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Ensayo

EL ROCK CONTEMPORÁNEO ANTE LA VIOLENCIA SOCIAL: TRES CASOS.

Néstor Pompeyo Granja J.

Una de las mayores bondades del arte es su naturaleza dialógica: permite crear puentes de comunicación entre los creadores, las obras mismas y los diferentes contextos (históricos, políticos, sociales, culturales…) en los que el acto creativo se inserta. Por ello podemos decir que una obra artística es producto de su tiempo y de las circunstancias que la rodean. En ese sentido, vale la pena hacer notar que el rock no está exento de tal dinámica. Sabemos que los grandes fenómenos en la historia del rock son un fuerte reflejo de su época. Desde la huella mnémica que fueron y siempre serán The Beatles, hasta la indiferencia superflua y evanescente de las corrientes musicales post-milenio; pasando por los tormentosos 1960s, la rabia de Nirvana y el grunge, o la angustia juvenil de una Alanis Morissette circa “Jagged Little pill”. El rock siempre ha tenido algo qué decir acerca de su entorno. Como si una suerte de código ético guiara el interés de letristas y compositores para fijar postura respecto a aquellos temas que así lo requieren.

Estamos a punto de entrar a la tercera década del nuevo milenio y el mundo parece estar sumido en una crisis de violencia a distintos niveles. El resurgimiento de ideologías nocivas que parecían a punto de superarse, ha visibilizado la incapacidad social por dejar atrás problemas como el machismo, el racismo o la intolerancia, entre muchos otros. Por ello no es sorpresa notar que cada vez más artistas (músicos, en este caso, y músicos de rock, particularmente) están dedicando sus obras a este tema. Sea desde la experiencia personal, desde el análisis crítico o delimitando un posicionamiento personal, lo importante es que la presente década ha puesto sobre la mesa la importancia de reconocer a la violencia como un fenómeno vigente, grave y preocupantemente inserto en nuestras esferas más cercanas, a veces oculto por un velo de sutileza o peor, de normalización, que no hace sino incrementar su poder destructivo. A continuación, se presenta el caso de tres proyectos musicales recientes que ejemplifican la tendencia descrita anteriormente.

1. LINGUA IGNOTA

La violencia de género es un hecho. Kristin Hayter lo sabe bien, porque la ha sufrido. Y escuchar lo que ella tiene qué gritar al respecto, es una experiencia ultrajante, intensa y desgarradora. El proyecto personal de esta artista estadounidense es un brutal asalto a las emociones: no es sencillo de escuchar y mucho menos de digerir. Sus álbumes se parecen más a obras conceptuales que a una colección de canciones en el sentido estricto. Hayter apela al uso del drone y una electrónica desdibujada para crear escenarios donde la voz es el elemento central. Imposible no pensar en Diamanda Galás cuando uno la escucha; no obstante, lo que Lingua Ignota ofrece, está igualmente emparentado con el trabajo de unos Sunn O))) y otros artífices de la música extrema. Entre aullidos, lamentaciones y melodías vocales cercanas a la música litúrgica, la cantante presenta un discurso crítico y catártico que denuncia con crudeza la violencia en las relaciones de dependencia. Pero esto no es una lamentación adolescente: Hayter sabe bien de lo que habla, y por eso su trabajo pesa, duele y por momentos hasta parece insoportable de escuchar. Los símbolos que ella ha elegido para representar su performance, tienen sustento en la cosmogonía cristiana, en mitos y en arquetipos, pero también en la historia universal.

“All bitches die” (Profound Lore, 2016), su primer álbum, es una amarga carta de respuesta a los sistemas opresores que validan y legitiman el abuso. “This record is retribution”, se lee en las notas interiores del disco y, en efecto, su contenido grita venganza en cada nota. El álbum funciona a la vez como un homenaje a Aileen Wuornos, cuya voz se escucha en un par de tracks, extraída de entrevistas y testimonios de defensa durante el juicio de la mujer que fue condenada por asesinato y a quien la historia presenta como asesina serial, sin tomar en cuenta sus circunstancias de vida. Un caso polémico que en 2003 fue llevado a la pantalla por la directora Patty Jenkins, con el título de “Monster”.

