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Cuento

Los sueños de Julia

XIMENA GONZÁLEZ CAO

Era el otoño durante el mes de febrero. A cada paso de Julia correspondía un crujido en una operación precisa y sistemática. No sentía frío, el tapiz de hojas en el suelo la abrigaba. Miró hacia abajo, previendo sus colores amarillos y ocres, pero solo recibió un tono grisáceo. Se dio cuenta entonces de que el suelo se hallaba cubierto de cientos de palomas muertas cuyas alas quebraba al caminar. Comenzó a correr, pero el crujido se intensificó hasta convertirse en un espantoso chirrido.

Julia se despertó gritando, transpirada, dando manotazos en el aire. Casi derramó la taza con agua que llevaba cada noche a su mesita de luz junto con las pastillas. Inspiró y exhaló hasta regularizar su pulso. Faltaba media hora para que sonara el despertador, y decidió levantarse, no quería llegar tarde a la consulta de admisión en el hospital. Barú también se despertó y la siguió hasta la cocina. Encendió la radio, preparó café y buscó el neceser con maquillajes. Se había comprado un nuevo lápiz labial para utilizar ese día. Barú la miraba ir y venir entrecerrando los ojos hasta que se acomodó en el almohadón que usaba como cucha. Hacía dos años que había adoptado al perro, luego de encontrarlo temblando, flaco y empapado, escondido en el esqueleto de una obra en construcción. Julia lo vio tan vulnerable y aturdido que decidió llevarlo a su casa en ese momento, sin que le importaran los manchones de sarna distribuidos, casi regularmente, por todo el cuerpo del animal. Sintió que era igual a ella, un ser deshilachado, viviendo en un mundo nuevo y ajeno porque el anterior se había derrumbado.

***

Eran las dos de la mañana cuando Julia se lavó la cara y se humedeció la nuca. Llevaba un mes concurriendo a las actividades del hospital de día y estaba agotada. Miró a través del espejo el tatuaje que tenía en el costado del cuello: una letra “g”, en cursiva, minúscula. El color había perdido intensidad, al igual que el motivo por el cual se había tatuado, en otra época, cuando planeaba un futuro diferente y dormía sin interrupciones y sin medicación. A menudo pensaba en modificar el tatuaje, siguiendo el trazado de la letra para convertirlo en un caballito de mar o en una clave de sol. Por el momento era un tema pendiente al igual que otros más importantes; al igual que el expediente judicial que nunca se resolvía y, según la abogada, permanecía “a la firma del juez”. Julia volvió a la cama dispuesta a dormir unas horas más. No recordaba con exactitud la pesadilla, pero tenía la certeza de que había soñado con perros de ojos saltarines y orejas rosadas. Parecían amigables a la distancia pero al acercarse arañaban el suelo con pezuñas que se convertían en garfios de oro. Al despertar, Julia tenía un rasguño que partía desde la muñeca izquierda hasta la mitad del brazo. Dudaba si se lo había hecho ella misma. El corte era superficial, pero verlo le provocaba una opresión que parecía entrar por su pecho, atravesarle la espalda y pesarle en los brazos y las piernas. Le dolía todo el cuerpo, le dolía hasta la sangre. Pensó en hablar con alguno de los médicos del hospital acerca de sus pesadillas. Desde el principio del tratamiento había confiado en la residente de psiquiatría, la Dra. Silvina. Le gustaban, sobre todo, dos rasgos de ella: su manera de hablar tan serena y a la vez firme enfatizando el final de cada frase, y que no tomara notas en las sesiones individuales recordando más tarde todos los temas de los que hablaban. Pero esta vez, Julia tenía miedo de hablar. No quería dar una impresión equivocada, que todo resultara torcido y volver a ser internada.

No logró dormir. A las 4 de la mañana decidió levantarse. Preparó café y lo sirvió en la taza que usaba siempre, la que tenía la inscripción “Desayuno de mamá”. Se sentó en el sillón del living mirando hacia la ventana. No encendió la luz, ni la radio, ni la tele; solo veía destellos colados desde afuera. Tomó la mitad del café y encendió un cigarrillo. El humo delineaba figuras azules que intentaban llegar hasta la ventana. Fue arrojando las colillas en el piso y las cenizas en la taza. Lo hacía despacio, con parsimonia, escuchando el crepitar de alguna brasa al sumergirse en el líquido ya frío. Permaneció en la misma postura, fumando hasta el amanecer. Cuando calculó que faltaban dos horas para el ingreso al hospital de día decidió ducharse. Antes de incorporarse del sillón bebió íntegro el contenido de la taza, saboreando el gusto áspero del café mezclado con las cenizas.

