda del padre, cuyo rastro se perdió para siempre en un cementerio de Guanajuato, y rescata la historia materna, para librarse o, por lo menos, hacerse más consciente de aquella orfandad. Ejemplo de trama y urdimbre, la potente voz narrativa entrevera la historia personal con sucesos y lúcidos juicios históricos en los que sondea en ese otro tema que obsesiona su obra: la posteridad, revelando así el verdadero espíritu que impulsa cada una de las historias: el sentido de la vida y la conciencia de la muerte.

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