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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan… (51)

Alejandro García

…¿dónde andarás que no te alcance mi imprecación, oh, Madigan? Mucho más ahora que pretendo hacer la denuncia de las sucias maniobras del reverendo O’Hara. Oh, sí Señor de los Ejércitos, anduvo en las tripas de la gran bestia y se dio vida de sultán, mientras los boinas verdes roncaban y roncaban como cuinillos. Y en tanto yo, amanuense en cuarentena, temeroso más del piquete de la araña violinista o del rotavirus que del coronavirus, he encontrado entre mis papeles “Homenaje que la Facultad de Medicina ofrece al escritor David Ojeda” firmado por Dr. Jesús E. Noyola Bernal, Mtro. Armando Adame, Dr. Rafael Padrón Rangel y Arquitecto Juan Martín Cárdenas. Está fechado en 2008 con un nada despreciable tiraje de 900 ejemplares. Es a su vez una separata del Boletín  Informativo de la Facultad de Medicina, correspondiente al volumen 50, octubre-diciembre-2007, número 4. Habrá que agregar que pertenece la institución organizadora a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, sita en el Gran Tunal. El reverendo O’Hara logró la complicidad de un surcador de cielos clandestinos y partió del puerto de la Paz, Baja California Sur, en compañía de tres bellas damas. El metálico pajarraco desparramó esa cuarteta de ases en los pantanos de Nueva Orleans. De allí siguió la ruta del Mississippi, buscando las huellas de William Faulkner, y el recio O’Hara repartió mojicones entre más recios sureños cuando se hicieron los desentendidos ante la exigencia de mostrar la mazorca ensangrentada que dio principio a la gloria de Yoknapatawpha. La publicación consta de 27 páginas y es eco de un homenaje al escritor potosino David Ojeda. El director de la Facultad reconoce el lugar de este autor, dada la calidad de su obra. Es consciente también de las dificultades que encuentra en su propio espacio un autor distante de los consentimientos del terruño, de las concesiones al poder y de las voracidades de la moralina. Que un campo poderoso como el de la medicina diga su parte con respecto a los regateos de la literatura es loable y qué bueno que se dé, porque de otra manera los espacios propios corren el riesgo de permanecer siempre arrebatados. Como se le hiciera el camino faulkneriano agotador y agotado, el reverendo O’Hara rentó un auto convertible y se presentó ante Graceland, la mansión del gran Elvis, en Memphis, Tennessee. Chocaron las placas tectónicas al coincidir de personalidades y energías, el reverendo O’Hara emprendió uno de esos bailes que lo hicieron legendario y entonces de plano decidió distanciarse del sueño de “Absalón, Absalón” por uno más cercano a Barry Gifford y su “Perdita Durango”. Hablemos de emoción, que no corra la sangre. Los textos de Padrón, Adame y Cárdenas van tras Ojeda y su obra. El primero amplía lo dicho por Noyola, desde la vecindad de ejercicios de trabajo, que Ojeda supo conocer: la historia del médico que deja caer el bisturí en un cerebro al descubierto en su primera cirugía es sólo la punta del iceberg de una curiosidad —que no una sabiondez— que relacionaba la literatura con la salud del cuerpo y del alma. Adame golpea y apapacha desde la amistad, desde la ruta compartida y en permanente debate, desde el rincón donde las contradicciones ayudan a destrabar los dobles vínculos y las decisiones pueden tener que ver con conocer el rumbo o no, pero se comparten y se sufren. Cárdenas da un recorrido juguetón y esclarecedor de la ruta de Ojeda, de su papel como tallerista, escritor y como formador de escritores. Por fin O’Hara llegó a Nueva York, fue a un partido de grandes ligas, vitoreó los batazos que lanzaron a doña Blanca fuera del estadio, recorrió la Quinta Avenida y saludó a Central Park. No sé si se sintió Dylan, Jagger o Lennon. Creo que no se pensó Salinger, Styron, Updike o Rushdie, se negó a desayunar en Tiffany’s, simplemente dejó sus huellas en la Gran Manzana. Ojeda también participa en la publicación. Con un cuento, “El secreto de la hormiga”, después incorporado a “Perros de casa”. También abona con un pequeño texto, iluminador, como solía serlo cuando de echarle fuego a la pasión de la escritura se trataba: “[El escritor]… tiene que conseguir, con disciplina y rigor, cruzando las líneas de su experiencia sensible y de su reflexión intelectual, que cada uno de sus enunciados y sus obras verbales, si aspira que estos lleguen a ser tenidos como de valor literario, sea tanto original como emotivo”. Ahora ésta es una fuente rara, casi inencontrable y muy útil para valorar la obra de David Ojeda. El reverendo O’Hara se tomó un gran whisky frente al río del Este y pensó, canastos coronados, ¿por qué es que viene a mi aguerrida mente un homenaje a un autor potosino? Lo sabrás, oh Madigan. Ya lo sabías…

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