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CRÓNICA

COSAS QUE PASAN EN LAS LIBRERÍAS: COVID Y PARANOIA

Francisco Velázquez

Lo primero que siento cuando lo veo frente a mí es rechazo; es un tipo de unos treinta años que lleva puesta una chamarra que luce muy sucia, como si no la hubiera lavado en mucho tiempo. Su higiene es descuidada, en su pantalón se distinguen manchas y en los zapatos polvo acumulado, parece que caminó en un lugar donde había tierra. Escucho lo que me dice alejado un par de metros. Pienso que él percibe mi rechazo porque cuando intenta acercarse, yo doy un par de pasos hacia atrás hasta que me topo con el mueble en el que está la computadora. Me pregunta si hay libros sobre cocina, en particular de comida colombiana. Sin tomarme la molestia de hacerle más preguntas para saber qué tipo de libro en específico le interesa, camino hacia la sección de gastronomía. Tampoco tengo el gesto de indicarle con las manos que me siga, pienso que al hacerlo él estará a una distancia muy cercana a la mía y eso me inquieta. 

Cuando llego al área de libros de cocina, clavo mis ojos hacia él y me doy cuenta de que tiene heridas en su rostro, parecen quemaduras. También distingo el exceso de vello en su cara, es un pelo similar al lanugo, ese vello que protege la piel de los bebés, aunque más oscuro, casi negro, que se extiende desde debajo de su oreja hasta al mentón. Pienso que tal vez por eso lleva chamarra en un día caluroso, para que no se le vea el exceso de vello que me imagino debe tener en su cuello, nuca y brazos. Había visto imágenes en Internet de gente que tiene este padecimiento, sin embargo, ahora que estoy frente a alguien así, la realidad me supera. Dejo que consulte la sección y que hojeé libros; cada vez que toca algo con sus manos, mi mirada se convierte en la lente de una cámara de cine que captura el instante en el que las huellas dactilares quedan marcadas en las cosas que toca con sus manos.

Regreso para seguir acomodando los libros que estaba ordenando antes de atenderlo. Mientras camino al área de literatura universal descubro que ese cliente dejó a un lado de la puerta de la librería dos bolsas negras, como las que se usan para tirar basura. ¿Qué habrá adentro? Tengo curiosidad por saberlo. Avanzo y observo que las bolsas están cubiertas con mucho polvo. Volteo hacia atrás y descubro que en la mesa en la que hay gel antibacterial para sanitizarse las manos hay una gorra. Me acerco y distingo que la cinta elástica que rodea el perímetro interno de la gorra, tiene una extensa mancha de sudor fresco, parece agua, pero es sudor. Volteó a buscar al cliente y me doy cuenta de que está con una compañera. Platican y consultan libros durante varios minutos. Después caminan hacia el área de cajas. Los sigo con la mirada y distingo que él lleva tres libros de pasta dura en sus manos. Deja los libros en el mostrador y enseguida se agacha, parece que intenta amarrarse las agujetas, pero se quita el zapato derecho, busca algo en su calcetín. Sabe que lo estoy observando. Entonces saca un billete que lleva guardado dentro de su calcetín, el billete está arrugado, posiblemente está húmedo por el sudor de la planta del pie; lo manipula con sus manos y lo deja en el mostrador. Enseguida pienso en la gorra con el sudor, en las bolsas con polvo, en el billete en el pie; experimento una sensación de asco que me revuelve el estómago. En este instante me preocupan dos cosas, que mi compañera de cajas tome con sus manos el billete, y que el cliente toque más libros. Después de pagar, esa persona se pone gel antibacterial en las manos. Cuando observo el bote de plástico en el que está el gel, pienso en la cantidad de clientes que han tocado ese recipiente con sus dedos y me pregunto si esa acción representa un riesgo de contagio. Luego de cobrarle, mi compañera regresa a su lugar los libros que esa persona no compró; me fijo cuáles son para no tocarlos yo después. Me acerco con ella y le pregunto en voz baja si sabe de dónde sacó el cliente el billete y si ella lo tocó con sus manos. Dice que sí lo sabe, pero en su respuesta no advierto la misma sensación de paranoia y asco que yo experimenté. Pensé que quería que lo atendiera yo porque él me dijo que le va mejor con las mujeres que con los hombres, me responde. De un fondo desconocido de mí sube un sentimiento de culpa. Camino hacia el mueble en el que está la computadora. Abro una de las puertas y saco un bote de gel antibacterial que solamente utilizamos los que trabajamos en la librería. Con el codo de mi brazo derecho presiono la tapa del envase, me froto el gel entre las manos y también en el codo. Entonces observo que el cliente se pone la cachucha y levanta las bolsas negras que había dejado. Mi compañera abre la puerta para que salga. Él camina rumbo al centro histórico. No mira hacia atrás, avanza sin prestarle atención a las tiendas y negocios cerrados, a la fila que hay en el banco que está en la esquina. No le molesta que las personas que caminan en la calle piensen que esto no sea real. Tampoco le molesta que una pareja esté en un banca en la que hay una cinta amarilla que dice prohibido sentarse. Y que el flujo de los carros que transitan sea muy alto a pesar de que estamos en cuarentena. No ve lo que yo veo: gente que posiblemente esté infectada sin usar cubrebocas, la paranoia al contacto con el otro, la posibilidad del contagio en su pico más alto.                               

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