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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(50)

Alejandro García

…me topo en una librería de uso con “Diarios” de John Cheever en una cuarta parte de su precio como nuevo. Siento el rasguño de la impotencia. Lo pedí hace poco por internet, ahora lo tomo dispuesto a obsequiarlo. Queda un ejemplar más. Busco algunos saldos de Funambulista. Una novela del gran Henry James está tratable en el precio. Me gustan estos libritos que se salen del formato tradicional, que casi cubres con una mano. No opino lo mismo de los de gran tamaño, que luego estorban y se maltratan en nuestras estrechas bibliotecas. Por fin me topo con uno delgadito de Tusquets, a tostón patroncito, parece decirme la mesa. Se llama “La lenta furia”, es del recién galardonado Fabio Morábito, y no alcanza el centenar de páginas. Son nueve cuentos. Me leo los dos primeros y ambos me gustan y conforme reposo el ejercicio y siento que me envían al jardín de los senderos que se bifurcan: me ordenan dar vida a universos alternos. Consulto en la red y me susurra que es un libro que ha corrido la legua. Primero lo albergó Vuelta, de Octavio Paz, en 1989. Después lo publicó Tusquets en 2002 y hay una edición argentina de Eterna Cadencia de 2012. Hay algunas reseñas y hay controversia sobre la calidad de los cuentos. Creo que me coloco en la fila de los que favorecen esta obra. Daré cuenta del resto de las piezas narrativas en los próximos días; por ahora, oh, Madigan, quisiera comentarte el valor de lo no dicho en “Tapir”, la segunda historia. Trata de Justo y su amigo, el narrador. La madre de éste piensa que aquel es tonto, a causa de los golpes que le propina su padre por los errores frecuentes que comete al hacer la cuenta en su negocio de frutas. El narrador no piensa que sea así, no sólo porque el propinador de zapes  le encarga el changarro durante el verano, sino porque es capaz de enamorar y acariciar a Coral, la chica de la heladería. Justo subvenciona el cuidado de las frutas al narrador, mientras va a llevar melones y fresas al negocio de su enamorada y cuando ella va a visitarlo y se tocan en la trastienda. La madre de Carol tiene que cuidar a su marido enfermo, por eso delega su responsabilidad, pero aprovecha la presencia del narrador en su consumo diario de “hot fudge” para que se le aflojen un poco las prendas que cubren sus senos voluminosos y enciendan la mirada del chico, en tanto ella misma cambia el fulgor de sus ojos. Todo este entorno es roto por la presencia de “El tapir” y su ruidosa moto, con su vaivén por las calles del pueblo o la ciudad y también por la llegada de un güero que se acerca a Carol y la convence de tener el mismo trato que con Justo. El narrador no es ubicuo, aunque está en los lugares fundamentales en los momentos oportunos. Así, en una discusión entera a Justo de lo que sucede entre Carol y el güero. El aparente tonto sale furioso, vuelto loco y despoja de la moto a “El Tapir”. Se lleva con él al narrador. No encuentran a la pareja. Siguen en el viaje que ahora ya no es búsqueda. Cuando regresan, “El Tapir” ha destruido las frutas del puesto. Sólo queda en el suelo un ramito de uvas que el narrador se dispone a degustar. El cuento es explícito en su historia, pero quedan algunas cosas que tienen impacto en el lector y que lo obligan a participar para hacerlas explícitas. Señalo tres: Uno: la mirada de la mujer después que el narrador ha visto balancearse ese inmenso par de senos y que tiene enfrente otra mirada significativa. No hay más, si acaso la reaparición de la mirada femenina, el narrador se escabulle de la heladería, no busca completar el contacto, llevarlo más allá de la sorpresa de la vista. ¿Qué significa eso para la mujer con un hombre enfermo desde hace años y qué para el joven en el umbral del deseo? Dos: el ruido de la moto de “El Tapir”. La madre de Carol se queja de esa pérdida de la tranquilidad en un lugar en el que parece que no sucede nada, sobre todo durante el verano, sin gente, temporada en que el municipio da trato especial al vendedor de frutas con tal de que no cierre. A partir de ese ruido se da el cambio en el trato entre Carol y Justo y la moto es el vehículo para que Justo vaya en pos de los traidores y al no lograrlo, consiga un paseo que lo saque del encierro. ¿El ruido de la moto es eco de la incomodidad de la mujer a quien sólo unos ojos azorados advierten de la suculencia de una de sus partes? Tercero: el tonto del pueblo no es Justo, él tiene una vida de relación que busca satisfacerse a través de Carol y ésta es ajena al sacrificio que realiza su madre por su padre enfermo. De pronto uno no sabe si el tonto es el narrador, que va y viene sin que se dé relevancia a la calidad de su observación o si es uno más vivo que Justo que degusta la fruta, los ruidos que producen Carol y Justo, las imágenes de contacto entre Carol y el güero, los pechos de la mujer, que después le revelan que también Carol los tiene de buen tamaño y el postre que día a día saborea. Los tontos son más bien los padres, incapaces de conocer a sus hijos. El padre del narrador navega en el fracaso en su negocio de trabajos de serigrafía. La cereza en el pastel: el ramito de uvas que se salva de la masacre después de la recombinación de personajes y acciones. El que hace uso de sus sentidos, modesto glotón, Madigan, como decían los goliardos, si Dios los dio fue para algo, usémoslos…

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