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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(52)

Alejandro García

…Julio Cortázar murió el 12 de febrero de 1984. Me admira la cantidad de lectores que tienen sus libros a 36 años de su muerte. “Rayuela” está en exhibición permanente como ejemplo de que la literatura más compleja tiene muchos decodificadores, sean de culto, sean de barricada o de libre albedrío. Nacido en 1914 su edad es mucho mayor que la del resto de sus camaradas del boom (José Donoso, 1924; Gabriel García Márquez, 1927; Carlos Fuentes, 1928; Guillermo Cabrera Infante, 1929; Mario Vargas Llosa, 1936). Le lleva diez años al autor de “Coronación” y 22 al de “La ciudad y los perros”. Su estilo, paradójicamente resulta el más experimental y más exigente para el lector. Esto se observa lo mismo en el cuento, que en la novela y el ensayo. La generación del boom fue generosa consigo misma: Fuentes recomendó la obra de Donoso a su agente en Estados Unidos, Vargas Llosa escribió un espléndido libro sobre la obra de García Márquez. Desde luego, también supieron pelear y llegar a los puños. Se ha dicho que la apertura de mercados en el mundo para estos escritores del continente, permitió a su vez a públicos más amplios conocer a escritores de la generación anterior: José María Arguedas, Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos, Juan Carlos Onetti, Leopoldo Marechal, Ernesto Sabato, Arturo Uslar Pietri. En 1966, tres años después de la aparición de “Rayuela”, Cortázar publica un develador ensayo sobre “Paradiso”: “Para llegar a Lezama Lima”. Se consigna en algunas listas hemerográficas y, al parecer (no he podido conseguir la evidencia) como prólogo de la edición cubana, y lo signa definitivamente en “Último round” (1969). Cortázar pone la obra de José Lezama Lima (1910) a la altura de las de Octavio Paz y Jorge Luis Borges. Y marca que su caso de marginalidad, en creciente estado de conocimiento, en plena guerra fría, es similar al de autores de la altura de Raymond Roussel y Hermann Broch. Señala tres elementos dentro de su ensayo: primero la dificultad instrumental. La obra del cubano es difícil de dejarse tomar e interpretar. Lezama es un hermético radical, no da concesiones. Los lectores amantes de la claridad o de la especialización suelen hacer a un lado esas tareas que juzgan inútiles, en donde la dificultad poder ser el único placer evidente. Si un gigante de la novela como Robert Musil ha batallado para encontrar sus cómplices para recorrer “El hombre sin atributos”, sin duda el interlocutor de Lezama habrá de recurrir a su disposición, su sensibilidad, su cultura y su filosofía del arte y la novela. Cortázar se declara impotente para llegar a algunos de los referentes o de los sentidos de la poética lezamiana. En lugar de alejarnos, con esto Cortázar nos invita a desafiar ese universo enigmático y poliédrico. Entrémosle, combatamos con ese jeroglífico. El segundo elemento es el subdesarrollo político e histórico de nuestro continente. Guillén y Carpentier alcanzaron la fama antes de la Revolución cubana, a Lezama no le alcanzó. Se quedó en el margen. Con las disputas posteriores a la llegada de Castro al poder, con la conjura contra su régimen, llegaron al poeta de gran dificultad instrumental en su decodificación, el aislamiento y, por supuesto, la dificultad para ser entendido dentro de un país en efervescencia y con gran necesidad de defensa del cambio social. Digamos que Lezama quedó doblemente encapsulado, por lo menos para estar siempre por debajo de su real significación. De allí lo viene a incordiar el gran cronopio. Y el tercer elemento, Cortázar lo señala con mucha claridad: Lezama era propenso a las erratas, citas imprecisas, información que dejaba allí a la suerte del lector y que no llevaba a ninguna parte. Las erratas son parte de la vida del escritor. En la edición de la RAE de “El Quijote” se puede leer un ensayo que señala las imprecisiones u olvidos de Cervantes. Las condiciones de trabajo de Lezama Lima no han de haber sido las mejores como para consultar sus fuentes y sus mismas dificultades motrices condicionaron algunos de sus alcances. Para Cortázar, este aspecto es mínimo dentro de la grandeza del padre de “Paradiso”. Hay una carta en donde Julio Cortázar se dirige a Emmanuel Carballo a propósito de la edición de la novela en México. Le manda las pruebas corregidas y señala un buen número de comentarios, correcciones ortográficas, sintácticas, precisión en citas. Esto lo hace después de la edición cubana que no tuvo un grupo de cuidado de la edición. Cortázar también pide que se le consulte al autor sobre algunas referencias. Recuerdo, oh, Madigan, a cuánto zopenco calabacero, a cuanta mulita de la sabana, le puliste el estilo y la poética, le regalaste los acentos y le abonaste a las b que no eran de burro cuando las v de vaca se imponían. No es el caso de Cortázar aquí. Nos dice, “Paradiso” es la gran novela, Lezama es el gran autor, démosle una revisada, hagamos crítica antes de la imprenta, cooperemos a que ese mágmico universo sea nuestro de diversas maneras, que si la literatura de Lezama refulge, como se merece, refulgirá mucho mejor la mía, la “Rayuela”, los ensayos de “Último round”, que la literatura necesita de solidaridad y crecimiento desde dentro. Ah, dijo Cortázar, y me saludan a esos locos de Madigan, O’Hara, Ojeda, Laura, ya nos encontraremos en la nave de los locos o por allí…

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