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Tu perra se muere

Francisco Velázquez

Marcos no sabía cómo decirle a su esposa que Neyna estaba muerta. Su hermano acababa de contárselo y aún no lo creía. Cuando Vicente le explicó cómo había muerto, Marcos se preguntó por qué su hermano podía relatarle algo así sin expresar ningún tipo de dolor. Sabía que debía hacer algo, pero todavía no sabía qué. Fue cuando la puerta de la casa se abrió.

—Pensé que ya estabas listo —. Nohemí observó la escena entre su esposo y su cuñado: una botella de whisky a medias, un cenicero con un cigarrillo de marihuana apagado y el plato que Marcos había dejado con alitas.

A Marcos le molestó que Nohemí llegara de esa forma, pero al escucharla no tardó en advertir el fastidio y el cansancio que ella le imprimió a sus palabras. Nohemí era contadora para un corporativo y como estaba cerca el fin de mes, tenía que calcular las nóminas de su empresa y las de las sucursales distribuidas por el país.

—¿Nos vamos? —, dijo Nohemí mientras se apretaba la nariz con los dedos de su mano derecha; padecía sinusitis y llevaba varios días congestionada. Esa noche, un dolor le calaba desde la frente hasta debajo de los párpados y ahí se convertía en el ardor que le impedía respirar bien.

Para salir de la calle donde estaba la casa de su cuñado, Nohemí debía conducir por el mismo callejón por el que había corrido Neyna dos días atrás por la pelota que le aventaron los sobrinos de Vicente. Luego tendría que dar vuelta en “u” y manejar hacia al sur de la ciudad.

Mientras avanzaban, Marcos pensó cómo pudo haber sido la forma en la que Neyna salió de la casa de su hermano. La imaginó dando vuelta por el espacio de la estrecha calle que conducía hacia la carretera. Incluso creyó que la perra pudo haberse golpeado al meterse en un espacio en el que apenas cabía un automóvil. Luego pensó que el conductor tuvo que haber reducido su velocidad después de que observó a la perra en medio de la carretera y que Neyna había aprovechado ese instante para aventarse por la pelota que perseguía.

Entonces se preguntó si la perra habría volteado a mirar a quien manejaba y si la persona habría escuchado el ladrido de la perra al atropellarla. Aunque posiblemente su muerte haya ocurrido hasta que el resto de los coches pasaron encima de ella, sintió náuseas al pensar la sensación que pudo haber experimentado Neyna en el momento en que escuchó el rechinar de los frenos de la camioneta.

Cuando se detuvieron para incorporarse a la carretera y Nohemí bajó las ventanas del coche, a Marcos lo invadió el olor que expedía el cuerpo de Neyna en la carretera e imaginó un montón de moscas aletargadas merodeando alrededor de la perra. Sintió que el estómago se le revolvía, como si por dentro tuviera las aspas de una licuadora. Aunque intentó estar tranquilo sabía que existía la posibilidad de que su esposa pudiera descubrir el cadáver.

Marcos intentó desviar su mirada, pero después de que avanzaron volteó de reojo hacia donde estaba Neyna y pensó en aquellos perros atropellados que terminan en el camión recolector de basura del ayuntamiento. Entonces se preguntó por qué su hermano no había levantado el cadáver de la perra. 

Durante el tiempo que duró un semáforo en rojo, Marcos le dijo a Nohemí que al día siguiente le tocaría abrir el café; llevaba cinco años trabajando en un Starbucks y recientemente lo habían ascendido a gerente. Nohemí no respondió, aprovechó el tiempo del semáforo para mover su cabeza de forma circular y tronarse el cuello. Estiró los brazos, enseguida se quitó una delgada corbata que llevaba y que combinaba con un chaleco negro que se había quitado después de que salió de su trabajo. Entonces Nohemí se desabrochó el botón de la camisa: Marcos pensó que al hacerlo ella se había sentido mejor, como si esa acción tuviera un significado fuera del alcance de su esposa.