***

Alguien, con un punzón, había marcado puntos brillantes en el agua del río. No se divisaba la costanera, ni siquiera el contorno de edificios en la lejanía. El muelle estaba suspendido en el aire, sin principio ni final. Julia caminaba por los tablones horizontales de madera. Ella sola, en un desierto de agua. Se sobresaltó al oír un crujido similar al de otro sueño, como si las palomas hubiesen revivido y estuvieran volando al ras del agua. Era un aleteo repetido en secuencia, rítmico, casi monótono. Dio media vuelta y encontró la causa: un pez, que aún estaba vivo, era devorado por un gato; sus escamas tronaban destrozadas por los dientes mientras las aletas se retorcían y golpeaban contra el muelle una y otra vez. El gato percibió a Julia, escupió su presa anterior y, tan lentamente que parecía reptar, caminó hacia ella. La buscaba, la olía. Las tablas del muelle se separaron unas de otras, no había forma humana de desplazarse sin caer en el río. El gato se impulsó con sus patas traseras, abrió la quijada que ocupó casi la totalidad de su cabeza y saltó. Julia alcanzó a ver, en el aire, dos mandíbulas enormes que llegaban hasta ella, la atrapaban y derribaban; infinitas uñas ambarinas brotaban de las patas delanteras y le desgarraban la piel del brazo. Se entregó, resignada. Sentía la sangre, caliente, deslizarse desde su hombro. Se despertó llorando, pateó las sábanas que cayeron sobre Barú y se incorporó sosteniéndose el hombro dolorido. Corrió al baño a vomitar. Luego se vistió con la ropa del día anterior, que era la misma que había usado, sin lavar, durante los últimos diez días. Salió rumbo al hospital, por más que faltaran dos horas para el comienzo de las actividades. No quería estar en su casa, mucho menos dormir, se sentaría en la plaza o en las mesas de afuera del bar de la avenida. Se había decidido a hablar con la Dra. Silvina. Lo haría durante la sesión individual, después de la reunión del grupo, no quería que escucharan el resto de los pacientes. Iba a contarle sus sueños, a decirle que por momentos dudaba estar dormida o despierta. Su preocupación era la respuesta de la doctora. No quería tomar una medicación que la anestesiara, no de nuevo. Mucho menos ahora que el juez iba a permitirle visitar a los nenes durante el fin de semana. Pero tampoco podía seguir así, con esa sensación de sobresalto permanente, de terror ante lo que vendría, sin comer y sin dormir, como si aquello real fueran los sueños y la vida un paréntesis entre dos noches.

* * *

Julia estaba sola en la habitación del hospital y no se sentía a salvo. Después de la sesión de terapia había sucedido aquello que más temía: la internación. La puerta de acceso estaba cerrada desde fuera y a través de una mirilla se asomaba la enfermera con una frecuencia indeterminada y cada vez más espaciada. En la cama, Julia recordaba escenas. No llevaba un orden cronológico, ni afectivo, ni de ninguna clase; solo eran retazos de imágenes que se le imponían: una casa quinta, el sonido del agua en una piscina llenándose de a poco y dos nenes ansiosos por sumergirse; la mano de un hombre bronceada por el sol, acariciando su pelo; la promesa de una vida y un tatuaje en común; Barú sin correa, en un fondo verde, la primera vez que lo llevó a la plaza. Las imágenes iban perdiendo nitidez, parecían de otra vida, de un mundo paralelo. Observó la ventana; aunque estaba abierta, una malla metálica se interponía con el exterior. Era de alambre tejido y formaba rombos tan pequeños que impedían la visión del parque circundante al hospital. Tenía miedo, presentía un sonido en escala ascendente, un aleteo de peces que, testarudos, intentaban que sus branquias siguieran funcionando sin darse cuenta de que su cuerpo, su mente y su alma, estaban ya mutilados. Trató de llamar a la enfermera, pero las palabras se le volvían impronunciables, viscosas. Esta vez, el ruido era distinto al de los sueños anteriores: era absoluto. Con la certeza de que algo se deslizaba en el suelo se asomó por el borde de la cama. El piso estaba alfombrado con páginas de diarios, y sobre ellas resbalaban miles de caracoles. No podía bajar de la cama sin pisarlos y la idea de su pie desnudo patinando sobre los caparazones le repugnaba. Julia se acurrucó en la cama, dobló las rodillas y las tapó con el camisón. Se cubrió los oídos con ambas manos para no escuchar lo que venía: un enjambre de palomas la envolvía, volaba sobre ella lastimándola con sus alas, picos y patas, rasgando su piel y dejándola allí, sola, sobre la cama, con el camisón herido y los brazos surcados de hendiduras escarlata.

