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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan… (75)

Alejandro García

…durante los años 70, en la cadena de cines Buñuel, de Gustavo Alatriste, que se autoadjetivaba de arte, se exhibía un documental que iniciaba más o menos así: “Estados Unidos es un país de muchas facetas” y procedía a mostrar algunos ejemplos de la vida en ese territorio, relacionados con la producción en masa, la comida chatarra, los procesos de deshumanización, obsolescencia y avance de existencias cosificadas. Recuerdo que había una historia de gallinas que nunca veían la luz del sol, que ésta era sustituida en la noche por potentes lámparas que ayudaban a que esos animales produjeran huevos muy por encima de las medias tradicionales. El entorno nos cobijaba para ver allí aspectos detestables del imperialismo capitalista y nos íbamos a casa con la creencia de que había que derribar ese sistema de muerte. Tiempo después oí una entrevista a Octavio Paz y en ella señalaba que sin dejar de criticar a los Estados Unidos, había que reconocer que era un país donde se podían mostrar todas las opiniones y los matices ideológicos y que era capaz, por tanto, de eutoexaminarse, lo que no sucedía en países como el nuestro, donde además de muchas malformaciones propias del capitalismo se mostraba una libertad maniatada y muy reducida, contando con el recorte por la propia autocensura. Eran los años finales de la Guerra fría y el toma y daca por la libertad se inclinaba de manera clara por lo que finalmente se escudó detrás del icónico derrumbe del Muro de Berlín. Regresando a los Estados Unidos, lo que señala Paz se muy aplicable a la literatura y en particular a la novela. Ya la misma “Generación perdida” muestra una clara diversidad estilística, de visión histórica y territorial: por Faulkner conocimos el Sur profundo y lo que ha significado su derrota, por Fitzgerald supimos del gran despegue de Nueva York y por Steinbeck del movimiento de almas del centro del país a California. Allí podemos aprender algo de los modelos de país, de los cambios dentro del sistema de la producción agrícola tradicional a la agroindustria y de las batallas interiores del hombre y de la libertad individual frente a la ley y al imperio del dinero. Los estadounidenses han ampliado el género novelístico: lo mismo Miller que Capote, Foster Wallace que Hammett, Updike que Bradbury o Dick. En 2018 apareció el libro Una educación de Tara Westover. Ese mismo año se publicó en español bajo el sello de Lumen. En marzo de 2020 ha llegado a la cuarta reimpresión en nuestro país. Yo lo compro un poco por búsqueda de novedades, aunque me pone en guardia un cintillo con la opinión de Bill Gates: “Este libro es uno de esos que todo el mundo disfrutará”. Zapatero a tus zapatos, pienso. No soy el destinatario a modo de quien podrá recomendarme cosas de su campo, pero a quien no le puedo dar la misma confianza en los senderos de los bosques narrativos. Y sin duda este libro tendrá lectores por la opinión de Gates y por el run run de lectores que han desaparecido unos días dentro de sus páginas. Sin duda habrá que esperar a la dispersión del tumulto para ver si se queda en el terreno de la novela o si se lo llevan a campos como la pedagogía o la historia o incluso la psicología. Se trata de la historia de Tara, quien vivió sus años de infancia y parte de la juventud en un deshuesadero de autos cercano a Buck’s Peak en el sureste del estado de Idaho. El libro se convierte así en uno de esos que veneran las alturas y su significado a la manera de Lowry, Lawrence, Mann y, entre nosotros, Donoso Pareja: ciudades de la montaña. El padre de Tara es un hombre de trabajo rudo. Religiosamente es mormón, pero mantiene grandes diferencias con la práctica ortodoxa y con la gente. Tiene la idea de que habrá un fin del mundo y habrá que prepararse para afrontarlo y sobrevivir. La narradora recuerda la última noche antes del cambio de siglo, en espera de que el mundo acabara al filo de la media noche. El padre no cree en las escuelas ni en la curación alópata o la reclusión hospitalaria. Ni hablar de las vacunas. La madre es obediente al marido y se convierte en partera y productora de medicina alternativa. La vida de los varones es dura. Los primeros hijos, apenas están en condiciones de defenderse, salen del hogar y consiguen un oficio. El tercero, de quien se saben algunas tropelías, regresa a ayudar al padre y se convierte en el segundo anillo de represión en la casa. Practica la violencia física con Tara y con la hermana mayor. Todo esto se hace con sigilo. Los padres no se enteran y