Marcos y Nohemí llevaban tres años casados y vivían en un fraccionamiento de la zona sur de San Luis. Los padres de ella tenían dos casas juntas en la misma calle. En una vivían ellos y en la otra Marcos y Nohemí. Las casas eran independientes, pero había un mismo portón por el que se entraba y un patio trasero que unía ambas propiedades. Esto permitía que los papás de Nohemí estuvieran al pendiente de los perros que su hija y su yerno tenían: Lola y Romeo, dos pastores alemanes que eran los padres de Neyna.

Mientras abría el portón, Marcos echó un vistazo hacia la casa de Santiago y Denisse, sus compadres, quienes vivían a unos treinta metros de la suya. Sabía que Santiago estaba solo, Denisse era enfermera y esa semana trabajaba de noche en el hospital del IMSS. Pensó en ir a buscarlo, quería platicar con alguien antes de decirle a su esposa lo de Neyna.

Luego de bajarse del coche, Marcos y Nohemí caminaron hasta el patio. Como los perros saltaron con alegría encima de él y de su esposa, Marcos pensó que Nohemí había encontrado una tranquilidad que le había sido imposible tener después de salir del trabajo. Ella avanzó unos pasos y después de observar que las luces de la casa de sus papás estaban apagadas, se agachó para recoger los recipientes donde les ponía agua a los perros.

Entró en la cocina de su casa y con el agua del garrafón llenó los recipientes. Marcos le ayudó a llevar el agua hasta donde estaban los perros y le dijo que él se encargaba para que ella subiera al cuarto a cambiarse de ropa. Enseguida, él fue a la cocina y sacó una cerveza del refrigerador; le dieron ganas de fumar marihuana, pero se dio cuenta de que la había dejado en la mesa de la casa de su hermano, junto con las llaves de su trabajo.

Lo primero que hizo Nohemí al entrar en su habitación fue acariciar con sus manos un bonsái en el que estaban las cenizas de Manolo, uno de los tres perros que Lola había tenido. Aunque se habían quedado con los tres perros durante dos semanas, Marcos y Nohemí decidieron quedarse solamente con Manolo. Vicente les había dicho que si podían regalarle a Neyna; el otro perro había terminado en casa de sus compadres. Sin embargo, por sugerencia del veterinario, Nohemí y Marcos tuvieron que sacrificar a Manolo; tenía una enfermedad incurable en sus riñones.

Nohemí acostumbraba a tocar el bonsái si el trabajo la dejaba agotada y de mal humor. Sin hacer una elección rigurosa de la ropa que se pondría, tomó unos leggins negros que estaban encima de la cama y una camiseta sin mangas que sacó de entre un montón de ropa que había acumulada en el clóset. Se desmaquilló, bajó las escaleras y regresó al patio.

Marcos estaba fumándose un cigarrillo y jugando con la perra. Lola tenía cinco años, habían pasado dos desde su embarazo y parecía haber tomado un segundo aire, tenía el cuerpo fuerte y torneado. Su pelo era café con manchas negras que empezaban en los ojos y que luego se extendían irregularmente sobre el cuello y pecho hasta la línea dorsal y la cola. De su collar colgaba una figura de metal en forma de hueso donde estaba escrito su nombre y la fecha en la que Marcos y Nohemí la habían hallado abandonada en el parque de su colonia, poco tiempo después de que ellos se habían enterado de que no podían tener hijos porque eran estériles. Romeo estaba agazapado en la esquina del patio, ansioso de que Marcos fuera a buscarlo. Los padres de Nohemí se lo habían regalado a ella para que fuera la pareja de Lola; Marcos le puso Romeo por el personaje de la película Perdita Durango. Marcos y Nohemí se habían dedicado a cuidar y amar a sus perros como lo hubieran hecho con el hijo que no pudieron tener.