En su más reciente trabajo, “Caligula” (Profound Lore, 2019), Lingua Ignota lleva un paso más allá el problema que ocupó su obra anterior, y universaliza el conflicto a través de la figura del mítico emperador romano. El sonido en este segundo opus también se enriquece con el uso de pianos, órganos, cuerdas y percusiones que dotan de un dramatismo más feroz al (de por sí) sacudidor performance vocal. Es impresionante la facilidad con la que Hayter pasa del canto lírico al howl of the woods, técnica vocal propia del black metal. Y por supuesto, los textos del álbum son de una madurez retórica que denota un profundo compromiso intelectual. Esto no es obra de una provocadora: Kristin Hayter es una artista genuina, rabiosa y contestataria, dispuesta a utilizar su talento para combatir un fenómeno que es serio, grave y urgente. Es la voz de las sobrevivientes, lista para destrozar sin piedad al enemigo.

2. TWIN TEMPLE

Tomar conciencia del machismo como un régimen que permea prácticamente la totalidad de las esferas de nuestra vida privada y pública, es importante para la búsqueda de soluciones. Las religiones organizadas han sido, en su mayoría, aliadas ideológicas (cuando no impulsoras) de esta fenomenología. En abril de 1966, Anton Szandor LaVey funda la Iglesia de Satán en San Francisco, California. Contrario a lo que se pudiera pensar, la doctrina satanista apuesta por una corriente de pensamiento respetuosa y creyente del ser humano como individuo único y capaz de tomar sus propias decisiones sin la necesidad de que seres imaginarios condicionen dicha elección. Satán, en la filosofía laveyana, es un símbolo más que una entidad, y su punto de partida tiene más en común con el existencialismo que con el pensamiento mágico. En la iglesia satanista, la igualdad entre todos los seres humanos es un hecho, el abuso es un acto que se castiga sin piedad y la venganza es la mejor opción para hacer frente a los agresores.

Pocos comprenden la filosofía satanista, pero quienes lo hacen, generalmente son sujetos inteligentes y de pensamiento crítico. Así son Alexandra y Zachary James: la pareja non-sancta que conforma Twin Temple. En la parte técnica, se trata de una banda de pop sesentero y doo-wop; con armonías a la Phil Spector, una sección de metales jazz-souleros y una voz que tranquilamente pudo haber estado en cualquier girl group de la era dorada del rock and roll. En la parte conceptual, sus letras, estética y filosofía son abiertamente satanistas.

El sonido de Twin Temple es una recreación perfecta de lo oldie: su álbum debut, “Twin Temple brings you their signature sound… satanic doo-wop” (Rise Above, 2019), está grabado en mono y sus composiciones se inscriben en la más pura tradición de la canción americana. Además, la producción instrumental evoca magistralmente a las grabaciones de hace cincuenta años, y el performance vocal abreva lo mismo de las soulwomen clásicas que de Amy Winehouse. Por momentos parece una banda hermana de Coven, pero también de The Ronettes o hasta de unos Jefferson Airplane ocultistas, con una deliberada y romántica devoción por el left hand path. El LP incluye momentos de verdadero agasajo, como esos coros cincuenteros canturreando enternecedores “Ave Satanas”, o Alexandra pronunciando un espaniol atropellado, en “Santa Muerte”; amén de esa declaración de amor black-bubblegum que es “Lucifer, my Love”.

La banda exhibe con orgullo su corriente de pensamiento, y por esa razón han optado por un mantra de guerra que no deja lugar a dudas sobre lo que vamos a escuchar: “Satanic feminist” es la leyenda que muestran sus playeras, y así es también en sus canciones. Las letras de este dueto están llenas de teoría satánica y llenas de teoría feminista. La banda es radical en su visión del mundo y está convencida de la necesidad de dicho planteamiento para derrocar sistemas autoritarios y obsoletos. Por cierto, para los que quieran aprovechar (ya encaminados en la vía del non serviam), el álbum incluye, a manera de bonus (¿o malus?) track, un ritual de iniciación satanista que el escucha puede autoaplicarse en la comodidad de su habitación. Este recurso ya lo había empleado Coven, la banda de Jinx Dawson, hace cincuenta años, pero nunca viene mal una actualización para las nuevas generaciones. “Satanic doo-wop” es un disco divertidísimo, romántico e inteligente, con un sonido pletórico de nostalgia. Una banda cuya evolución será interesantísimo seguir.

