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MÚSICA

El dandi y el gatillero

Gonzalo Lizardo

Como se sabe, más que imitar hechos concretos, al arte le interesa imitar las leyes de lo real para prever sus posibilidades. Toda gran novela no es sino la indagación de una hipótesis más o menos verosímil acerca del mundo. ¿Qué pasaría si un hidalgo manchego se armara caballero andante, o si un ciudadano común se transformara en insecto? ¿Y si Hitler hubiera ganado la guerra, o existieran seres primigenios, anteriores a la humanidad, ansiosos por emerger a la Tierra? Ejemplos disímiles, pero con algo en común: todos estos relatos trastocan un solo dato de la realidad y enseguida calculan sus posibles consecuencias.

Por eso mismo es fácil imaginar una novela o una película sobre la efímera pero fructífera colaboración de Stevie Ray Vaughan y David Bowie. Por más disímiles que fueran sus personalidades, su reunión produjo un disco espléndido, Let’s Dance (1983), que fue producido por Nile Rodgers y resucitó la carrera del cantante inglés mientras lanzaba al estrellato al guitarrista texano. Orgulloso del resultado, David organizó el Serious Moonlight Tour para promoverlo, e invitó a Stevie para que se uniera a su banda, pero éste rechazó la oferta y nunca más tocaron juntos. A corto plazo la decisión no los afectó, pues los siguientes discos de ambos fueron muy exitosos, aunque se quebrantó una hermandad artística muy prometedora.

Más allá de la diferencia de edades, nacionalidad e influencias musicales, creo advertir indicios de que poseían talentos complementarios. Para empezar, David y Stevie compartían una marca biográfica común: el decisivo influjo de sus respectivos hermanos mayores, Terry y Jimmie; un influjo que fue muy benéfico al principio pero que luego se convirtió en un obstáculo a vencer, decisivo para su crecimiento.

El hermanastro de Bowie, Terry Burns, fue un destacado estudiante londinense, integrante de la armada británica, que contagió a su hermano David la pasión por el jazz, el arte moderno y la poesía beatnik. Pero a partir de su servicio en la segunda guerra sus depresiones se agravaron hasta conducirlo al suicidio. Su obsesión por el destino de Terry, cuya locura temía heredar, podría explicar que durante toda su carrera Bowie haya buscado, para llenar su ausencia, de un hermano simbólico: un colaborador musical que lo ayudara a convertir sus ideas en magia. Y, curiosamente, la mayoría de esos gemelos creativos de Bowie han sido guitarristas como Mick Ronson, Carlos Alomar, Adrian Belew y Reeves Gabrels.

Por el otro lado, Jimmie Vaughan es un guitarrista y cantante de blues, activo todavía, que desde los años 70 promovió la escena de Austin. No solo inició en la música a su hermano Stevie, sino que lo puso a bajear en su grupo The Storm. Las diferencias comenzaron cuando Stevie cambió el bajo por la guitarra y desarrolló un estilo propio, más eléctrico y rocker, que opacaba el de Jimmie, más acústico y ortodoxo. Este distanciamiento de Jimmie no afectó a Stevie como instrumentista, pero sí como líder: pasaron muchos años antes de que se decidiera a formar su propia banda, y otros más antes de que asumiera la voz principal.

Los dos se conocieron el 17 de julio de 1982 en el Festival de Jazz de Montreux. Acaso por ser el primer bluesero que tocaba en ese evento tan exclusivo del jazz, Vaughan fue abucheado por los espectadores más puristas, pero el resto se rindió ante su hechizo, entre ellos Bowie. Tras grabar Scary Monsters (1980), el inglés quería hacer música más gozosa, más cercana al rockanrol y al rhythm and blues, para lo cual procuró al productor Nile Rodgers, quien a su vez lo condujo a Stevie. Y la carrera del texano, por su parte, se hallaba en un punto muerto: a pesar de su trayectoria, ninguna disquera se animaba a producir su disco debut, pues nadie en los 80 creía que el blues fuera redituable.

Grabado en diecisiete días en la Power Station de New York, Let’s Dance dio a David su primer disco de platino y Stevie pudo firmar por fin su primer contrato de grabación. No se sabe a ciencia cierta el motivo de la ruptura. Unos dicen que Stevie se irritó porque David no lo invitó a participar en el video de Let’s Dance; otros, que se negaba a participar en las coreografías del Serious Moonlight Tour; alguien oyó que David no soportaba a Lenny, la esposa de Stevie, porque solía interrumpir los ensayos; otro más insinuó que el inglés, recién rehabilitado de sus adicciones, le había exigido al texano que dejara la cocaína. Al final, el manager de Stevie, para precipitar la ruptura, exigió un aumento de salario y prestaciones que David consideró inaceptables, de suerte que ahí terminó la historia.

Por infundados que fueran, estos indicios sugieren que ambos tenían caracteres incompatibles. Pero basta oír China Girl o Criminal World para comprobar que son grandiosas por eso: por la tensión entre sus estilos, por la pugna entre la elegante energía del dandi y la fineza feroz del gatillero, amalgamadas por el groove de Nile Rodgers. ¿Qué hubiera ocurrido si, en este instante de tensión narrativa, David hubiera aceptado las condiciones de Stevie y se hubiera prolongado su colaboración? De seguro el texano se hubiera integrado a las coreografías del Serious Moonlight Tour —ya me lo imagino en traje de cowboy futurista—, y su guitarra le hubiera puesto dinamita a las canciones más rockeras de David, como The Man Who Sold the World, Sweet Thing o The Jean Genie.

Eso sería lo más emocionante: prever cómo hubiera influido Stevie en la música de David, concretamente, en los arreglos de Tonight (1984), el disco con que prosiguió su exploración del rhythm & blues americano; se enchina el vello nomás de imaginarse uno Neighborhood Threat y Dancing with the Big Boys con los riffs del texano. Inevitablemente, la influencia de David (y sus amigos) hubiera orientado al guitarrista hacia territorios exteriores al blues (¿se imaginan Voodoo Child cantada por David y requinteada por Stevie?). Sin olvidar a los demás actores de este drama potencial, sobre todo a Lenny, que en cualquier oportunidad azuzaría el ego y los celos de su esposo, aprovechando que David estaba recién divorciado de Angie.

Más temible hubiera sido el inminente acecho de un fantasma: la adicción a la cocaína que cinco años antes casi destruía a David, cuando se alimentaba solo de coca, leche y pimientos morrones. Después de todo, les tocó vivir una época intensa y desenfrenada, antes del VIH y de la perestroika, junto a gente igualmente intensa y desenfrenada, desde Iggy Pop y Mick Jagger hasta Lou Reed y Freddie Mercury. La voracidad de Stevie, el joven león, hubiera proporcionado a David, ese viejo zorro, la línea de coca o el pinchazo de heroína que lo hubiera devuelto al camino del exceso. Un sendero que según William Blake conduce hacia el templo de la sabiduría, pero solo si se vencen sus obstáculos: ese rastro de lamentos y resacas, cadáveres jóvenes y música malograda, que han dejado tras de sí sus peregrinos.

Insisto: sería una novela o una película grandiosa —con un final ambiguo y violento, al estilo Dostoievski—, por la sencilla razón de que nunca sucedió.

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