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Montserrat Morales

Los clichés de Safo
Era realmente un estuche de monerías, y su situación era muy venta-
josa, según lo veían las personas a su alrededor. A los amigos de Safo
les encantaba salir con ella porque era como un chico más, porque se
tomaba la cerveza de la lata y jugaba a las luchitas, y hacían chistes ma-
chistas, de los cuales ella, sin duda, se reía. A sus amigas les convenía
porque sabían que ella no les iba a robar el novio, así que confiaban mu-
cho en ella, siempre y cuando no se les acercara demasiado… una nunca
sabe. En casa, la ropa del hermano se la pasaban a ella, decían que no
tenía sentido que fuera femenina, que ara qué gastaba en ropa bonita.
Y en el trabajo no la acosaban porque sabían que no se prestaría a esas
cosas con sus jefes hombres.
Con tanto a su favor, Safo no entendía por qué no terminaba de encajar
en ningún lado. En las fiestas sus amigas siempre invitaban a sus novios .
Las tías siempre le preguntaban que ella para cuándo con los hijos , y sus
padres sutilmente se lamentaban por los nietos que no tendrían. Safo,
en realidad, se sentía siempre muy sola.

Igualdad de oportunidades
En la recepción esperaban cuatro personas: tres hombres
y una mujer. Uno de ellos era Jaime. No era la primera vez
que vivía esta experiencia, llevaba casi un año pasando sus
mañanas y tardes en lobbies , salas de espera y recepciones
para ver a alguien que tenía el poder, autoridad o ganas de
cambiar la vida de este persistente hombre.
Finalmente, después de un largo rato, llegó su turno. Entró
con sus papeles en las manos, que le sudaban mucho debido

a los nervios. Se sentó frente al escritorio del titular de
aquel lugar y respondió atentamente cada consulta. Cuando

terminaron las preguntas y aclaraciones, se despidió.
Afortunadamente no le tendieron la mano para estrechár-
sela, pues la suya se había tornado un puño tembloroso a
punto de no poder contenerse.
Cabizbajo, anduvo el camino a casa pensando otra vez una
nueva forma de disimular lo que sentía, de asimilar lo que
había vivido, aunque en el fondo sabía que no tenía que por
qué hacer ni una ni otra cosa, porque era un hombre libre,
con derechos como todos, a pesar de no sentirse así.
Al llegar a casa, fue recibido con amor conyugal, un beso en
los labios y un abrazo, a los que solo pudo responder des-
plomándose y cubriendo su rostro lleno de lágrimas con sus
manos que eran puños. ¿Qué cómo le había ido en la entre-
vista de trabajo? Bien, pero le preguntaron si estaba casado
y con quién. Sebastián lo abrazó.

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