3. ZEAL & ARDOR

Dos años de administración Trump han bastado para terminar de destapar una de las cloacas más malolientes no sólo de Norteamérica, sino del mundo entero: la del racismo. Y sí, sorprendentemente, tuvimos que aceptar que se trata de un problema aún vigente. En 2014, un joven músico de nombre Manuel Gagneux grababa junto a su proyecto, Zeal & Ardor, un álbum debut homónimo al que secundaría, un par de años más tarde, el impresionante “Devil is fine” (Radicalis, 2017), cuyo corpus musical conjuntaba dos géneros políticamente asociados a posturas radicales: el black metal y los ritmos negros estadounidenses (si hay un género musical más diabólico que el black metal, ese es el blues rural). El disco resultó una sorpresa bastante acorde con los tiempos del post-metal, donde las formas clásicas se ven cada vez más desafiadas por vanguardias excéntricas. La fusión musical y los orígenes étnicos del músico (suizo-estadounidense) ya enarbolaban, de por sí, una retórica multicultural que se reforzaba con letras reivindicativas y evocadoras de los viejos blueseros del Mississippi, aunque eso sí: siempre desde la ficción narrativa. Después de todo, el autor jamás ha formado parte de las minorías en desventaja a las que parece querer retratar. Tal vez por eso fue que algo sucedió en el camino.

No es lo mismo ser atemporal que depender del tiempo para conquistar un lugar. Lo primero es una virtud, lo segundo es una condena incierta que algunos se ganan por querer pasarse de listillos. Este es el caso del más reciente disco de la banda de Gagneux, el agridulce “Stranger Fruit” (Radicalis, 2018). Zeal & Ardor ya demostró ser una ocurrencia maravillosa, pero aquí parece ser incapaz de plantear ideas suficientemente sólidas. Por supuesto, en “Stranger Fruit” sigue presente la malvada fusión llena de ingredientes gospelianossouleros y atiborrados del formato call & response. “Servants”, por ejemplo, es una canción enorme. O “Don’t you dare”, cuya mántrica línea central da miedo. O “Row row” y su visceral sismo de stomps. Y así podríamos seguir. La bronca es que Gagneux, con todo y sus buenas intenciones (las musicales, porque las conceptuales son bastante marrulleras), ha caído en su propia trampa. Si vas a jugar con el black metal, debes cuidarte de no ser arrastrado por su maldición, o al final terminarás creyendo que lo tuyo es más solemne de lo que es en realidad. Y ese es el gran error de esta frutilla.

Intentar nuevas fusiones musicales no es una cosa cualquiera: se corre el riesgo de caer en el ridículo. Pero cuando se consigue una combinación interesante, hay que saber manejarla con prudencia para evitar que sus implicaciones te aplasten. Por eso “Stranger fruit” no alcanza a cuajar: porque su autor no pudo con el bagaje ideológico y sociopolítico del discurso que eligió (tal vez si fuese un disco instrumental, o con voces pero sin letras, o con un concepto creativo menos soberbio como en el citado “Devil is Fine”). Las letras e intenciones aquí pretender tomar bandera y levantar una voz con resonancia política, pero no lo consiguen. Es más: ni siquiera son creíbles. Con toda probabilidad, el lector conocerá aquel estremecedor tema de los años 40 del siglo pasado, que hiciera famoso Billie Holiday y que lleva por nombre, justamente, “Strange fruit”. En dicha pieza se narran, de manera escalofriante, los linchamientos de personas de raza negra en el sur de los Estados Unidos: cuerpos que colgaban de los árboles “como fruta extraña”. Histórica y estéticamente, la canción (y la estremecedora interpretación de la Holiday, por supuesto) es un parteaguas. Es cosa seria, vamos, algo que hay que saber dimensionar. Pero de pronto, más de setenta años después, llega un hombre con ganas de emparentar simbólicamente su capricho creativo con aquel fenómeno, así nada más, desde su posición (insisto) bienintencionada, pero privilegiada. Y la incongruencia es notoria. Por eso el álbum resulta ofensivo y risible a partes iguales: porque no hace falta ser muy listo para darse cuenta de que “Stranger fruit” no es ni será bandera de nada. No es una denuncia real, y es más: temo preguntarme si el motor de indignación a la hora de componer puede ser igualmente cuestionable. Pero eso es cosa que tendrá que resolver Gagneux, desde su ética y su estética.

Es verdad: el disco es musicalmente excitante, pero su entendimiento conceptual es lamentable. No es un álbum “extraño” como la fruta de su título; más bien es tramposo y un poco falso. Porque no: Zeal & Ardor no es Erskine Caldwell. ¡Y, joder! ¡NO ES una fruta “más extraña”! “Stranger Fruit” pudo ser un gran contendiente a uno de los mejores discos de la década, pero tendrá que conformarse con ser el del título más arrogante. Por lo demás, que el tiempo le dé su lugar.

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