* * *

Cuando la enfermera del turno de noche encontró el cuerpo de Julia siguió el protocolo estipulado en casos de suicidio: llamó al médico que estaba de guardia, que a su vez llamó al jefe psiquiatra a cargo del tratamiento, quien informó por teléfono al juzgado y completó la historia clínica. Anotó con exactitud la fecha, la hora y la supuesta causa demuerte: “Sección arterial por lesión transversal de venas en miembros superiores, autoinfligida”, aunque no pudieron encontrar el objeto punzante que habría utilizado Julia ni explicarse cómo había logrado cortarse ella misma en ambos brazos.

La Dra. Silvina se enteró al llegar al hospital, cuando estaba atravesando el parque llevando un vaso térmico con café que nunca llegó a tomar. Estaba conmocionada, era su segundo año como residente de psiquiatría y la primera paciente que tenía a su cargo. Ni siquiera llegó a colocarse el delantal blanco que dejaba colgado en la sala de residentes; habló con la enfermera de turno y se dirigió a la habitación que había ocupado Julia. El cuerpo estaba en camino hacia la morgue y el personal de limpieza acababa de retirar el colchón y la ropa de cama. “Tercera internación. Ideación paranoica. Presenta heridas y contusiones. Evaluar diagnóstico”, había anotado en su cuaderno después de la última sesión. Pero en ese instante, sola en la habitación, no pensaba en supervisiones, ni diagnósticos, ni en la distancia óptima con el paciente que le habían enseñado en la facultad. Pensaba en Julia y su tatuaje misterioso, sus ojos castaños y levemente azulados y la angustia por el futuro de su perro cuando le indicó que debía permanecer internada. Recorrió la habitación buscando una huella, una marca, algo que la orientara en cuanto a qué había sucedido exactamente. Se reprochaba no haber tomado los recaudos que correspondían para el caso de Julia. Podría haber aumentado la dosis de medicación u ordenar la sujeción a la cama que se utilizaba en los casos más graves. Se preguntaba una y otra vez cuál era el indicador que había pasado por alto. Llegó hasta la ventana buscando absorber un poco de luz. Respiró el aire tibio de las 7 de la mañana sintiendo la ausencia de su inyección habitual de cafeína. Decidió desviarse unos minutos hasta el bar del hospital cuando algo captó su atención. La malla metálica que cubría el exterior de la ventana con un entramado de rombos tenía un hueco en la parte inferior, pequeño y redondeado. Casi imperceptibles, decenas de plumas se adherían en las líneas del enrejado. Se acercó para ver mejor y gritó sobresaltada ante una presencia. Desde el alféizar, una paloma la observaba. Su pico, sus alas y patas estaban teñidos de una sustancia colorada y pastosa. La Dra. Silvina giró para salir de la habitación y con el primer paso escuchó un ruido, un sonido fronterizo que anunciaba aquello que vendría. Al mirar hacia abajo se dio cuenta deque el suelo estaba cubierto de cientos de palomas muertas. Comenzó a correr sobre ellas, tratando de alcanzar la puerta de salida de la habitación que se transformaba en un túnel cada vez más hondo. En su vana carrera quebraba las alas de las aves provocando un atroz gemido gris.

Del libro: El cuerpo del agua

Clara Beter Ediciones. 2020.

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