La noche había caído, Marcos levantó la mirada y descubrió que el viento había barrido las nubes que se formaron durante la tarde. A lo lejos escuchaba los latigazos del viento y el ruido de los coches que transitaban sobre la avenida que colindaba con la casa. Miró hacia la cocina y se asomó por la ventana para ver si su esposa ya había bajado.

Entonces exhaló aire y percibió una vez más el olor que sintió cuando salieron de la casa de su hermano y enfilaron sobre la carretera. Creyó que el olor estaba impregnado en su ropa y en su casa. Recordó que esa sensación era lo que impedía decirle a Nohemí que Neyna estaba muerta; le dieron náuseas, sintió un vacío en el estómago y el escalofrío que recorrió su espalda lo estremeció.

Apenas Nohemí llegó al patio, Marcos clavó su mirada en el rostro de ella y abrió los brazos para recibirla. Como Nohemí rodeó con sus brazos la cintura de él, Marcos sintió que su cuerpo estaba temblando. Ella intentó rodear con sus manos el cuello de su esposo, Marcos la detuvo para que no sintiera su pulso irregular. Entonces él le dijo que mejor fueran a hacer las compras al súper hasta el día siguiente. Ella asintió con la cabeza; Marcos seguía sin contarle nada.

Antes de que Nohemí subiera a su cuarto para irse a dormir, Marcos le avisó que iría a la casa de su hermano porque había olvidado las llaves del café ahí. Nohemí dejó escapar una sonrisa, porque no era la primera vez que él olvidaba las llaves después de haber fumado marihuana. Como Marcos no sabía manejar, ella le preguntó si le pedía un Uber, él le dijo que le pediría a Santiago que lo llevara.

Enseguida, Marcos caminó al lugar donde su suegro guardaba unas herramientas en el patio y tomó una pala que estaba en el rincón. No tenía claro cómo, pero sí sabía lo que quería hacer. Mientras avanzaba hacia la puerta observó que había un florero en el comedor, se llevó la rosa más pequeña y enseguida recogió una cobija que estaba en la cama donde dormían los perros.

Santiago estaba jugando Mario Kart en el Wii y fumando marihuana en su cuarto cuando Marcos llegó a su casa: el humo que se extendía en la habitación se parecía al vapor que se acumula si alguien se baña con agua caliente. Sin preguntarse si era viable o no lograr lo que intentaba hacer su compadre, Santiago asintió, después los dos salieron en el coche.

Durante el trayecto ambos permanecieron callados. Aunque al llegar a la carretera no estaba pasando ningún automóvil, Santiago encendió las intermitentes de su coche y se detuvo en medio del carril. Desde que Marcos había visto el cadáver de la perra en la carretera, lo había perseguido el olor que expedía el cuerpo. Sin embargo, cuando se bajó del carro y se acercó para levantar el cadáver, por primera vez en toda la noche, ese olor dejó de molestarlo y no fue necesario que contuviera su respiración.

A pesar de que le resultó difícil levantarlo porque el cuerpo de la perra parecía un tapete con manchas de sangre pegado en el piso, se concentró, envolvió el cadáver en la cobija que llevaba y lo llevó a la cajuela del carro. Entonces observó que el pelo de Neyna, justo en la parte donde tenía un remolino que parecía ser el origen de su pelaje café y negro que crecía de izquierda a derecha, estaba manchado por el rojo de la sangre y por las marcas de las llantas que los coches habían dejado encima de ella.

De regreso se detuvieron a un costado de la avenida por donde vivían, justo en la parte en la que empezaba un amplio camellón relleno de tierra. Santiago se bajó y comprobó que nadie los estuviera observando: los negocios ya habían cerrado y ningún automóvil estaba pasando en ese momento. Marcos traía una camiseta sin mangas y como tenía la piel pegajosa por el sudor, cuando metía la pala para escarbar sentía que la tierra que se levantaba se quedaba en sus hombros y brazos, como si él mismo estuviera revolcándose en la tierra.

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