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Columna

}}}pssst, pssst, Madigan…(99)

Alejandro García

…“Carta a mi madre” (“Lettre à ma mère”) es una misiva-ensayo de Georges Simenon que fue publicada en 1974. Tusquets la editó en español en 1993. Está fechada el 18 de abril de 1974 y refiere, en lo esencial, acontecimientos que tuvieron lugar en 1970: una estancia del escritor durante una semana en Lieja, en las inmediaciones del hospital de Bavière. Simenon había sido llamado por un antiguo condiscípulo, ahora médico del lugar donde Georges fuera medio siglo antes monaguillo de la capilla, para asistir a los últimos días de su madre. Demasiado largo el rodeo para tan caliente asunto: mamá se muere. El pequeño libro es eso: un rodeo o un viaje donde se desdibujan las historias melodramáticas en torno al ser que nos dio la vida. Más aún, es un más allá de la veta natural de sentimientos y emociones que en la vida diaria esto suscita. El libro de Simenon es como un espacio con algunos referentes en donde se van precisando los lazos entre madre e hijo. La primera gran afirmación no puede ser más severa: “Mientras viviste, nunca nos quisimos, bien lo sabes. Los dos fingimos. Hoy, creo que cada uno de nosotros tenía una idea inexacta del otro”. Hay también un aviso para el lector: madre y no mamá. También padre y no papá, sólo que él se fue antes de que Simenon saliera de la casa paterna, en cambio Henriette ha vivido a distancia cincuenta años. El libro, regreso, oh Madigan, es un papel en blanco que contiene historias conocidas o que nos suenan a eco, pero que se reconstituyen en la vida personal de Simenon y en la construcción más actualizada de la figura de su madre, tres años y medio después de que murió. No sería inexacto decir que el lector busca las migajitas del camino de regreso a la manera de Hansel y Gretel y lo que encuentra es una serie de composiciones moleculares que se insertan en diversas explicaciones posibles. Simenon no reconstruye en plano o en sucesión, lo hace multidimensionalmente, de acuerdo a la estatura compleja de la madre y no a un mero de recuento de reproches o bondades y maldades como columnas de debe y haber. La madre fue hija de un hombre que se arruinó por firmar un aval a un amigo. Cuando esté quebró, el otro hubo de pagar las deudas ajenas con bienes y moneda. Eso significó la caída de la familia y la enfermedad de la valerosa víctima. La madre nunca recibió una palabra de cariño de su consorte “Cuando pienso, Désiré, que nunca me has dicho ‘Te quiero’”. La madre decidió vivir con austeridad y al límite de la pobreza aunque se convirtió en persona solvente de su condición. Una de las esposas de Simenon decidió que debía tirar a la basura uno de los corpiños de la suegra, por dos ocasiones la mujer fue por su prenda al depósito familiar de desperdicios. Rechazó obsequios del hijo como aparatos de televisión y sólo los aceptó una  vez que sus amigos cercanos se interesaron por ver los programas en su compañía. La madre nunca sintió una especial reverencia por el oficio del escritor, ni por su fama, ni por sus homenajes. Eso era ajeno a su vida, incluyendo al hijo que se fue a los 19 años de casa a vivir su propia vida. Simenon siente el  peso de las palabras de la madre: “¿Por qué has venido, Georges?” le pregunta desde el que es su lecho de muerte; ¿está de verdad pagada esta propiedad?, ¿Tiene muchas deudas mi hijo?, pregunta a otros, como si la desconfianza fuera el común denominador; “Qué pena, Georges, que fuera Christian el que muriese”. Ésta es una de las grandes estacas en el corazón de Simenon, la posibilidad de que la madre realmente deseara su muerte y no la del otro hijo. Siempre la distancia, la imposibilidad de acercamiento. Y Simenon también hace su parte, ya encaminado dentro de esa ruta que los referentes convencionales marcan como de una madre, digamos, atípica. Él se indigna cuando ella, a los 40 años le avisa que volverá a casarse, no puede imaginar que ella tenga vida sexual a esa edad. Pero Henriette se queda una vez encerrada y golpeada en un armario, porque andaba en busca de unos paquetitos de monedas de oro que había guardado para sus nietos, los hijos de Georges, porque ella le regresa un día el dinero intocado que Georges le ha mandado durante varios años. La nobleza del gesto se oscurece por el lugar donde se dan los acontecimientos en el primer caso y que termina con la mujer con lesiones y por el prejuicio o la mala idea que se produce al regresar dinero intacto, como si no se quisiera, como si contaminara. Algunos de estos velos se corren para el lector, y para el que escribe la carta, cuando, por ejemplo, se entera de que su madre se siente orgullosa de que ha sido caracterizada por su hijo con otro nombre e incluso llega a pedir que la llamen de esa manera, mientras él piensa que puede estar ofendida. De tal manera que el resultado final de este escrito duro y contradictorio, que toca las fibras de la percepción común en torno a la madre, es el de intentar comprender a ese ser, así hayan pasado más de tres años de su partida. “Pero lo que yo buscaba en tus ojos y en tu sereno rostro no era la idea que tenía de mí; era la idea verdadera de ti que yo empezaba a percibir”. Alguna vez Marina Arjona me comentó que una de sus autoras preferidas anotaba que casi todas las mujeres que llegaban a su consulta, al serles cuestionada la relación con la madre: decían que siempre había sido magnífica. Conforme avanzaba la terapia, aparecían los conflictos, las contradicciones, los rencores, las grandes preguntas. Simenon arranca de aquí, de la madre impensada, con los grilletes de la convivencia social o de las ideas y creencias que conculcan una forma de responder al mundo. Amadas cabecitas blancas, oh Madigan, de carne, de respiraciones, de fuegos y límites, están en nuestras vidas, sea como mamás o como madres, como consejo presto o como robustas esfinges que venden caro su secreto, si no decir…

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