cuando se les dice lo niegan y el padre practica su ejercicio de autoridad y agrupa a la familia, marginando a quien se atreva a contradecir sus dichos y acciones. Tara logra separarse poco a poco del yugo familiar, consigue entrar a una universidad que no exige documentación sobre la etapa básica escolar, siempre y cuando pase el examen de admisión. El milagro se da. Ella logra entrar y por buenas relaciones y cualidades intelectuales logra estudiar en Cambridge y en Oxford. Mas cuando regresa a Buck’s Peak se enfrenta a la cerrazón y el maltrato. Además de este terrible drama, está el de la dureza del oficio y el de los peligros rutinarios en un ambiente tan severo. A un hermano que sufre quemaduras en una pierna, Tara envuelve la parte herida en una bolsa de basura y mete todo en un depósito de desperdicios y desechos. La idea era enfriar la parte quemada, pero el peligro de infección, lo más letal en esos casos, era obvio. El hermano maltratador sufre accidentes rudos, uno de ellos con exhibición de masa encefálica. Tara desobedece la orden paterna de llevarlo a casa y lo interna en un sanatorio. El hombre se recupera, pero sus senderos torcidos parecen vivificarse y ensañarse. En los traslados mismos de la familia está el peligro de desastre. A veces el padre entra en crisis de introyección, por llamarle de alguna manera, y lo tienen que sacar del invierno del lugar. Se trasladan a Arizona. En los dos regresos que se muestran en el libro, el padre de pronto decide volver a Buck’s Peak y manejar toda la noche, doce horas de viaje. Las dos ocasiones terminan con accidente. En el primero la madre queda mal herida y con secuelas que tardan años en medio arreglarse. La primera vez maneja un hermano; la segunda, el padre. En ese mundo que avanza, pero que parece loco y detenido junto a la montaña, con Tara en la universidad, estudiando historia, los padres envejeciendo, la fortuna no es ingrata con la familia. Tampoco la rueda que sube y baja es reacia con Tara. El primer pliegue que se forma en la vida de la niña es a causa de su voz. Es potente y melodiosa, entonada. Eso le va a permitir salir de casa y que su padre, como hipnótico sin reconocerlo, la siga a cada una de sus actuaciones. Retirada la madre de los partos, construye ella un imperio de productos de herbolaria y medicina homeopática que le permiten al viejo deshuesadero convertirse en una fortaleza de cuartos, de espacios laborales y el negocio de la chatarra que no deja de estar allí presente. Adentro de la fortaleza está ese nudo de represión y sometimiento. El padre se convierte en socio de la madre y por lo tanto llega tener un poder que es inversamente proporcional en su negocio de toda la vida. El mayor dilema de Tara llega ser mental. El hálito de la montaña, de los seres que viven junto a esa parte que ella describe como La Princesa y que sostiene al inmortal pico, le llega a donde se encuentre. El padre no le perdona que se haya alejado de la buena vida, la palabra ramera vale lo mismo para el haberse alejado, para el vestir faldas con bordes por encima del tobillo o escotes provocativos, que para esos socialistas que están contra Dios. Ese será el último reto de Tara, a quien la familia tampoco le perdona que acuse a su hermano de violencia. No son todos los hijos seguidores del padre: un hermano, el primero en escapar a la universidad, mantiene con ella una buena relación. La hermana, en cambio, que en determinado momento la busca para contarle de los maltratos del hermano, regresa al redil, la hostiliza y se convierte en obstáculo para cualquier negociación con el padre. Ya casi al final de la novela, los padres se trasladan a Oxford. Él le ofrece una bendición especial. Ella se niega. El infierno se ha impuesto. El libro es vigoroso, difícil de dejar, a veces provoca reacciones de incredulidad, pero también nos acerca a mundos que hemos conocido de cerca. Por ejemplo la reacción negativa de los padres a que los hijos se eduquen, conozcan otras versiones de la realidad y del mundo. Seguramente la novela tendrá numerosos lectores por el lado de los intereses religiosos, también servirá para llevar la discusión a las famosas entrañas del monstruo. Por lo que sea, el libro merece la pena de leerse y la primera impresión tendrá que verse con la cercanía o no a esas regiones de la mente humana en que los interdictos y las violencias imperan. Oh, Madigan, seguramente ya leíste ese papelillo, diría Sor Juana, y tú, que hablaste de las malformaciones de los nuestros en aquel país, sonreíste y te preguntaste a qué sapo va dirigida tamaña pedrada…

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