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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(79)

Alejandro García

…el reciente sábado 22 de agosto, de este año 20 y 20 de pandemia, Ray Bradbury ha cumplido cien años. A pesar de que ha salido de nuestro mundo de cuatro dimensiones convencionales desde el 5 de junio de 2012 ha sostenido una muy gallarda y venturosa pelea contra el olvido. Bradbury pertenece a ese envidiable grupo de escritores norteamericanos que a lo largo del siglo XX amplió el campo de la narrativa: Lovecraft, Hammett, Cain, Chandler, Miller, mientras el núcleo duro de la Generación Perdida escribía dentro de los muros de las reglas del género ─aunque también ampliaba fronteras y agitaba banderas sobre el polvo─. En lo personal, tengo en un lugar muy cercano a mis afectos a Crónicas marcianas (1950), Fahrenheit 451 (1953) y El árbol de las brujas (1971). En estas obras tenemos al hombre frente a sus arrojos y temores en un mundo que va a colonizar y la respuesta del Otro, el comportamiento humano frente a una sociedad que deviene en censuradora de libros y creadora de un grupo especial encargado de su destrucción y del castigo a los que se empeñen en la lectura y el viaje al pasado, unidos por la solidaridad y el combate a la muerte, lo que permitirá a un grupo de niños conocer los diversos rituales cuando el hombre muere y sus conmemoraciones mediante ceremonias constantes o un día especial en el año. En las tres hay un peligro: a lo desconocido y por conquistar, a lo prohibido como restricción a la aventura humana, al crecimiento de la especie y en el peligro a caer en edad temprana, antes de que se puedan desplegar las defensas propias del ser. Futuro, presente y pasado están en estas obras de Bradbury: el marciano, el libro, la muerte y los niños. Fuera de esta relación intensa con la llamada ciencia ficción suave (por preocuparse menos por los conceptos o soportes científicos que por los efectos literarios y el estilo) uno se topa a menudo con nuestro centenario autor joven y casi siempre vive una pequeña sorpresa. Son razones de más para poder decir “Queremos tanto a Bradbury”. Un día me topé con “El regalo” en una página de internet, oh Madigan, y lo fue. La pequeña familia de tres que sale de la tierra con lo que lleva puesto y que es alcanzada por la navidad casi inmediatamente después del despegue. No tendrán árbol ni regalos. O sí: el niño podrá ver el gran símbolo de luces que es el mundo, la imagen que será el obsequio, el don en la memoria, de un todo que le ha sido arrebatado. Y así podemos entender que imágenes similares van con uno, a donde la soledad y el transterramiento nos lleven. Bradbury también pega por el lado de la experiencia de vida. Tiene un relato sobre México, Guanajuato y sus momias “El siguiente en la fila”, lo podemos leer El país de octubre. De pronto, las líneas de la ficción me llevan a mis pasos de la estación del ferrocarril a la entrada del cementerio y de allí al obelisco donde reposa mi abuelo y a la zona donde una escalera de caracol llevaba a las momias, ya abandonadas por El Santo, el enmascarado de plata, y por el cine y eso me impide hablar de la pieza literaria, qué se le va a hacer. Bradbury también es un autor recomendado. Hace unos años me topé con los artículos de Marco Antonio Campos y sus invitaciones a leer “Usher II” (Crónicas marcianas) y “Los desterrados” (El hombre ilustrado), me puse a leerlos de inmediato, en el primer caso me era imperativo, porque el gran responsable de la lectura de la conquista de Marte ha sido Jorge Luis Borges. Ahora me doy cuenta de algo. Borges me llevó a Bradbury e hizo que “La tercera expedición” fuera para mí un cuento inolvidable. Lo llevé varias veces a clase, lo leí para mi azoro personal, me imaginaba siendo besado por mis familiares en mi natal León, en mi habitación de tres por tres, mientras la parte trasera no ocultaba las formas de un marciano. Y ahora me doy cuenta que no he le he dado atención al otro, “El marciano” ese personaje al que el lector no sabe si otorgarle el desprecio o la compasión, porque muchos los reclaman como su familiar, en especial los padres que lo vieron primero, que le dejaron la puerta sin pestillo, que lo oyeron dormir en el piso de abajo, a un lado del calor de la chimenea, y que después reclamaron su pertenencia, cuando los cazadores encontraron en él su propia familiaridad. Bradbury es también un fino ensayista, juguetón, desenfadado. En Zen en el arte de escribir me he vuelto una moneda de oro: la escritura hace feliz. Y es que es cierto, uno que gruñe a cada paso, como bestia malagradecida, que pone por delante el desgarre en la escritura, el sufrimiento de la página en blanco, el tormento de la responsabilidad social, a menudo olvida que escribir nos salva, nos redime y nos otorga instantes de intensa felicidad. Bradbury nos entrega en Fueiserá, entre otras cosas, una breve historia de la ciencia ficción en Estados Unidos y sus antecedentes, un subgénero que no pesaba en la industria editorial, que con mucha frecuencia obligaba a las ediciones de autor. Bradbury hizo el camino y así como recompuso sus relatos dispersos en una noche del 49 para darle la unidad que ahora tiene Crónicas marcianas, también se supo integrar a un campo de divulgación masiva, pero con profundas características temáticas: “Es difícil concebir un país como los Estados Unidos inmerso en tantas sombras y miedos. Hasta acá sólo mencioné tres áreas en las que la ciencia ficción metió la nariz una y otra vez: las relaciones raciales. La religión. La política. ¿Hay más? Por supuesto. La filosofía. La tecnología pura. Todos los niveles del arte. La lógica. La ética. Las ciencias sociales. La historia. La brujería. Los viajes a través del tiempo. La lista, como ya habrán podido deducir, es infinita”. A caída del Muro y la crisis de los análisis marxistas duros y ortodoxos, ha dejado una mayor libertad para leer los textos de Bradbury y contribuir a resignificarlos. ¿Con qué me quedo? ¿Con el temor a la conquista y ser alcanzado por mis propios miedos? ¿Con el temor a ser cazado como bestia, a la manera de las pinturas rupestres, por leer a Ray Bradbury? ¿Con el temor a la muerte cuando apenas comienza la vida? ¿En las morusas que uno encuentra a propósito de Bradbury? Por fortuna, la pregunta es meramente retórica…  

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