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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(97)

Alejandro García

…Buscaba alguna obra literaria sobre el fin de año y el nacimiento de otro. No la encontré. La continuidad se dio por el lado del cine. También por la presencia de niños. No di con el corte temporal, sí con el fin de todos los procesos individuales: la muerte. Pascal Quignard dice que el origen y el destino último del hombre son inalcanzables para el interesado. Se detiene en la noche sexual, en el apareamiento y/o el placer que da origen a un pequeño ser y que suele ser tema intratable entre la consecuencia y los causales. Aún en el nacimiento, en el parto, la nebulosa realidad y la famosa retardación ontogenética se imponen sobre el pequeño desvalido. En el otro extremo, la muerte te detiene en el pórtico de lo que sigue a la vida. En ambos casos hay vías que intentan reproducir o inventar los eventos. El cine y la literatura lo hacen con desparpajo. Teorías de muy diverso cuño las hacen parte de la realidad Sexto sentido, película de 1999 de M. Night Shyamalan trata el tema de la muerte o, quizá será mejor decir, de los muertos que se van sin poder decir algo y necesitan un vehículo que les permita expresarlo. El ser de luz que tiene esta posibilidad (espantoso don) es un niño, que no entiende por qué está rodeado de muertos y cada vez llegan más a incordiarlo. Esta condición extraordinaria le fastidia la vida, lo convierte en raro ante los otros, lo margina. Su gran poder de comunicación hacia fuera del mundo tangible se cierra en su actuar cotidiano. Hay un psicólogo, Malcolm Crowe, que tuvo un incidente con un paciente-niño, a quien le prometió la curación, la paz, la vida. No cumplió. Ya en su juventud, el día que el especialista, festeja con su esposa el homenaje que le ha rendido la ciudad de Philadelphia a ese dador de felicidad a la niñez, mientras beben un muy buen tinto y ella le desliza el reclamo de que ha preferido su profesión a ella, el expaciente se descubre posesionado del baño de la alcoba y primero le da un tiro al psicólogo y después se suicida con un tiro en la sien. Meses después vemos al psicólogo tras el niño Cole Sear, que presenta un cuadro parecido al del suicida. Piensa que se le ha dado otra oportunidad y quiere sacar adelante el caso. La esposa ha creado una distancia y le niega cualquier contacto y parece inminente que entrará a otra relación. Eso duele, duele mucho. Conforme avanza el trato entre paciente y autoridad médica el niño le confiesa que ve gente muerta: a primera vista son normales, pero después enseñan la herida que los sacó del mundo. Lo aterrorizan e incluso lo maltratan un poco, le producen raspones y escoriaciones en la piel. Dice que no saben que están muertos y que sólo ven lo que quieren ver. El psicólogo asiste respetuoso al entorno familiar y escolar del niño. Sólo una iglesia le proporciona cierto reposo para jugar con sus guerreros y soldaditos. La madre divorciada y en apuros por la existencia es el telón perfecto para tratar el malestar con lugares comunes. El psicólogo entiende que la única manera que tiene el niño de recuperar el control, dado su poder, es preguntando a los muertos qué desean. Y tras escenas de miedo y crispación el niño lo hace. A veces son cosas sencillas, simples declaraciones de malestar que no se enunciaron, a veces son tramas secretas de familia, de poder, de abuso y maldad. A veces son penas de amor. El monstruoso mundo deja de soportarse en el caos y en lo supuesto o lo no dicho, permite que el infante recupere su lugar en la comunidad escolar y familiar. A su madre le sutura una vieja herida provocada por un malentendido con la abuela muerta. Y así llegamos a la solución donde el niño vivo aconseja al psicólogo vivo: que hable con su mujer mientras ella duerme. Y así lo hace y sólo entonces se entera de que él está muerto, bien muerto, desde el balazo del año anterior y que sólo ha andado en busca de quien lo ayude a cumplir dos objetivos: ayudar a alguien que enmiende su error profesional, así sea a través de otro ser que sufre y poder decirle a su mujer “nunca estuviste en segundo lugar”. Así podrá dar lugar al descanso. Los niños de Bergman sufren, el niño de Shyamalan sufre. Alexander ve a su padre muerto, después a su padrastro, tendrá que vivir y negociar con ellos. Cole Sear ve muertos y ellos lo buscan porque saben que es vehículo hacia el mundo que han dejado y no podrán jamás volver a habitar. Bergman nos enfrenta a la maldad del corazón humano y a ciertos tintes festivos donde la realidad se tolera. Shyamalan recurre a muchos elementos del cine comercial o del cine hollywoodesco: el amor a toda prueba, el culpable circunstancial, los seres indefensos, los rostros que impiden la reacción pronta del crítico amante de la esquirla del diablo de que habló Tournier. Pero la trama de la película tumba muchas de las atalayas críticas. El rostro del niño Haley Joel Osment escapa de cualquier lugar común y genera una empatía bondadosa con la cara de Bruce Willis (confieso que la única escena que me gusta de alguno de los filmes de Duro de matar es aquel en que el héroe tiene que caminar armado hasta los dientes sobre un piso tapizado de vidrios). Uno mismo se resiste a la evidencia del balazo de la escena inicial y le da esa oportunidad de que habla el personaje. Y uno recibe un calor o un frío especial durante la escena de la caída del anillo donde el personaje se da cuenta de que está muerto y el espectador también se tiene que convencer de que está muerto y ha buscado al niño para convertirlo en vehículo de sus deudas de vida. Ayudar a Cole a tratar a los muertos, decirle a Anna: “nunca estuviste en segundo lugar”. Caramba, Madigan, feliz fin/inicio de año… y esos niños que cargan muertos… y esos vivos que ya están muertos… y esos muertos que nunca jamás serán vivos… ayudar o decir…

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