Gonzalo Lizardo
A semejanza
de las personas, los mitos nacen, crecen, maduran y envejecen con el tiempo.
Así lo intuía Salvador Elizondo cuando escribió acerca de Fausto: “En la
infancia el mito está ligado a la magia recreativa, en la juventud al deseo,
pero en la edad adulta yo diría que se relaciona más buen con la inspiración”;[1] o sea
que Marlowe había escrito la versión infantil/lúdica del mito fáustico, Goethe
la juvenil/voluntariosa y Valéry la madura/poética. Una analogía que confirma
el persistente (y voluble) magnetismo de ese personaje, y que permite además caracterizar
a los distintos Faustos mediante ciertos rasgos de “personalidad” humana como su
desencanto o su tedio, sus expectativas ante el futuro, su relación con el
prójimo, sus vaivenes emotivos.
Desde esa perspectiva, El
primer Fausto de Fernando Pessoa expresa una crisis psicológica que aqueja
a nuestra sociedad como un todo: una depresión existencial ante el vacío de la
historia, el peso del pasado, la zozobra del futuro. Esta “noche saturnal del
alma” caracteriza a ciertas encrucijadas biográficas —como la inminencia de la
vejez—, cuando advertimos que la muerte se acerca a nuestros conocidos y entendemos
que pronto llegará nuestro turno… y entre tanto nos iremos quedando más solos
cada día. Tal vez la vigencia del poema de Pessoa nos indica que la Humanidad,
junto con el mito fáustico, está arribando a su tercera edad, a su inminente
senectud.
A diferencia del Fausto de Goethe —que creía en el progreso terrenal
y la salvación ultraterrena—, el de Pessoa no cuenta con ningún cielo o
infierno que lo aguarde al final del camino, y para colmo sabe científicamente
que más allá de nuestra tierra sólo existe el vacío cósmico, lleno de mundos y
soles pero inútil, pues “ni a nosotros mismos nos encontramos en el infinito”.[2] Desencantado
del saber, inmune a los placeres, ha perdido la esperanza de amar y con gusto
invocaría a Mefistófeles si de algo sirviera. Cuando “La vida es mala y es mala
la muerte”, sólo queda pedir lo imposible: “¡que cese el tiempo! / ¡que pare y
quede para siempre este momento! / ¡Que nunca yo me acerque a ese / Horror que
mata el pensamiento!”.[3]
Ignoro lo que ocurriría con Fausto si Pessoa hubiera concluido su
dramático poema. Tal vez Pessoa lo dejó adrede inconcluso, para que su
personaje quedara suspenso por siempre ante la Nada. O quizá porque intuía que,
al contrario que la Humanidad, los mitos nunca mueren: tan solo se convierten o
asimilan en otros mitos para evadir la muerte y, por qué no, para sobrevivirnos
a nosotros, sus efímeras creaturas.
[1] Elizondo, Salvador, “Poisson d’avril”, en Obras: tomo tres, El Colegio Nacional, México 1994, p. 85.
[2] Pessoa, Fernando, El primer
Fausto. Todavía más allá del otro océano, Fondo de Cultura Económica,
México 1984, p. 18.
[3] Ídem, p. 58.